Conociendo Uruguay Historia

Comencemos con la plaza de Montevideo es una fundación exclusivamente militar, destinada a guardar la hacienda contra los avances de los portugueses instalados en el puerto de la Colonia.

Encerrada entre muros y fosos, a la sombra de los fuertes artillados, un régimen de cuartel rige la vida de los escasos pobladores traídos por la autoridad. La primera medida del gobierno de Buenos Aires es prohibir en absoluto todo comercio. Esto conviene a sus intereses. de este modo, la nueva plaza está condenada a una vida de guarnición, y Buenos Aires sigue usufructuando la riqueza pecuaria del país.

El Cabildo de Montevideo, desde el primer momento en pugna con la prepotencia de la autoridad militar, en carta dirigida al Rey, pinta en dos frases el estado social y económico de la plaza: «en medio de que no tenemos comercio alguno, ni donde vender nuestros frutos, gozamos de la tranquilidad y del corto interés que la guarnición de este presidio nos deja por ellos en el bizcocho que se destina para su manutención, el que se fabrica entre los vecinos».

Entre tanto el contrabando cunde por todo el país. Las partidas de portugueses e indígenas, en consorcio, recorren libremente el país desierto, arreando ganado, faenando cueros y vendiéndolos en la Colonia, en las costas o en las fronteras.

Algunos españoles y criollos descendientes, se han aventurado en el interior implantando estancias, pero sin alejarse mucho de Montevideo. El contrabando es la vida normal de la campaña, la forma de comercio a que la prohibición española le obliga, para contenerlo y punirlo la autoridad de Montevideo incursiona en el interior o establece puntos de guarnición militar.

Muchos milicianos españoles desertan para unirse a las partidas de contrabandistas. Así se van mezclando españoles, portugueses e indígenas.

En estas condiciones se empieza a formar la población rural del Uruguay. La riqueza ganadera pone al país en condiciones tales que la naturaleza ofrece por sí misma el producto en abundancia; basta extender la mano y cogerlo. El trabajo es inútil y el hombre vive ocioso y libre, como el rico de la vida civilizada.

La abundancia de ganado y la ausencia de toda propiedad permiten al habitante del Uruguay, en el siglo XVIII, vivir sin trabajar.

El caballo le da rápida movilidad, el cuero le proporciona recado, botas, riendas, sombreros, petaca, cama y habitación. Se bolea o enlaza, voltea o carnea una res, se le saca el mejor trozo que se cuece en el asador y el resto se deja abandonado en el campo…
Esta abundancia hace al estanciero hospitalario; en la cocina de la estancia hay siempre una res colgada para que coma quienquiera.

La campaña es para el colono la libertad, la abundancia, y la aventura mientras la ciudad es la monotonía, la sujeción y la necesidad. Así es grande el número de españoles que desertan y se entregan a esa vida libre.

Pero a diferencia de la ociosidad tropical…la abundancia y la libertad de esta comarca engendra hábitos viriles, rudos y sobrios. Hay que domar caballos cerriles, hay que perseguir y voltear la res a bola o a lazo, hay que adiestrarse en el manejo del cuchillo, hay que aguzar los sentidos y hacerse baqueano, hay que burlar y pelear a la policía. La ganadería hace al habitante de campo, nativo o colono, fuerte, osado, ágil y púgil.

La expulsión de los jesuítas de las Misiones orientales, produce a mediados del siglo XVIII, el éxodo de gran masa de indios hacia el sur del país. Se esparce esta nueva población por los campos y pronto cambia su modo de ser: de mansos agricultores bajo la tutela jesuítica, se tornan bravos y ecuestres mezclándose con los españoles y portugueses.

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