CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS EN LAS ENFERMEDADES

Del libro de San Alfonso: “Conformidad con la voluntad de Dios” (quinta meditación, punto 3º). El Santo explica aquí, con un refinado equilibrio, cuál ha de ser la actitud serena y sopesada del enfermo en medio de sus padecimientos.

De modo especial debemos resignarnos a la voluntad de Dios en las enfermedades, abrazándonos con ellas como vienen y para todo el tiempo que Dios quiera que las padezcamos. Podemos y debemos usar de los remedios ordinarios, que también esto es voluntad de Dios, pero si no producen su efecto, conformémonos con su querer, que nos será de más provecho que la misma salud. En estos casos he aquí lo que debemos decir al Señor: “Yo, Dios mío, ni deseo curar ni estar enfermo, sólo quiero lo que Vos quieras”.

Aunque es más perfecto no lamentarse en la enfermedad de los dolores que en ella se padecen, sin embargo no es defecto ni falta de virtud hablar de ellos a amigos, y pedirle a Dios que nos alivie, mayormente cuando la enfermedad nos agobia y martiriza. Entiendo aquí hablar de los grandes padecimientos que nos aquejan, porque es señal de mucha imperfección el quejarse y lamentarse y exigir que todo el mundo se compadezca de nosotros al sentir la menor molestia o el más insignificante malestar. De lo primero nos da ejemplo Jesucristo, que estando por comenzar su dolorosa Pasión, descubrió su angustia a los discípulos diciendo: Mi alma siente gran angustia (Mt 26,38), y pidió al Eterno Padre que le librase de ella: Padre mío, si es posible no me hagas beber de este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya (Mt 26,39). Jesús nos enseña aquí que después de suplicarle al Señor con nuestras plegarias debemos resignarnos luego a su santa Voluntad.

Es servir a Cristo

Personas hay que se forjan la ilusión de desear la salud, no para evitar el sufrimiento, dicen, sino para servir mejor al Señor, para observar con más perfección la regla, para servir a la comunidad, para ir a la iglesia y comulgar, para hacer penitencia y emplearse en los ministerios de la salvación de las almas, confesando y predicando. Pero díme, ¿por qué deseas hacer estas cosas? ¿Para dar gusto a Dios? ¿Por qué andar buscando complacerle, cuando estás seguro de que es de su agrado que no reces como antes, ni comulgues, ni hagas penitencia, ni estudies ni prediques, sino que con paciencia estés tranquilo en tu lecho soportando los dolores que te aquejan? Une entonces tus dolores a los de Jesús.

Pero lo que me desagrada, dice otro, es que estando enfermo soy carga para la comunidad y doy pesadumbre a la casa. Pero si tú te resignaras a la voluntad de Dios, debes creer que tus superiores harán lo mismo, viendo que no por mala voluntad, sino por voluntad de Dios eres gravoso a la casa. Pero ¡ah!, que estas quejas y lamentos no nacen ordinariamente de amor a Dios, sino del amor propio, que va buscando pretextos para sustraerse a la Voluntad del Señor. Si de veras queremos complacerle, cuando nos veamos clavados en el lecho del dolor, digámosle estas solas palabras: “Hágase tu Voluntad”, y repitámoslas hasta mil veces, repitámoslas siempre, que con ellas daremos más gusto a Dios que con todas las mortificaciones que podamos hacer. No hallaremos mejor manera de servirle que abrazándonos alegremente con su adorable Voluntad.

¿Padecer es servir?

San Juan de Ávila, escribiendo a un sacerdote enfermo, le dice: “No consideres, amigo, lo que harías estando sano, sino cuánto agradarás al Señor con contentarte de estar enfermo. Y si buscas, como creo que buscas, la Voluntad de Dios puramente, ¿qué más te da estar enfermo que sano, pues que su Voluntad es todo nuestro bien?”. Y tanto es así, que Dios es menos glorificado por nuestras obras que por nuestra aceptación a su santa Voluntad. Por eso decía San Francisco de Sales, que más se sirve a Dios padeciendo que obrando.

A veces nos faltarán el médico y las medicinas, o bien el doctor no acertará con nuestra enfermedad; pues también en esto debemos conformarnos con la santa Voluntad de Dios, que dispone así las cosas para nuestro bien y provecho.

Orar con humildad

Estando enfermo un devoto de Santo Tomás de Cantorbery, fue al sepulcro del Santo para rogarle que le concediera la salud. Al regresar a su patria, volvió en completa salud, pero entrando a pensar se dijo: ¿Para qué quiero la recobrada salud, si la enfermedad me ayudaba mejor para salvarme? Agitado con este pensamiento volvió a la tumba del Santo. Le pidió que intercediera ante Dios para que le concediera lo que más le convenía para su salvación. Apenas terminó esta plegaria, cayó enfermo y quedó a la vez muy consolado, seguro como estaba de que el Señor lo disponía así para su mayor bien.

Así, cuando estemos enfermos, lejos de pedir la salud o la enfermedad, debemos abandonarnos a la voluntad de Dios, para que disponga de nosotros como más le agrade. Con todo, si nos determinamos a pedir la salud pidámosla siempre con humildad, y a condición de que la salud del cuerpo no sea perjudicial a la de nuestra alma; de lo contrario nuestra oración será defectuosa y quedará sin respuesta, porque el Señor no acostumbra a oír las oraciones hechas sin resignación y sin humildad.

Prueba la virtud

En mi concepto, la enfermedad es la piedra de toque de las almas, porque a su contacto se descubre la virtud que un alma atesora. Si soporta la prueba sin turbarse, sin lamentarse ni inquietarse; si obedece al médico y a los superiores; si permanece tranquila y resignada a la Voluntad de Dios, es señal de que está bien fundada en la virtud. Pero, ¿qué pensar de un enfermo que prorrumpe en lamentos y se queja de que le asisten mal, que padece insoportables dolores, que no halla alivio en los remedios, que dice que el médico es un ignorante y que llega hasta murmurar de Dios, pensando que le carga con demasía la mano?

Un ejemplo de la vida de San Francisco

Refiere San Buenaventura en la vida de San Francisco que, estando un día el Santo probado por dolores espantosos, uno de sus religiosos, hombre por extremo ingenuo, le dijo: “Pide a Dios, Padre mío, que te alivie en tus dolores y que no cargue tanto sobre ti la mano”. Oyendo esto el santo, lanzó un suspiro y exclamó: “Sabe hermano, que si no estuviera persuadido de que hablaste por ingenuidad, no quisiera verte por más tiempo en mi presencia, por haberte atrevido a poner tu lengua en los juicios de Dios”. Y luego, aunque débil y extenuado por la enfermedad, besó el suelo diciendo: “Gracias te doy Señor, por los dolores que me envías, te suplico que me los aumentes, si es de tu agrado. Mi mayor gusto sería que me aflijas más, sin ceder un punto, porque en cumplir tu Voluntad, encuentro el mayor consuelo que puede experimentar en esta vida”.

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