Con la pluma y la palabra

A lo largo de estos doscientos años, la reconstrucción literaria de la defensa y reconquista de Buenos Aires, ha virado de un extremo a otro, santificando o condenando, sin rigor histórico, a los protagonistas de aquella gesta.
Pocos episodios de la vida nacional son tan ricos, tan cargados de tensiones culturales, como los agitados meses de las invasiones inglesas. Buenos Aires, esa somnolienta aldea perdida en un rincón lejano del mundo, de un día para el otro pasa a estar en el centro de la escena, y vive en carne propia las tensiones políticas y las crisis culturales de su tiempo. Comerciantes y abogados, gente que ocupaba hasta entonces su tiempo en rencillas de protocolo y etiqueta o en permisos aduaneros, experimentan algo nuevo: el embriagante licor del heroísmo. Las invasiones inglesas marcan la despedida definitiva de una idílica vida sencilla y apacible, una vida de inocencia política y religiosa (o de retraso colonial, como dirán los amantes del progreso). Cierra una etapa e inaugura otra muy diferente. A doscientos años de aquellos hechos, las invasiones inglesas siguen siendo un episodio difícil de clasificar en el imaginario nacional. Las fuerzas en pugna son complejas, y se resisten a análisis superficiales. Para el lector curioso, los documentos y fuentes que nos han llegado de aquellos tiempos constituyen lecturas realmente fascinantes. En especial los personajes que pueblan la historia, son extremadamente novelescos: desde los jefes británicos, como Beresford, Popham, o Whitelocke, pasando por el marqués de Sobremonte, sus parientes y acólitos, hasta llegar al más fascinante de todos: Santiago de Liniers, un héroe de otro tiempo, salido de alguna novela de caballería, con sus gestos nobles, sus costados más humanos, y su fin trágico. Son personajes novelescos y enigmáticos. Y más enigmáticos se vuelven a medida que pasan los años y la distancia cultural entre ellos y nosotros se ahondan. Estos hombres vivieron en un clima espiritual muy distinto del nuestro, y quien esté auténticamente interesado en comprenderlos debe hacer un esfuerzo por despojarse de preconceptos propios de nuestros tiempos; de lo contrario, interpretará erróneamente los móviles de sus acciones. A lo largo del siglo XX la ciencia histórica fue apartándose cada vez más de una tradición de estudio centrada en la vida de los grandes hombres para ocuparse de anónimos fenómenos económicos y sociales. Queda entonces para la literatura, el deber de iluminar la memoria de aquellos personajes. En su recreación del pasado, la literatura tuvo un movimiento pendular de un extremo a otro, sin encontrar un punto de equilibrio. Hay dos posiciones: en primer lugar, aquella que suele exaltar los hombres al grado de héroes inmaculados, movidos por ideales que curiosamente coinciden en su extensión y significado con los defendidos por el autor, aunque éste escriba en una época muy posterior. Este extremo transforma a nuestros personajes en figuras de cartón, sin relieve, ni interés humano, y deforma los auténticos móviles que les sirvieron de impulso, oscureciendo la verdad. En segundo lugar, están los que se ensañan para desmitificar a los supuestos héroes; esa desmitificación se regodea en endilgarles la misma ruindad que cree detectar en los personajes públicos del presente. ¿Es posible que los hombres del pasado fueran mejores? No, esa visión ennoblecida ha de ser un invento de los historiadores. Por lo tanto, los hombres del pasado eran -sin necesidad de demostrarlo con documentos- corruptos, cínicos, farsantes, traidores. Hay un regodeo en esta supuesta revelación, el regodeo del sumergirse en la ciénaga, muy característico del momento que vivimos. Hay una tendencia -utilizada hasta el cansancio- de explorar las raíces de nuestros vicios, remontándolos de modo simplista al pasado colonial, y presentar tal lugar común con la exaltación de quien acaba de realizar un gran descubrimiento. Resulta dolorosa la falta absoluta de respeto por la memoria de hombres que ya no están para defenderse de las más arbitrarias acusaciones. Esta visión está tan lejos de la verdad como la otra y, en sus peores manifestaciones, agudiza otra tendencia muy típica: contradecir todo lo que se ha sostenido en el extremo opuesto. Por ejemplo, si alguien era caracterizado como bueno, tiene que ser malo, y si era juzgado como malo, eso basta para que se gane nuestras inmediatas simpatías. Es el síndrome del revisionismo de cafetín, que subido al peldaño de un inflado orgullo intelectual contempla con sorna la historia oficial, enbanderándose en una supuesta contra-cultura más lúcida y desmitificadora. Resulta patética la proliferación de títulos con expresiones como la historia que nos ocultaron, o las verdades que nadie nos contó, cuyas páginas no contienen absolutamente ninguna investigación original, y repiten datos que cualquiera puede leer en libros publicados hace más de setenta años, sólo que con mucho menos rigor intelectual. ¿Quién es el que no nos contó esas supuestas verdades? ¿Nuestra maestra de primer grado? Es doloroso constatar cómo algunos de nuestros más populares divulgadores de historia y su público lector parecen poner el listón de la cultura argentina al nivel de la educación primaria. La literatura debería tener otra actitud, una actitud que podría sintetizarse con la siguiente frase de Spinoza: He procurado no reírme de las acciones humanas, ni indignarme, ni abominar de ellas, sino comprenderlas. El novelista que no se ajuste a esta regla difícilmente haga auténtica literatura.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *