Con la literatura en la sangre

En un ensayo sobre el escritor Sean O’Faolain, Conor Cruise O’Brien escribió, en referencia a ideas sobre la infancia y la memoria: “Para todos nosotros, existe una zona temporal oscura que se remonta a una o dos generaciones antes de nacer y no pertenece nunca totalmente al resto de la historia. Nuestros mayores graban sus recuerdos en nuestros recuerdos hasta que llegamos a poseer cierto sentido de una continuidad que supera y atraviesa nuestro propio ser individual… Es probable que los niños de comunidades pequeñas y orales la posean en un alto grado y, si son imaginativos, tengan el poder de incorporar a sus propias vidas un arco temporal considerable previo a sus nacimientos individuales”.

La zona temporal oscura en mi caso se remonta a decenios antes de que yo naciera. Es siempre Enniscorthy; y corresponde asimismo a generaciones anteriores de mi familia. Cuando murió, mi madre me dejó sus libros y sus CD. Su A Golden Treasury of Irish Verse , editado por Lennox Robinson, está fechado con su letra: 27 de enero de 1941. En ese entonces tendría 19 años. En la parte posterior del libro hay pegados dos poemas escritos por ella, que aparecieron publicados en el diario local, el Enniscorthy Echo, y luego fueron reeditados en el diario de Dublín, The Irish Press, en 1941, con un comentario de uno de los editores que describía el primero como “encantador” y el segundo como “exquisito”. Los dos poemas habían sido publicados sólo con sus iniciales, pero en la ciudad era sabido que los había escrito ella, y le otorgaban una especie de fama entre sus amigos.

Es algo de lo que fui consciente de niño. Sabía qué importancia tenían los poemas, como si de alguna manera hubiera compartido la experiencia de verlos impresos, o de estar presente cuando fueron escritos.

Entre las páginas de otra antología que ella tenía quedó guardado un recorte del diario local con la noticia de que un espectáculo que mi madre había escrito a mediados de los años 1960 ganó un concurso a nivel nacional en Irlanda organizado por la Asociación Nacional de Mujeres Irlandesas. Recuerdo que el espectáculo fue representado; mi madre no pudo ir porque mi padre estaba muy enfermo. Yo sí fui. Creo que fui el único de la familia que lo vio representado alguna vez. Era en coplas rimadas y lo recitaban actrices que representaban a las mujeres que participaron en la rebelión de Wexford de 1798. Recuerdo una de las coplas: “Soy Anne Flood, tiene que ver conmigo/ Y cómo derramé sangre de Hessian”.

Más tarde, cuando el Irish Times organizó una competencia semanal sobre poesías festivas, mi madre participaba todas las semanas, y alguna vez ganó. Recuerdo uno de sus versos finales tal como apareció en el diario: “Cuando los griegos traen regalos, ¿quiénes les temen?” Le importaba el hecho de que podría haber sido, o llegado a ser escritora, y es probable que a mí me importara más de lo que yo conscientemente creía. Siguió la publicación de mis libros con un interés considerable, y me escribió una carta extrañamente informal sobre el estilo de cada uno de ellos pero también se sentía, yo lo sabía, incómoda con mis novelas. Le parecían demasiado lentas y tristes y extrañamente personales. Se cuidaba de no hablar demasiado al respecto, salvo en una oportunidad, cuando sintió que la describía a ella y cosas que le habían pasado de una forma demasiado obvia y demasiado abierta. Esa vez me dijo que probablemente escribiría pronto su propio libro. Hizo que libro sonara en ese momento igual que arma . Es probable que un libro sea un arma; un libro no escrito tal vez sea un arma aún más poderosa que uno publicado. Tiene una manera de llenar el aire con su amenaza o su promesa, el dulce arte de lo que podría haber sido.

No me gusta que me llamen narrador, y me molesta la implicación de que vengo de un mundo donde la tradición oral, algo primitivo e informe, se mantuvo fuerte o intacta. No fue así; la tradición oral no fue fuerte en el lugar donde crecí. Me crié en una casa donde había mucho silencio. Cuando murió mi padre, su nombre apenas volvió a ser mencionado. Ya era demasiado que hubiera muerto, algo muy duro; su ausencia era demasiado palpable, demasiado triste. Entró entonces en el ámbito de lo que se pensaba pero sobre lo cual no se hablaba, un ámbito en el que yo sigo sintiéndome muy cómodo hasta el día de hoy.

Sin embargo, en los años anteriores a la muerte de mi padre, tanto él como su hermano y su hermana hablaban de su otro hermano, Philip, que había muerto de tuberculosis en 1940. Sé la fecha porque encontré su tumba un día que estaba buscando la tumba de mi padre y descubrí que había muerto muy poco tiempo después que su propio padre. Este hecho nunca se había mencionado en casa, pero seguramente deben de haber pasado esas dos muertes y luego las unieron. Las muertes eran muy significativas como para no mencionarlas. Cuando las imaginé y las puse en mi novela El brezo en llamas , pienso que todos los miembros más viejos de la familia se habrán sentido escandalizados con las escenas que escribí, pero nunca hablaron sobre el tema, al menos no conmigo. El libro se convirtió en otra cosa acerca de la cual la familia podía guardar silencio.

Era una cosa aceptada cuando yo era chico que mi tío Philip, el que había muerto, era el más inteligente de todos. También escribía poemas, en irlandés y en inglés. Por eso existía para mí esa zona temporal oscura llena de lo no dicho, lo no escrito, lo que pudo haberse hecho durante un lapso significativo antes de mi nacimiento. Es una zona llena de promesa y de fracaso, llena de la idea de que dos personas –una de cada parte de la familia– habrían podido llegar a ser yo o alguien como yo. Si mi tío hubiera vivido, todos estaban seguros de que habría sido un poeta, o un escritor de alguna índole; y mi madre en años posteriores repasaba lo que le había ocurrido a ella, cómo la sacaron de la escuela a los 14 al morir su padre, y que si eso no hubiera ocurrido podría haberse educado, y podría, estaba segura, haber hecho entonces cualquier cosa. La poesía no era más que una parte.

Esta idea de la generación más vieja como sombras extrañas e insistentes que se acercan más y más a la esencia a medida que transcurre el tiempo, la idea de que yo escribía, que me empujaba a trabajar, casi porque ellos no habían podido hacerlo o no lo hacían, que su silencio me inspiraba, encuentra ecos en la obra de otros escritores.

 

El fracaso liberador

En el volumen de las cartas intercambiadas entre VS Naipaul y su padre, por ejemplo, hay momentos que reconozco plenamente, en los cuales la sombra que se abatía sobre el hijo cuando éste emprendió el camino de ser escritor era la sombra del fracaso, de alguien que no tuvo esa oportunidad. En marzo de 1951, cuando Naipaul era estudiante universitario en Oxford, su padre le escribió desde Trinidad: “Estoy empezando a creer que yo podría haber sido escritor”. Un mes más tarde, Naipaul escribió a la familia en su país: “Espero que Papá escriba, aunque más no sea quinientas palabras por día. Debería empezar una novela. Debería darse cuenta de que la sociedad de las Indias Occidentales es muy interesante –una sociedad de falsa sofisticación”.

Enseguida, el padre le escribió para decirle que, de hecho, había empezado a escribir 500 palabras por día. “Déjame ver cómo funciona la decisión”, escribió. “Hasta hoy no he podido decidir si debería trabajar en una novela autobiográfica o si exhumar Gurudeva ”. En 1943, había publicado en forma privada Gurudeva y Otros Cuentos Indios en el Puerto de España. Ese sería no obstante su único libro; murió en 1953 a la edad de 47 años.

Leer las cartas entre el padre y el hijo, y toparse de golpe con la dura noticia enviada desde la casa familiar de que el padre ha muerto y que ahora escribir los libros es algo que corresponde sólo al hijo, nos da una idea de los orígenes de la laboriosidad y la seriedad extraordinarias de Naipaul como escritor, los ritmos lentos y cuidadosos de su prosa, el penoso esmero con el que construye sus oraciones. Esos lujos no estaban permitidos a quienes llegaron antes que él. Había fantasmas en el cuarto cuando él trabajaba.

Jorge Guillermo Borges, el padre de Jorge Luis Borges, también publicó una obra de ficción en forma privada. En Mallorca, en 1919, mientras el hijo escribía sus primeros poemas, el padre trabajaba en su novela, que salió dos años después cuando él tenía 47 años y su hijo 22. En 1938, en tanto su salud flaqueaba, Borges padre sugirió a su hijo la posibilidad de reescribir su libro, lo cual deja bien claro que ambos habían hablado de la novela durante su proceso de escritura. “Introduje muchas metáforas para complacerte”, dijo a su hijo, pidiéndole que reescribiera “la novela en forma directa, dejando de lado toda la narración refinada y los pasajes grandilocuentes”.

El posterior cuento de Borges “El Congreso” podría ser, de hecho, una reescritura de la novela de su padre, del mismo modo que Naipaul volvería a narrar una versión de la vida de su padre en Una casa para el Sr. Biswas . Edwin Williamson, el biógrafo de Borges, enfatiza que Borges se propuso no reflejar en su relato la ficción de su padre sino “trascenderla”. Williamson prosigue: “La estructura y el argumento básico de ambas obras son idénticos: hay un caudillo poderoso a caballo entre la civilización y la barbarie”. Sin embargo, Borges sabía que su obra encontraría lectores, que no tendría que pedirle a nadie que la reescribiera, y que no tendría que publicarla él mismo.

Por esa razón, la muerte del padre de Borges y del padre de Naipaul dejó libre el espacio para que sus hijos trabajaran. Tendrían sólo fuertes fantasmas antes que presencias reales mirando por encima de su hombro, fantasmas que podrían ahuyentar a su antojo. Igual que Picasso, cuyo padre fue un pintor fracasado, o William James, cuyo padre fue un ensayista fracasado, podrían compensar el fracaso de su padre, eliminando al mismo tiempo la influencia indolente de los padres. Podrían mostrar a su madre, o de hecho, al mundo, quién era el verdadero hombre en la casa.

Esta idea de la muerte del padre, y del fracaso del padre, como una suerte de liberación es analizada por Richard Ellmann en su libro Yeats: El hombre y las máscaras . El cita a Ivan Karamazov –“¿Quién no desea la muerte de su padre?”– y a continuación escribe: “El tema se repite desde los Urales hasta Donegal, en Turgueniev, en Samuel Butler, en Gosse. Es particularmente destacado en Irlanda. George Moore en sus Confesiones de un Joven proclama categóricamente su sensación de liberación y alivio al morir su padre. J. M. Synge elige un intento de parricidio como tema de su Playboy del Mundo Occidental . James Joyce describe en Ulises cómo Stephen Dedalus, repudiando a su progenitor, busca otro padre… Yeats, después de abordar el tema en una obra sin publicar escrita en 1884, vuelve a él en 1892 en un poema, “La muerte de Cuchulain”, transforma la misma historia en una obra de teatro en 1903, hace dos traducciones de Edipo Rey , la primera en 1912, la segunda en 1927, y escribe otra obra, Purgatorio , que incluye un parricidio poco después de su muerte”.

 

Lazos familiares

La idea de un escritor que utiliza el arte como una forma de búsqueda de poder dentro de una familia aparece en cualquier análisis que se haga de la familia Yeats. En el verano de 2004, empecé a estudiar las cartas familiares, que están guardadas en la biblioteca de Union College en Schenectady, en el norte del Estado de Nueva York. Yo ya conocía las cartas publicadas de John Butler Yeats, que se cuentan entre las más elocuentes que se han escrito hasta hoy, con una frescura de pensamiento y una originalidad sorprendente en la redacción. También conocía parte de la obra del viejo como pintor y estaba al tanto de que trabajó durante muchos años en un autorretrato que continuamente borraba y volvía a empezar. Era un gran conversador y muy querido por sus amigos, pero también era indolente e inútil para ganar dinero. No servía para terminar las cosas y produjo dos hijos, el poeta WB Yeats y el pintor Jack B Yeats, que fueron famosos, a su vez, por su aplicación y su capacidad para imprimir un sentido categórico de conclusión a todo lo que emprendieron.

Mientras echaba un vistazo a las cartas, observé el ingenio brillante de Lily Yeats, la mayor de las dos hermanas de WB Yeats, y cuánto se acercaba al estilo y el tono de Alice James, la hermana de William y Henry James. Si bien estas familias produjeron dos genios, hubo algo en su dinámica que sirvió para aplastar a una serie de otros hermanos, por inteligentes que fueran. Lula y Carla Mann, las dos hermanas de Thomas y Heinrich Mann, por ejemplo, se suicidaron. El más joven de los Mann, Viktor, produjo un libro patético llamado Eramos cinco . Su título, apenas se empieza a estudiar a estas familias, era tanto un grito de auxilio como una declaración de hecho.

Encontré las cartas de John Butler Yeats, escritas a su hijo desde Nueva York: del gran incapaz de terminar las cosas al gran sabio de la conclusión. Es, se ha dicho, uno de los pocos padres que vivió lo suficiente como para recibir la influencia de su hijo; para evitar esa influencia, o disminuir su fuerza, se mudó a Nueva York en 1907 a la edad de 68 años y se negó a volver a su casa. Murió allí en 1922. Durante su largo y despreocupado exilio, fue ayudado financieramente por su hijo el poeta. En 1918, cuando WB Yeats arregló con el abogado y recaudador de Nueva York que a cambio de apoyo financiero para su padre él entregaría manuscritos y borradores de poemas, escribió: “Oí con cierta alarma que está escribiendo una obra de teatro, algo en lo cual, tratándose de la más técnica de todas las formas literarias, casi seguro no tendrá éxito”.

En las cartas a su hijo, John Butler Yeats hace muchas referencias a su propia escritura. Al recorrer las cartas escritas a lo largo de más de 20 años desde 1902, observé esto como una vertiente significativa y peculiar en la correspondencia, el padre que escribe al hijo en busca de elogio y apoyo para el trabajo en el que se está embarcando, el hijo magistral y distante, por momentos altivo en la respuesta, el padre totalmente filial en su tono.

“Estoy terminando un cuento y ansío que lo leas”, escribió en 1902, y muy pronto, de nuevo: “Si termino mi cuento creo que te agradará”. En 1908, ya en Nueva York, envió a su hijo dos cuentos que había escrito. “No sé qué te parecerán”, escribió. Un mes después, no habiendo recibido respuesta, volvió a escribir: “Tengo miedo de que el hecho de que no escribas signifique que mis cuentos no te interesan (posiblemente condenados sin ser leídos)”. La respuesta displicente de su hijo llegó un año más tarde: “Encontré tus dos cuentos –estaban entre papeles de Lady Gregory–. Seguramente se los presté y le pedí que los leyera. Te los mando. El que no tiene nombre es de lejos el mejor, me parece”.

Ese año, el padre comenzó a escribir sobre una obra que tenía pensada. Cuatro años más tarde, todavía no la había escrito. En febrero de 1913, escribió: “Y como recordarás, Synge me prodigó alguno de sus elogios. Dijo que sabía escribir diálogos”. John Butler Yeats debía saber, al escribir esto, que Synge no creía que WB Yeats sabía escribir diálogos. Tres años más tarde, sin embargo, aún no había escrito la obra: “Ya sabes que tengo una obra en mi cabeza y pienso escribirla algún día… Y apuesto a que si la escribo será un éxito”. Su hijo, para entonces, ya había visto representar más de una docena de sus propias obras.

De inmediato, el padre empezó a enviar a su hijo los poemas que había escrito, pero no recibió respuesta. Terminada la obra, la hizo escribir a máquina. “A veces desearía que hubieras podido consultarme respecto de tus obras. Creo que tengo un instinto para el teatro, y que mi obra… lo prueba”. En junio de 1918, escribió: “Por qué no me dices nada sobre mi obra. No debes temer elogiarla… Estoy seguro de que algún día será representada con éxito”. A esa altura ya tenía casi 80 años. A los cuatro días, su hijo respondió, después de haber elaborado una forma nueva e ingeniosa de matar a su padre: “Eliges un tema muy difícil y la más difícil de todas las formas, y como era de prever es el menos bueno de tus escritos. Llevo años leyendo obras para el Teatro Abbey, y por lo tanto conozco el tema prácticamente… Se necesita toda una vida para dominar la forma dramática”.

 

¿Matar al padre?

El hecho de que Naipaul, Borges y Yeats florecieran a la sombra de un padre fracasado aporta ejemplos interesantes y hay también otros. Entre éstos, James Baldwin y Barack Obama, quienes iniciaron sus autobiografías a partir del momento en que había muerto su padre.

Notes of a Native Son de Baldwin comienza: “El 29 de julio de 1943, murió mi padre”.

Dreams from My Father de Obama comienza: “Pocos meses después de cumplidos mis 21 años, un extraño llamó para darme la noticia”. Ambos hombres comenzaron luego a poner distancia de sus padres casi como una manera de establecer su derecho a hablar con plena autoridad, a aclarar que se habían inventado a sí mismos y que la historia que contarían sería de pura autonomía personal.

Hay, no obstante, otros escritores que aparentemente no sintieron esta necesidad. Uno de ellos es Samuel Beckett, cuya relación con su padre parece haber sido cariñosa y fácil. En abril de 1933, escribió a un amigo: “Una caminata encantadora esta mañana con mi padre, que envejece con una filosofía muy elegante… Nunca tendré a nadie como él”. Y luego, dos meses más tarde, al morir su padre, escribió: “Tenía sesenta y un años, pero cuánto más joven parecía y era. Bromeando e insultando a los médicos mientras tuvo aliento… No puedo escribir sobre él, sólo puedo recorrer los campos y saltar las acequias detrás de él”.

En el caso de Beckett, el problema era la madre. En 1937, una vez que lo había dejado solo en la casa familiar con una cocinera encargada de prepararle las comidas, escribió lo agradable que era la casa en su ausencia. “Y no pude desearle nada mejor que sentir lo mismo cuando yo no estoy. Pero no le deseo nada, ni bueno ni malo. Soy lo que su cariño salvaje ha hecho de mí, y es bueno que uno de nosotros lo acepte finalmente… Simplemente, no quiero verla ni escribirle ni oír hablar de ella”. Al año siguiente, sin embargo, le escribió a su amigo desde París, sugiriendo que no podía escapar de ella: “Como te imaginarás, no estoy ansioso por ir a Irlanda, pero mientras mi madre viva iré todos los años”.

Si bien resulta fácil ver a la vieja Mamá Beckett en la obra de su hijo, cuesta imaginarla leyendo realmente sus novelas o yendo a ver sus obras. La madre de John Millington Synge, otra matriarca protestante de Dublín, no iba en absoluto al teatro. Ni un solo miembro de la familia Synge vio su obra. En su funeral, la gente de teatro y los familiares se enfrentaron como dos tribus guerreras.

Pese a tener aparentemente poco en común, Synge se aseguraba de volver de París todos los veranos para pasar las vacaciones con su madre. En el diario que ella llevaba, manifiesta que estaba preocupada por él, por su salud delicada, su falta de religión, pero también se percibe el gran afecto que sentía por él y casi ningún enojo. Tocaban música juntos, y ella seguía sus movimientos con interés, escribiendo a otro hijo en 1898: “Recibí una carta muy interesante de Johnnie la semana pasada… Ahora está en la isla Inishmaan, fue en un barco pequeño y está encantado con su nuevo alojamiento, un cuarto en un chalé dentro de la cocina de una casa… y vivió a base de arenque y huevos y aprende irlandés; qué maravillosamente bien se adapta a sus distintos entornos”.

Dos años más tarde, la Sra. Synge invitó a una mujer llamada Rosie Calthrop a pasar las vacaciones con ella y su hijo. Sintió celos de la atención que Synge prestaba a la mujer más joven. “Fue bastante ofensivo para mí”, le escribió a otro hijo, “quería dejarme totalmente de lado”. Fue así como en el modesto triángulo de las vacaciones en Wicklow se iniciaron las semillas de El Playboy del Mundo Occidental de Synge. Transformó su personalidad tranquila en un muchacho que se jactaba de haber matado a su padre, cosa que Synge había hecho realmente convirtiéndose en escritor. El cortejando a Rosie pasó a ser Christy cortejando a Pegeen Mike, en tanto su madre, la Viuda Synge, se transformó en la Viuda Quinn. La idea de que su vida sería usada de esa manera habría matado, por supuesto a la pobre Sra. Synge. Al comenzar a trabajar en la obra, seguramente su hijo descubrió que había inventado una nueva y eficaz manera de matar a su madre.

Traduccion de Cristina Sardoy © The Guardian, 2012

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