Con amor y sordidez

Hay una escena de un relato incluido en Nueve Cuentos de J. D. Salinger, que seguro muchos lectores recordarán: en un pueblo de Inglaterra, el recluta del servicio de inteligencia norteamericano Seymour Glass –personaje al cual Salinger dedicó sus mejores páginas– se traba en una conversación casual con una chica de unos trece años. Hace días que no habla con nadie y la chica es locuaz, tal vez demasiado para su edad. En un momento, ella le pregunta qué hacía antes de incorporarse al ejército y él le responde que le gustaba considerarse “un escritor de cuentos profesional”.

Entonces, con una afectación conmovedora, la chica le cuenta que le gustan los cuentos donde hay sordidez. “Estoy profundamente interesada en la sordidez”, le dice y le hace prometer que le escribirá una historia donde la haya. Como resultado, Seymour se convierte en el narrador de ese mismo cuento, que se titula “Para Esmé, con amor y sordidez”, una historia donde en medio de la sordidez de la guerra, el encuentro fortuito con una adolescente se convierte en una forma distinta y esperanzada del amor.

Inmoralidad e indecencia

Tal vez se trate de una intuición caprichosa pero, al leerla, es difícil no pensar que La habitación, la nueva novela del alemán Andreas Maier, es también una historia escrita con amor y sordidez. Con amor, porque el narrador evoca la vida de su tío y, al hacerlo, el libro se erige como una especie de homenaje, aunque se trate de un personaje de ficción. Con sordidez, porque se trata de un hombre que padece un ligero retraso mental y su comportamiento (por momentos sugerido como una especie de “estado de naturaleza”) raya, desde la perspectiva de los demás, la inmoralidad y la indecencia, aun cuando no dejen de considerarlo un miserable.

En el vaivén de una sensación y otra, lo más importante que el narrador descubre es que la vida de su personaje lo excede: desconoce por completo ciertos pasajes de la vida de su tío (en primer lugar porque ha nacido mucho después que él y, en segundo, porque apenas lo conoce de forma directa) y, en el fondo, hay otros que no es capaz de comprender. Esto, sin embargo, no lo detiene. No importa que lo que se cuente sea verdad, construir para él una experiencia que lo redima, una vida.

En la configuración de la familia, el tío ocupa siempre un lugar marginal: “La habitación de mi tío queda en la primera planta a la izquierda, da a la Uhlanstrasse, y está justo enfrente del baño que probablemente nunca le dejaron usar. Cuando yo era niño e iba a ver a mi abuela, la mayoría de las veces mi tío dormía y toda la casa tenía un olor espantoso”. Cuando el relato familiar (vivido o recuperado) no alcanza, el sobrino recuerda o suprime de acuerdo a sus necesidades. Al hacerlo, evoca incluso la historia alemana oficial. Una historia donde el tío se erige por momentos como mártir de un mundo incomprensible no sólo para él, sino también para el resto de los alemanes.

¿Cuál es el móvil último en el intento de retratar a alguien? Probablemente, como Maier propone en esta novela, la necesidad de comprender algo sobre nosotros mismos: una búsqueda en la cual la identidad misma de quien narra se reconfigura a cada paso. Lo singular, en el caso de este libro, es la magistralidad con la que esa identidad traza un arco que va de lo privado a lo público: de la familia a Alemania, con la belleza de una flecha que surca un cielo de posibilidad filosa y que irá a clavarse en alguna parte. Ese lugar es, sin dudas, el corazón mismo del relato.

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