Cómo recuperarse de un infarto emocional

Mi pareja me engaña – Me echaron del trabajo – La relación se rompió – La enfermedad, es terminal – Le fui infiel, y la perdí para siempre – La persona que amo, ha fallecido.

Estas son algunas de las causas límites, que al momento de vivenciarlas nos conmocionan de manera profunda, al punto de provocarnos un “infarto emocional”.

Este “desgarro psico-afectivo” nos voltea en lo espiritual, muriendo sentimentalmente en esa relación que se rompió, con nuestro trabajo, pareja, amistad o familiar. Y como todo desgarro el dolor es profundo, incontenible, de las entrañas. Las lágrimas que depuran la aflicción, abren grietas profundas en nuestro campo emocional, esas mismas lágrimas que a modo de descarga, descomprimen y alivian el peso de la pérdida.

Indudablemente entramos en terapia intensiva, donde amplificamos negativamente todo, provocando bajones anímicos desgastantes. Estuvimos tan confluenciados en esa relación que al fragmentarse, la sentimos como si nos arrancaran una parte del cuerpo, y en cierta forma así resulta: nos removieron un pedazo de nuestro mundo emocional, y vivenciamos entonces, el dolor de su ausencia.

En estas circunstancias corremos el peligro de sucumbir en un “coma emocional”, colgados de recuerdos distorsionando la realidad; apegados a ese afecto que ya fue, sin voluntad de soltarlo; temerosos de mirar nuestro presente, deseando tan solo dormir a la espera de encontrar en sueños, un pasado que ya no existe.

¿Cuántas personas de nuestro entorno se encuentran en este trance?, ¿Cuántos de nosotros que leemos estas líneas, estamos recorriendo este doloroso camino?

Ciertamente somos capaces de recobrarnos de un infarto emocional. No es un anhelo fantasioso, ni una expresión de deseos, es una verdad contundente y realizable que requiere eso sí, de tres acciones personales:

1) Soltar el dolor del pasado, sin perder la memoria de los hechos

2) Sanar el presente, con acciones sostenidas en nuestro deseo de vivir en equilibrio

3) Proyectar a futuro una nueva vida, un nuevo tiempo Cabe aquí la pregunta del millón: ¿Cómo hacerlo?

Muchos son los caminos, pero uno solo es el nuestro.

El olvido o negación de los hechos no ayuda a realizar el “duelo”, que toda pérdida requiere para comprenderla y aceptarla. De nada sirve evitarlo o distraernos. Es literalmente posible recordar sin dolor, desde el momento exacto en que comprendemos a esa vivencia en particular, y la canalizamos como experiencia de vida. Encerrarnos por temor a que se repita la historia, o aferrarnos a recuerdos que nos sustraen de la realidad, tampoco ayuda a una recuperación armoniosa. Por el contrario estas actitudes nos debilitan aún mas, conservándonos en “terapia intensiva emocional”.

El proceso de asumir una pérdida afectiva y sanar en el intento, es en definitiva un camino único e intransferible, y cada uno de nosotros contamos con un tiempo personal y exclusivo para superarlo.

Claro está, los primeros pasos del “tratamiento” son costosos: no encontramos el ánimo suficiente; sentimos el cuerpo pesado y doliente y en ocasiones, nos aferramos a otra persona para cubrir el vacío al igual que un “respirador”, que nos brinda el aliento necesario para seguir viviendo. Estos paliativos ciertamente ayudan, aunque convengamos que nunca son suficientes para sanarnos.

A sabiendas de todo esto, la primera acción que tomamos es clave para el siguiente recorrido. El deseo de vivir en equilibrio, se consolida a través de la fuerza y constancia que le imprimamos al primer paso. Es fundamental el convencimiento racional de saber que “se puede”, para luego internalizarlo emocionalmente.

Si, así es. Se puede emprender el camino de la sanación. Cuento con innumerables ejemplos personales, y de otros que me han compartido estos hechos a lo largo de los años, confirmando que es viable transformar el dolor, en experiencia. ¡Muchos lo hemos logrado!

Hace falta estimular nuestra fuerza interna; provocar el despertar de conciencia que reviva nuestros sentidos; avivar el fuego que nos anima a la vida y nos provoca el discernimiento necesario para darnos cuenta que: “Es posible morir, y renacer de nuevo”.

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