Cómo escribir desde la intemperie

Este manual de viajeros podría llamarse Libro de las mutacionessi el I Ching no tuviera ese subtítulo. A la manera de algunos libros de cuentos –pienso en Alice Munro–, éste también puede ser leído como una novela que se dispersa en varios rumbos para volver a confluir, la unidad sostenida en indicios, nombres y lugares, a la manera de ombligos de la narración.

El primer relato, “El azar”, es en verdad brújula para el circuito completo: traza una arqueología de la costa normanda, despliega distintas edades humanas y de la historia europea. Lyuba, una rusa emigrada de rasgos orientales, se tiende en la arena y algo se le clava en la espalda: una concha agujereada, un vestigio inmemorial. Más adelante volveremos a encontrar dos veces ese nombre; la joven que hace topless sale de escena para dejar el foco en la biografía de la caracola, que hasta caerá en las manos de la pequeña (y enervante) Berta Bovary. El lector recorrerá la espiral hacia el centro, hacia el comienzo del tiempo, al origen de los periplos y las narraciones, hasta el instante de genio humano en que a una hembra famélica y agotada, cuando aún no se la llamaba mujer, se le ocurrió simbolizar e inventó el primer adorno del mundo. En esta teoría sobre la espiral, topos del tiempo relativo y reversible, en verdad hay un ombligo. “Nada se sueña en vano, ni son gratuitos los oráculos: nada que esté en el futuro ha evitado su huella en el presente”, piensa borgianamente Yuri, el esquimal del relato “Frío”, padre de Lyuba, mientras contempla la planicie albina.

Los relatos reunidos van desde micro-prehistorias hasta un muy contemporáneo presente. Cada uno se valora en contraste con el precedente y el que le sigue en una red de legados y discontinuidades. La emigración y las deportaciones, la hazaña del pionero y el periplo de aventuras iniciáticas enhebran los incidentes: se trata del dramatismo propio de los viajes, pautados de malentendidos, casualidades y epifanías que hacen reverberar la cadena del destino. La espiral avanza uniendo puntos en su trayectoria pero el resultado nunca es de yuxtaposición sino de un ensamble terso.

Así, en la mencionada “Frío”, el hallazgo de un mamut idólico convive con la mancha violenta del incesto y una cámara de fotos, salida de una famosa película sobre un artista especializado en tomas de puentes. En “Las dos hermanas”, la conformidad y la decepción de un panadero polaco que recala en Argentina quedarán registradas en otra foto, en otro puente del hemisferio sur. En el espléndido “Así que esto era el amor”, Lyuba, la niña rusa esquimal, ya es una joven con la cicatriz de la violencia. “El silencio”, cuyo lirismo recuerda a Irene Nemirovsky, retrata la toma de conciencia de un ferroviario francés mientras evoca los días de la ocupación alemana. Casado con la tonta Madelaine, hija de un fabricante de juguetes que vive en un mundo a cuerda, el guardagujas de la estación ve desfilar trenes cargados de mujeres españolas, arrancadas de sus esposos en el andén. Aunque el pueblito de Angouleme ignora que se dirigen a los campos de la muerte, él presiente la desgracia colectiva: “Para saber de qué se habla al referirse a estos trenes hay que imaginar un miedo dentro de otro miedo dentro de otro miedo, un imprevisto desgarro, el ruido del tren golpeando el cerebro, el ahogo en el vagón…, y en los ojos astillas, rastros de caricias, fuga de objetos, polvo de cosas”. Ese mismo pueblo –y un jubilado ferroviario con un perro que arrastra una pata seca– reaparecerán ante la joven Kristina en “Albania”, casi un guión para una road movie . Pero la actual estación de Angouleme es escenario de una forma más actual de destierro, el éxodo económico.

Es de destacar también “Monedas de oro”, en el que un pionero gallego en la pampa, con todos los atributos de un “Supremo” latinoamericano, cumple las vueltas del viaje, el del pobre y el del rico, y concluye en un salto al presente en el que resuena la tradición argentina, con un final a lo Julio Cortázar.

Biznieta del autor del Santos Vega , Clara Obligado vive en Madrid desde 1976. Allí compuso una obra que comprende novelas (entre otras, La hija de Marx , premio Lumen de 1996) y ensayos de divulgación ( Mujeres a contracorriente ). En dos tomos también editados en Páginas de espuma, ha cultivado y dio difusión al género del relato hiperbreve. Porque sus hallazgos se dirimen en la perfección del párrafo, estos viajes son indisociables de esta experiencia. De ella deriva la madurez del aliento alegórico y el clima de fábula pero también la redondez de la prosa y la condensación, que velan por todos los aspectos narrativos. Hoy es, sin duda, una de las voces más originales y plenas de esa literatura trasterrada que dio obras tan potentes como las de Roberto Bolaño y Juan José Saer, y que hoy es la condición de Sergio Chejfec y Rodrigo Fresán. Son libros escritos en otras latitudes que recobran la lengua materna pero se dejan atravesar por otro runrún, convirtiendo esa simultaneidad en choque o síntesis virtuosa. Una característica de esta literatura es crecer a la intemperie, sin defensores ni refugio crítico. Por la dificultad de acceder a la edición de estos libros en continuidad, es una literatura que siempre da la engañosa impresión de ser nueva: una literatura de falsos recién llegados, que encarnan la impureza allí donde sean leídos.

Este viaje del final nos devuelve al comienzo, a Normandía y al enigma sorpresivo de cada parto. La palabra crea la geografía y, por esa maravillosa paradoja de los mejores libros, calla lo que sobra, el discurseo, impone su silencio al punto de que la tierra, mientras recorre su espiral admirable, parece sola, deshabitada.

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