Cómo detener las armas a balazos

Acompañamos al resto del mundo en el duelo por los trágicos acontecimientos que se produjeron en Newtown el 14 de diciembre. Los corazones de todos nosotros están con nuestros pares de Connecticut a raíz de las pérdidas inimaginables que han sufrido”. Esa inscripción no estaba en la fachada de una iglesia, de un colegio o de un club. Se leía en la página web de la tradicional fábrica de revólveres, pistolas y rifles Colt, situada en Hartford, Connecticut, a menos de cien kilómetros de la escuela primaria de Sandy Hook, donde hace cuatro meses un chico llamado Adam Lanza asesinó a veinte niños y seis adultos, después de matar a su madre con las armas que ella tenía en casa. Uno podría especular que, previendo el vendaval de críticas que estaba a punto de desencadenarse (una vez más) a causa de la facilidad con la que cualquiera puede comprar un arma en EE.UU., Colt tuvo reflejos rápidos y se atajó con un mensaje de empatía. Pero además de reflejos, tuvo suerte: ninguna de las armas que usó Lanza provenían de esa empresa; eran de Carolina del Norte, Austria y una firma suizo alemana.

Pero el mundo es redondo y la sombra de Colt se proyecta, también, sobre la matanza de Sandy Hook. El rifle semiautomático Bushmaster con el que Adam Lanza mató, se basa en un modelo clásico inventado en los 50 por una empresa llamada ArmaLite, que tras sucesivos fracasos económicos le vendió el diseño justamente a Colt. Y Colt se las arregló para convertir ese rifle, cuyo nombre genérico es AR-15, en una de las armas favoritas del ejército estadounidense, rebautizado para su uso bélico como M16, y que probó uno de sus primeros éxitos en la guerra de Vietnam.

En 1963, Colt puso a la venta la versión civil de su gloria militar, aunque al principio la compraban, sobre todo, veteranos de guerra y coleccionistas de armas. El mercado creció y pronto se sumaron otros entusiastas fabricantes de fusiles semiautomáticos, como Smith & Wesson, Remington, DPMS, Stag, Rock River, y Bushmaster, una empresa de Carolina del Norte, la proveedora número uno de AR-15 en EE.UU.

La madre de Adam Lanza no era una excéntrica por tener en su casa semejante arma de fuego. Entre 2000 y 2010 se vendieron más de dos millones de AR-15 en EE.UU. Y el llamado “Freedom group” –la casa matriz de Bushmaster, Remington y DPMS–, anunció en 2011 que los rifles semiautomáticos (a los que llama “carabinas deportivas modernas”) eran uno de sus productos más prometedores, con ventas que habían crecido un 27% desde 2007. Tan populares son esas “carabinas” que en 2009 y 2010 el sitio Gunbroker.com remató un AR-15 completamente rosa para sumarse a la lucha contra el cáncer de mama. Y por eso la sombra de Colt se proyecta sobre los niños asesinados en Sandy Hook: porque popularizó un arma de guerra cuya virtud principal es disparar muchas balas (hasta 45) en poco tiempo (un minuto), sin necesidad de recargar. Los Bushmaster se consiguen en armerías y también en más de 1.500 Walmarts bajo la categoría “deporte y recreación”. También los Colt, más refinados, longevos y caros.

Reducción de daño

En julio de 2012, durante el estreno de Batman: El caballero de la noche en un cine de Colorado, James Eagan Holmes mató a doce personas e hirió a cincuenta y ocho con uno de los modelos de Smith & Wesson. Lo cierto es que basta una pistola semiautomática con mucha munición, porque el acopio de munición suple una mala puntería. Seung Hui Cho, que en 2007 asesinó a treinta y tres e hirió a veintinueve en la Universidad Estatal de Virginia, llevaba una Glock 19 que, dependiendo del cargador utilizado, tiene capacidad para disparar hasta treinta y tres balas de una vez.

La Prohibición Federal de Armas de Asalto, que estuvo vigente en EE.UU. entre 1994 y 2004, paralizó la fabricación de ciertas versiones civiles de ese tipo de armas e ilegalizó su venta y tenencia, argumentando que permiten matar y herir a un gran número de personas e infligir múltiples heridas en cada víctima en un abrir y cerrar de ojos. La lógica detrás de la ley fue la de reducción de daño: no impedir que la gente compre armas, sino que quienes lo hacen y deciden matar, maten a la menor cantidad de gente posible.

Pero además de ese singular punto de partida, la ley tuvo agujeros por los que se infiltraron demasiadas salvedades. Por empezar, no hay una definición consensuada de “arma de asalto”, aparte de su particularidad de balear mucho en poco tiempo. Existen las automáticas (que disparan continuamente cuando se aprieta el gatillo y cuya regulación es estricta desde 1934), y las semiautomáticas (que disparan por cada pulsión de gatillo), y el Congreso se enfocó en dieciocho tipos, incluyendo el AR-15, y limitó la producción de cargadores de alta capacidad, poniéndoles un tope de diez balas. Sin embargo, dejó fuera de la prohibición a rifles como el Colt Match Tiger, por no considerarlo “de la familia AR-15” aunque tuviera su misma capacidad letal.

Esa ley tampoco restringió la venta de las armas que ya habían sido fabricadas y el tiempo que demoró en entrar en vigencia fue aprovechado por las empresas para confeccionar y vender todo el arsenal que amenazaba con prohibirse. Cuando la ley se hizo efectiva, había suficientes armas para pasar el invierno. Y cuando caducó en 2004, nadie la renovó.

Tres años después, Seung Hui Cho compraba para su pistola semiautomática Glock un cargador de quince balas.

Los hombres del rifle

Los defensores de la circulación irrestricta de armas para uso civil en EE.UU. –entre ellos la Asociación Nacional del Rifle (ANR), que tiene gran influencia política–, no ven la conexión entre el arma escogida por Adam Lanza o Seung Hui Cho y las masacres que cometieron. En sus términos, para perpetrar una matanza sólo se necesita a alguien medio loco y a civiles desarmados. En ese sentido, un AR-15 o un cargador de alta capacidad darían lo mismo que un revólver del siglo XIX con un tambor para seis balas. Robert VenBruggen, editor de la revista conservadora The National Review, llegó a decir que no tiene sentido controlar la munición que usó Lanza en su fusil semiautomático, ya que “en algunos estados está prohibida para cazar ciervos por ser demasiado endeble”. El autor se ahorró la explicación de que esa veda se basa en cuestiones éticas, ya que un animal que pesa como mínimo cien kilos difícilmente muera al instante al ser impactado por una bala así. Se ahorró también el detalle de que las víctimas de Lanza, en su enorme mayoría, no llegaban a los treinta kilos. El argumento de VenBruggen, que abreva en la supuesta inocuidad de cualquier arma de fuego y de cualquier bala per se , es habitual en este debate.

Otro argumento, que ha despuntado con fuerza tras Sandy Hook, sostiene que a las armas sólo puede combatírselas con más armas: ya que existen y es impracticable deshacerse de ellas del todo, lo que toca hacer es pertrecharse para enfrentar a eventuales asesinos.

El otro argumento es el del derecho constitucional: la Segunda Enmienda de EE.UU., escrita hace más de doscientos años, dice: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido.” Para la lectura oficial, la enmienda se creó con el fin de asegurar al pueblo revolucionario el derecho a armarse para derrocar un eventual gobierno tiránico. Pero otras lecturas aseguran que los padres fundadores la alentaron para darle a estados con los que necesitaban congraciarse, como Virginia, el derecho a reprimir con revólveres y escopetas los levantamientos de esclavos.

Tras la matanza de Newtown, Barack Obama viajó a Connecticut y dijo: “Desde que soy presidente es la cuarta vez que nos reunimos para acompañar a una comunidad destrozada por matanzas masivas (…) Nos dirán que las causas de este tipo de violencia son complejas, y es cierto. Pero esa no es excusa para no hacer nada”. La intención declarada es presionar al Congreso para que prohíba las armas de asalto y los cargadores de alta capacidad, amplíe la verificación de antecedentes, y endurezca las leyes de tráfico de armas.

Nadie habla de tocar la Segunda Enmienda.

Entre todas las voces que se han alzado desde la matanza de Sandy Hook, la menos esperada fue la de Stephen King. El tiene tres armas en su casa y un ensayo recién publicado llamado Guns , que se consigue a 99 centavos de dólar en Amazon y que vale la pena leer.

El punto de partida es su experiencia como autor del libro favorito de por lo menos cuatro adolescentes que entraron armados a sus colegios. Se trata de Rage (Rabia), que escribió cuando estaba en el secundario y publicó años después bajo el seudónimo de Richard Bachman. Allí un chico llamado Charlie mata a su profesora de álgebra y mantiene rehenes a sus compañeros. King decidió sacarlo del mercado no porque pensara que su libro había provocado o inspirado las masacres, sino porque “no se deja un bidón de gasolina al lado de un chico con tendencias piromaníacas”. King desarticula los argumentos de los fanáticos de las armas, como el muy esgrimido de la defensa propia y el de la supuesta “cultura de la violencia” en que viven los estadounidenses.

El escritor propone “medidas razonables”: averiguaciones de antecedentes más efectivas, prohibición de cargadores de alta capacidad, y la más difícil de concretarse: control absoluto de armas como el AR-15. ¿Por qué es tan difícil? Porque los miembros de la ANR tienen una enorme influencia en el Congreso. Y también, dice King, “porque muchos partidarios de las armas se aferran a las semiautomáticas de la misma manera que Amy Winehouse y Michael Jackson se aferraban a la mierda que los estaba matando.”

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