Coches con alas

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El diseño de coches voladores comenzó ya a principios del siglo xx. Los pioneros de la aviación en aquellos tiempos no pensaban solo en volar, sino también en la movilidad personal y en que los automóviles despegaran del suelo. Según John Brown, redactor del boletín de Internet Roadable Times, la verdadera grandeza de los hermanos Wright –que en 1903, en Kitty Hawk, Carolina del Norte, demostraron un vuelo a motor continuo y controlado– consistió en concentrarse en el propio vuelo y olvidarse de los desplazamientos por tierra.
Con el tiempo aparecieron nuevos motivos para diseñar coches voladores. En junio de 1918, Felix Longobardi, un ciudadano de Chicago obsesionado por la flexibilidad táctica, solicitó patentar un artilugio que funcionaba a la vez como coche volador, lancha cañonera (con fines antiaéreos) y submarino. Su invento no prosperó.
Todavía sin terminar la I Guerra Mundial, el legendario diseñador aeronáutico Glenn H. Curtiss solicitó la patente de un «autoplano» pensado para el ocio. Y Moulton B. Taylor, patentó en 1952 el Aerocar, famoso por utilizarlo el actor Robert Cummings. Taylor deseaba que su invento sirviera en los desplazamientos por aire y por tierra, y que su bajo coste atrajera un mercado potencialmente grande.
Hasta la fecha se han registrado docenas de patentes para vehículos voladores, de los cuales más de diez se están desarrollando, entre ellos un sucesor del Aerocar. Uno de los inventores, Terrafugia de Woburn, Massachusetts, está perfeccionando el Transition, un avión deportivo ligero no pensado para la circulación terrestre habitual. Sin embargo, tras aterrizar en un aeropuerto, los pilotos deberían poder replegar las alas electrónicamente y seguir por tierra hasta su destino final. Los primeros vuelos de prueba dieron buen resultado, pero queda por ver si la compañía logrará salir adelante como se espera.

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