Ciudad mágica y misteriosa

Desde la terraza mirador de un gran edificio, la ciudad del alrededor puede reducirse a una postal. Algo puesto en su inmovilidad y en la apariencia de lo ya conocido, o de lo que sólo propicia una reacción de fugaz asombro. Pero la ciudad no es sólo lo puesto ahí para transitarla, usufructuarla como vivienda, trabajo o turismo. Como el universo físico para los científicos, como el ser para los filósofos, la ciudad es texto desplegado para ser leído y descifrado.

La ciudad-texto, urbe-escritura es algo más que su nombre o la locación geográfica, o incluso la multiplicidad de micro-espacios o barrios que constituyen su identidad múltiple. En el texto de la ciudad, expuesto a su lectura posible, se mezclan sentidos históricos, sociales, artísticos, urbanísticos. El recorrido se convierte así en ejercicio de una mirada atenta, y un ojo que escudriña constelaciones dispersas de significaciones.

La ciudad como texto impele un tipo de lectura en lo tridimensional que supera el hábito lector ceñido a la bidimensionalidad de la página o la pantalla. El texto euclidiano tridimensional de la ciudad se compone de muchas oraciones o párrafos corporizados en las individualidades o particularidades del paisaje urbano.

Un monumento es un ejemplo pertinente porque en la apatía cotidiana suele ser expresión de lo “aburrido”, lo viejo y desgastado, una retórica de conmemoraciones formales. Sin embargo, a pesar del desinterés que suele provocar en los transeúntes, cada monumento es evocación de una riqueza pasada ausente, o es expresión de un logro artístico, escultórico o arquitectónico; o es muestra de la protección de la memoria, o triste señal de su degradación, cuando ni siquiera se conserva su placa.

Un edificio, una calle, pasaje, un parque, museo o bar, pueden ser ejemplos particulares de la ciudad-escritura cuya “lectura” permitiría abrir muchas cajas de información y reflexiones. Esto supone que antes del interés por observar, indagar, inquirir, reflexionar, “leer” la ciudad, ésta debiera ser vivida como espacio desconocido, ciudad desconocida abierta, para quien quiera explorarla desde las indagaciones del intelecto, el asombro y la curiosidad.

Esta actitud frente a la inmediatez urbana es la contracara de la “actitud natural” ante ella. La actitud natural es la indiferencia ante la selva de signos de edificios y lugares; es reducción de las ciudades a grandes espacios de albergue o “depósito” de actividades, domicilios, lugares específicos de recreo u ocio, edificios de gobierno, escuelas y tribunales. Y para esta actitud el movimiento en la ciudad no es observación perceptiva de cada lugar recorrido, porque el desplazamiento “natural” en la urbe sólo valora el punto de partida y el de llegada. No importa el “entre”, lo que discurre entre el comienzo del movimiento y el final, entre mi partir de casa y mi llegar a mi lugar de trabajo. El espacio de recorrido entre el salir y llegar es fastidio, inevitable tiempo perdido.

Este espacio intermedio de tedio fue pensado y superado por Julio Cortázar y Carol Dunlop. En 1982, la pareja proyectó un viaje por carretera entre París y Marsella. Desde la “actitud natural” ante los desplazamientos y movimientos en la ciudad o en la geografía en general, por tierra o aire, lo único significativo es el partir y el llegar. El recorrido entonces entre las ciudades francesas sería la molestia a soportar para trasladarse desde la belleza urbana parisina a la calidez mediterránea de Marsella. Pero la genialidad del viaje cortazariano es que, inversamente, lo menos significativo es ahora la partida y la llegada. Porque el viaje es el recorrido entre los puntos de salida y arribo, testimoniado luego en un diario de viajes que fue Los autonautas de la cosmopista . Un viaje atemporal París-Marsella. En este diario Cortázar y Dunlop atienden a lo que los viajeros normales no prestan atención: los detalles de los paradores en los que hacen escala con su camioneta Volkswagen (a la que llaman Fafner, el dragón que se enfrenta a Sigur en la mitología nórdica), los automovilistas, la geografía de los alrededores, los hallazgos de personajes y sorpresas incorporados a la crónica. El espacio intermedio no es ya desierto, sino texto recorrido, y al menos parcialmente, leído en distintos niveles.

II. La ciudad es siempre paradójica. La ciudad moderna de masas en particular es híper sinestésica, rebullente, sobre-estimulante. Pero el voltaje sensitivo que despierta es corriente y descarga efímera y veloz. Estímulo que demanda respuestas reflejas, automáticas; respuestas como las reacciones adecuadas a las señales de tránsito, a los nombres de calles. Dar las respuestas correctas anima la falsa percepción de que el saber orientarse entre las señales es un conocer la ciudad, como si ésta se diluyera en la pura exterioridad. Nos habituamos a tratar sólo con la ciudad visible y su superficie de señales útiles. Pero la ciudad visible convive con la otra más real al final, la ciudad del “nombre secreto”, como pensó Héctor Murena en un antológico ensayo de crítica de la cultura moderna y las ciudades ( El nombre secreto , 1969). Para Murena, la identidad de las ciudades viene de un nombre escondido. En la cultura romana las ciudades eran realmente fundadas en tanto un augur o adivino le otorgaba un nombre secreto, una identidad lingüística que aseguraba la conectividad mágica y mística entre la nueva ciudad y el orden total de realidad, compuesto por las fuerzas subterráneas de la fertilidad y el grano, y los dioses del cielo propiciadores del sol y la lluvia. Y esa conexión era también la línea nunca interrumpida del pasado y del legado de los antepasados. La identidad de la ciudad antigua, sustentada en su nombre sólo reservado a los sacerdotes, era entonces la relación incluso con lo que no era la ciudad.

Pero si la ciudad moderna tiene su nombre secreto, éste no se concentra ya en una palabra mágica, o una proposición mística, sino en nombres flotantes en una dispersión babélica que deja por aquí y por allá retazos, mojones de sentidos a ser descifrados en la ciudad como texto. Y, claro, así como distintos traductores traducen matices distintos del texto fuente a traducir, el texto urbano es legible de distintas maneras, con traducciones distintas.

La Plaza de Mayo, por ejemplo, puede ser “traducida” como texto histórico y político principalmente; o como lugar ejemplo de cambios arquitectónicos; o de las ilustraciones o fotos que muestran las transformaciones de la vestimenta en el tiempo; o como foco de manifestaciones populares que, más allá de su inmediata intención política, expresan la esperanza o un sentimiento de hastío o fracaso de múltiples generaciones.

III. Quizá, una traducción arquetípica del texto de Buenos Aires, de la ciudad-puerto, de la Reina del Plata, de la París sudamericana, es La cabeza de Goliath (1940), de Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964). En esta obra fundamental, Martínez Estrada descifra distintas líneas del texto ciudad mediante una mirada microscópica y poética.

Para Estrada, Buenos Aires debe pensarse también dentro de una geografía cultural, en la que la Pampa es la matriz original de la historia argentina. El conquistador español desembarcó en el Río de la Plata con el afán de rápida conquista. Pero al enfrentarse a la Pampa inmensa sintió su propia nada. Del “señor del todo” al “señor de la nada”. El conquistador frustrado debió acomodarse a la lenta e incierta explotación agrícola-ganadera. Porque no encontró la ciudad dorada que buscaba… En una mezcla de desesperación y mala información de los indígenas, los españoles creyeron en el Dorado, en una ciudad de plata y oro, en las montañas, en la selva o el desierto. Esa ciudad, en nuestra geografía, era “la ciudad de los Césares”, una quimera que gatilló desastres y fracasos. La Pampa expuso al español, luego al criollo, al gaucho, al inmigrante, a lo telúrico y geológico inabarcables.

Para defenderse de la extensión pampeana, el hombre de origen europeo se refugió en la ciudad, en Buenos Aires como muralla y defensa ante lo telúrico. Rodolfo Kusch luego insistirá, en América profunda (1962), en la ciudad como “patio de los objetos”, como protección de la civilización moderna ante la ira de los elementos que reina en lo primitivo de la naturaleza. Pero Buenos Aires nunca fue aislamiento defensivo completo respecto a lo gauchesco, lo rural, que en su momento se hizo presente como el pueblo de las orillas o suburbios que apoyaron a Rosas. Proyección de lo rural en el borde-ciudad que encontró su lugar arquetípico en Mataderos y su Mercado de Hacienda a comienzos del siglo XX, y su mirador, aún hoy visible, sobre General Paz y Avenida de los Corrales; mirador desde donde se daba la noticia de la llegada de los nuevos contingentes de reses para faenar.

IV. Buenos Aires aún hoy es puerto, río, corrientes líquidas. La primera matriz de su nacimiento es el agua, el mar, el descubrimiento de Solís del Río de la Plata. El río como puente comercial hacia Europa, como fuente de los intercambios comerciales y las riquezas, y los monopolios aduaneros instigadores de los conflictos entre la ciudad porteña y el interior. La ciudad moderna en general, salvo excepciones como algunas ciudades escandinavas, se abroquela en su propio universo autónomo. Con el tiempo, la Buenos Aires compleja y multitudinaria se escindió de la percepción del río y el puerto. Hecho cultural expresado simbólicamente por la Costanera Sur, lugar de playa y disfrute del río hasta la década del ochenta en que fue rellenado y convertido en una barrera de tierra.

Pero aun así, la ciudad auto-rrecluida, conserva escondidos lazos de conexión con el contexto mayor de una naturaleza abierta. Por ejemplo, el ícono de la ciudad, el Obelisco, de tan visible se desvanece en su rareza. El Obelisco diseñado por Alberto Prebisch, construido en 1936, y que, como él mismo lo aclaró, sólo tiene un sentido ornamental. Sin embargo la forma obelisco es una de las más antiguas de la arquitectura, proveniente de Egipto. Y su forma pertenece a un simbolismo ancestral, que imagina en el obelisco el rayo solar fertilizador de la tierra. El centro simbólico de Buenos Aires, desde lo silencioso, es así remisión a un símbolo pagano de integración entre cielo y tierra; y por ende de apertura a una realidad mayor que contradice la urbe replegada en sí misma.

Y, también, lo que mantiene desde lo escondido la conexión entre la ciudad-puerto y las extensiones mayores de la naturaleza es lo referido a la génesis de su nombre. Hoy, ya no tiene consenso la suposición de que el nombre surgió de la expresión de un miembro de la expedición de Mendoza sobre las calidades benéficas de los aires que soplan sobre estas latitudes. Porque el origen de “Buenos Aires” está en el culto a la virgen del Buen Aire, venerada en Cerdeña, y que protegía a los marinos del difícil trance de atravesar los mares. Mendoza era adepto a esta virgen, y en su protección mágica se inspiró para entregarle a la ciudad su primer nombre, que habla de la navegación y el encuentro del hombre y las inmensidades marinas para llegar a costas lejanas.

Y si volvemos a las traducciones o lecturas de la ciudad, no es aconsejable olvidar al Manuel Mujica Lainez que recorre la historia de Buenos Aires a través de la evocación y la reinvención del pasado en Misteriosa Buenos Aires (1950); o al Borges que lee la escritura dispersa de la urbanidad porteña en su proyecto de crear una mitología que reescriba y exprese la ciudad como realidad poética y épica a través de sus héroes semi-paganos encarnados por guapos y compadritos. Al convertir la ciudad en texto polifónico para ensayos de desciframiento parcial, la cercanía urbana pierde su sabor engañoso; ese sabor de lo ya degustado. Para reaparecer en la presencia de los detalles y entrecruzamientos de sentidos, tan variados y vastos como las hojas de una selva laberíntica.

El autor es Licenciado en Filosofia (uba), docente universitario y escritor. Junto con Laura Navarro realiza la pagina de facebook “Buenos Aires desconocida”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *