CHOCOLATES Y CARAMELOS

Silvia agarró otro chocolate, se lo puso en la boca y lo saboreó despacio. ¡Cómo la reconfortaba deleitarse con ese sabor que de a poco se extendía con dulzura por todo su ser!. Desde que era muy chica había disfrutado de ese placer, y si no tenía un chocolate a mano se sentía mal. Iba a agarrar otro chocolate cuando sintió un ruido. Era el clásico ruido de la puerta de calle. Los chicos estaban llegando de la escuela y se acercaron corriendo. No habían llegado ni siquiera a un metro de distancia de Silvia, cuando ella, en un gesto instintivo, les sonrió con dulzura y les alargó la fuente llena de caramelos, y ellos alegres comenzaron a comer uno tras otro.
– Era tan lindo verlos comer algunos caramelos -pensó.
– Uno o dos no les va a hacer daño a los dientes -se repetía Silvia para sí.
De pronto Silvia le gritó a Raúl, el menor de los tres hermanos.
– ¡No comas más de cuatro que vas a perder el apetito!.
Eso le había enseñado su mamá cuando era una niña. Y a pesar de los años, recordaba la escena como si fuese hoy: su mamá sentada en el sillón del comedor. Su cabello largo y blanco atado y recogido con un moñito atrás de la cabeza. Se veía llegando de la escuela y su mamá le alargaba la fuente llena de caramelos. La mamá de Silvia se llamaba Magrid y era hija de alemanes. Había sido una madre muy buena, y le había dado una sólida formación para la vida.
Silvia siguió recordando su infancia, su juventud. Las distintas etapas de su vida pasaban como flashes delante de sus ojos. Recordó la dieta que se impuso a los 18 años para bajar de peso, pues con su metro sesenta de altura, pesaba más de setenta kilos. Fueron años difíciles en los cuales no pudo comer sus chocolates y caramelos.
Fue a los 22 años, cuando había logrado la silueta que tanto había deseado, que conoció a Luis. Se enamoraron y casi de inmediato se casaron. Había tenido una luna de miel muy hermosa y él era un hombre muy respetuoso.
Recordó cómo había comenzado nuevamente a comer dulces. Primero fue uno para festejar que estaba de luna de miel, luego otro para festejar que hacía un mes que se habían casado, y luego estos comenzaron a formar parte de sus gratificaciones diarias. Siempre decía entre sonrisas:
– ¿Para qué sirve la vida si uno no puede darse ciertos placeres todos los días?.
De pronto volvió a trasladarse en el tiempo y recordó cómo era ella «de joven». Todos hablaban de su belleza y de su delgada cintura. En ese momento giró para tomar otro chocolate y no pudo evitar verse reflejada en el espejo del aparador del comedor.
– Estoy realmente gorda, -pensó con desagrado.
Tenía 40 años y parecía una mujer de 60. No se podía explicar cómo había descuidado tanto su cuerpo. Le pareció que los 17 años que habían transcurrido desde su matrimonio, hasta su separación habían sido como una caída suave por un tobogán, suave pero inevitable y que ese tobogán la había llevado irremediablemente hasta su golpe contra el piso, contra la realidad más dura: Luis se había ido a vivir con otra mujer, dejándola con los tres niños.
Del mismo modo que ese tobogán la había llevado hacia su separación, sintió que año tras año los «kilos de más» se habían instalado en su cuerpo, poniendo distancia entre ella y Luis. Era como si de ese modo hubiese querido compensar aquello que se alejaba irremediablemente de su vida: el amor y la unión de la pareja.
Disgustada con estos pensamientos se levantó, apagó el televisor, dejando inconclusa la escena de la telenovela y tomó el libro de autoayuda que le había regalado su amiga Paula, leyó unos párrafos, no pudo concentrarse en lo que leía, y lo dejó caer sobre el sillón.
Sus pensamientos volvieron a Paula. Hacía un año que se habían vuelto muy unidas. Fue al poco tiempo de su separación de Luis. Habían sido épocas difíciles y Paula había demostrado ser una amiga de verdad.
Fue Paula quien le insistió que esa noche, que era Viernes, saliesen juntas con Juan, que era el novio de Paula y un amigo desconocido para Silvia. No fue fácil convencerla pues insistía en que estaba en el mejor de los mundos sin salir de su casa.
Era de noche y mientras Silvia sentada en el asiento del acompañante miraba las luces de los coches comió otro chocolate, no quería aceptarlo pero estaba ansiosa por conocer al amigo de Juan.
Llegaron al Bar. Era un lugar poco iluminado y con música demasiado suave para su gusto. No pudo evitar protestarle a su amiga:
– ¿Dónde me trajiste?, este parece un lugar poco serio.
Paula se limitó a sonreirle y a acariciarle suavemente la mano. Silvia se tranquilizó de inmediato y sonrió también, mientras pensaba:
– No sé por qué, pero no puedo estar enojada con Paula.
En ese momento desde una mesa se levantaron dos personas y Paula gritó:
– Ahí está Juan con su amigo, y apresuró el paso para llegar con ellos.
Juan le presentó a Gianni, y esté se acercó para darle un beso en la mejilla a Silvia, pero ésta se alejó y logró evitarlo.
El mozo le trajo el café y un medallón de chocolate. Tomó el café y no logró tranquilizarse, fue cuando se comió el chocolate, que sintió cierta calidez en su interior y pudo prestar atención a la conversación que se estaba desarrollando con sus amigos. Recién en ese momento la charla le pareció a Silvia divertida, pero comenzó a incomodarle el modo de comportarse de Gianni. Este se volcaba sobre ella, como si quisiese envolverla con su energía. Gianni se había sentado tan cerca de ella que era inevitable algún contacto con su cuerpo: o la rozaba con su rodilla, o con su pié, o con su brazo. Y Silvia no estaba acostumbrada a eso.
Al poco rato dijo que le dolía la cabeza e insistió en irse a su casa. Fueron inútiles las protestas y los ruegos de los demás, Silvia volvió a su casa.
A pesar de eso, al otro día la imagen de Gianni se le apareció furtivamente varias veces y en los momentos menos pensados.
Fue al miércoles siguiente que un llamado la desconcertó.
Era Gianni que la invitaba a tomar un café. Al principio Sivia se negó pero finalmente aceptó.
Se encontraron en el mismo bar que la otra vez, y mientras charlaba, Gianni se movía grandilocuentemente y volvió a envolverla con su energía, y a rozarla y a tocarla «sin querer» con su cuerpo.
Silvia tuvo una extraña sensación. Se sentía incómoda por una parte y por la otra esta extraña cercanía la embriagaba, le daba calidez, la contenía. Nunca había sentido algo parecido.
Recordó que en su casa ni su mamá, ni su papá, ni sus hermanos tenían esa extraña costumbre de estar volcados sobre el otro. Y ella le había enseñado a sus hijos cual era el «modo correcto» de acercarse a otra persona. Siempre les recordaba no solo que no tocaran a los otros al hablarles, sino incluso a no acercarse demasiado al otro al conversar. Y ante la pregunta de uno de sus hijos de cuál era la distancia que había que mantener ella había contestado de inmediato:
– Un metro de distancia del otro como mínimo.
En cambio ahora Gianni, cuando le hablaba, prácticamente ponía su cara a pocos centímetro de la de ella, y Silvia sentía como un poderoso imán la atraía hacía él.
A la semana siguiente volvieron a salir y a ir al mismo bar. A los pocos minutos de estar conversando, Silvia sintió de nuevo ese magnetismo que la acercaba a Gianni. El primer beso fue inevitable. El imán había cumplido su misión y ella se encontró con la boca de él, casi sin darse cuenta. Cuando salían del Bar, Gianni le dio otro beso y luego vino el abrazo. Gianni la envolvió en sus brazos de oso y ella sintió primero que sus piernas temblaban, y luego se derritió en el calor de tanto amor.
Lo que sucedió después en la vida de Silvia fue increible para ella. Gianni se deleitaba acariciándola y besándole suavemente todo su cuerpo, y en especial sus pies, y ella se retorcía de placer ante cada nuevo estímulo. Silvia aprendió a recibir el amor a través de un modo nuevo para ella: el contacto físico con Gianni. Así las caricias se convirtieron en algo imprescindible en su vida.
El cambio que estaba experimentando Silvia llegó incluso a sorprender a sus hijos, pues comenzó a abrazarlos fuerte y a besarlos cuando volvían de la escuela, en vez de extenderle la fuente llena de caramelos, y ellos se quedaban quietos disfrutando de las expresiones de amor de su madre en vez de preguntar por los dulces.
A los tres meses de conocer a Gianni, Silvia había perdido seis quilos.
– Me estoy alimentando de amor y no necesito otros alimentos, decía en forma risueña cuando alguien hacia algún comentario al respecto. Además Silvia perdió sorpresivamente el interés por los chocolates y cuando alguien le regalaba uno, en vez de comerlo de inmediato lo apoyaba en cualquier lugar y ahí lo dejaba olvidado. Fue así que los que quedaban cerca de la ventana del comedor se derretían irremediablemente con el calor del sol.
Un domingo Silvia volvió a tomar entre sus manos el libro sobre autoayuda que le había regalado Paula, y un párrafo le llamó la atención. Primero lo leyó por arriba casi sin entenderlo, luego se acomodó en el sillón y volvió a leerlo más despacio y se sorprendió. Finalmente se largó a reír, mientras leía para sí:
– «La persona que no se permite recibir caricias o que no tenga quien lo acaricie buscará reemplazar estas caricias por caricias artificiales en la forma de dulces y/o chocolates».
Silvia dejó el libro y mientras seguía riéndose, fue con una actitud decidida a la cocina, tomó el tacho de basura con su mano izquierda y comenzó a revisar la habitación como quien busca la causa de sus males, y dulce o chocolate que encontraba en su camino lo arrojaba dentro del tacho.
Raúl, el menor de sus hijos cuando la vió, llamó a los gritos a sus hermanos:
– ¡Vengan a ver a Mamá, está arrojando a la basura los chocolates!.
Y así los tres chicos boquiabiertos, siguieron con su mirada a Silvia hasta que terminó con su requiza. Realmente no lo podían creer. Silvia por último llevó el tacho a la calle. Cuando volvió dejó de reír y con los ojos llenos de lágrimas abrazó muy fuerte a sus hijos que la esperaban en la puerta y les dijo:
– Mis adorados hijos, quiero informarles que a partir hoy nunca más en este hogar habrá «caricias artificiales».
Luego comenzó a reír de nuevo se arrojó sobre ellos arriba de la alfombra del living y comenzó a hacerles cosquillas y a besuquearlos con todo su amor. Y así de este modo la risa, el amor, y las «caricias naturales» se instalaron definitivamente en la hogar de Silvia.
Cuenta la tradición que los hijos de Silvia se casaron con personas muy mimosas y los hijos de sus hijos también. También cuenta la tradición que en sus hogares si algún invitado traía un chocolate u ofrecía algún dulce, ellos siempre contestaban con una sonrisa:
– No gracias, nosotros preferimos las «caricias naturales».

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