Chile y el laberinto democrático

La geopolítica del siglo veinte y los historiadores, analistas y teóricos de las modernas relaciones internacionales nos enseñan la disociación entre la política interna de los países –donde rige algún principio de orden más o menos legítimo– y la política externa –donde imperan diversos grados de anarquía–. Nos dicen también que los Estados se comportan de un modo hacia fuera y de otro modo hacia adentro de sus fronteras, no por alguna clase de esquizofrenia o malévola hipocresía sino porque está en su naturaleza actuar de ese modo. Nos ilustran, además, que en un mundo anárquico y a la vez jerárquico –de potencias dominantes y países subordinados– rige la máxima de Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden; los débiles hacen lo que deben”. De tal modo que principios que rigen el sistema internacional y la coexistencia entre los pueblos, como la no intervención y la integridad soberana de los Estados, suelen no tener aplicación universal sino selectiva y frecuentemente discrecional.

Sin embargo, la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría nos descubrieron un mundo nuevo, en el que muchos de esos apotegmas también empezaron a caer. Por empezar, se descorrió el velo de una realidad mucho más entreverada; de interdependencias y profundas ligazones entre las dimensiones domésticas y externas de la vida de las naciones y el comportamiento de sus regímenes y gobiernos. Un caso paradigmático de estudio de estos entramados solapados de la política es el del sangriento golpe de Estado en Chile, en 1973 y el papel que tuvieron los Estados Unidos en ese trágico acontecimiento. También lo es, aunque en menor medida, el final de esa historia: el modo en que Chile construyó su puerta de salida de los 16 años de dictadura de Pinochet, y la influencia que tuvieron otros países, entre ellos la Argentina, en facilitar las cosas para un retorno a la democracia con la llegada de la Concertación al gobierno en 1990.

Dos libros se ocupan de ambos hechos y procesos y lo hacen con el recurso de la investigación histórica documentada y rigurosa. El primer caso es tomado por Luiz Alberto Moniz Bandeira, uno de los más eminentes historiadores brasileños contemporáneos, en Fórmula para el caos. La caída de Salvador Allende (Corregidor). El final de esa historia es abordado por Jesús Rodríguez, el ex ministro de Economía de Alfonsín, ex diputado y dirigente radical, en El caso Chile. La Guerra Fría y la influencia argentina en la transición democrática (Capital Intelectual). Los dos cuentan, además, con prologuistas de lujo. El de Moniz Bandeira es presentado por Peter Kornbluh, director del centro de documentación desclasificada sobre Chile en la Universidad George Washington, el embajador chileno Jorge Arrate y el ex vicecanciller brasileño Samuel Pinheiro Guimaraes. El de Jesús Rodríguez, por Natalio Botana y Guillermo O’Donnell, en un escrito póstumo.

“Fórmula para el caos” fue la expresión utilizada por el jefe de la estación de la CIA en Santiago, Henry Heckscher, para consignar el conjunto de operaciones encubiertas (atentados terroristas, asesinatos, sabotajes, boicot económicos) que culminaron en el golpe de Estado en Chile, el bombardeo del Palacio de la Moneda y el asesinato del presidente Allende, el 11 de septiembre del 73. Moniz Bandeira reconstruye ese capítulo como parte de un contexto geopolítico adverso en el que la radicalización del proceso político chileno se conjugó con la decisión deliberada de la Administración Nixon de tornar a Chile ingobernable y provocar la caída del presidente En ese registro de ciclos históricos contrastantes puede leerse el “efecto dominó” positivo que provocó la recuperación de la democracia en la Argentina del 83. Una a una fueron cayendo o retirándose las dictaduras y paso a paso fueron recorridos los caminos del recambio pacífico de los gobernantes y el reconocimiento de los derechos ciudadanos. Jesús Rodríguez exhibe en este libro sus pergaminos académicos, como economista con una Maestría en Relaciones Internacionales de FLACSO, y lo hace con solvencia para destacar la proyección externa que tuvo el gobierno de Raúl Alfonsín –y el tipo de liderazgo presidencial que él encarnó– como propulsor de los procesos de democratización e integración regional en la América Latina de los 80. Su influencia sobre la transición chilena, explica Rodríguez, es un ejemplo exitoso de injerencia indirecta que permitió sentar las bases de una zona de paz, iniciar procesos de integración política, económica y cultural entre los países vecinos y dotar de previsibilidad a sus acciones externas. Un caso, el de las nuevas democracias del Cono Sur, en el que los débiles pudieron y los fuertes –los EE.UU., en este caso, en primer lugar– debieron aceptar el impulso irrefrenable de las transformaciones políticas ocurridas en la región.

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