CAZANDO ESTRULABIOS

Era una tribu muy primitiva llamada Trunitas que habitaba en un claro de la selva.
Estos salvajes vivían gracias a la caza y domesticación de Estrulabios. Los Estrulabios eran animalitos muy especiales. Tan especiales que la tribu no se ponía de acuerdo sobre su naturaleza y utilidad. Era más, las opiniones estaban muy divididas.
Para algunos los Estrulabios eran como Dioses, a los que adoraban diariamente con distintos rituales, algunos incluían sacrificios humanos. La mayoría de los aborígenes se consideraban dichosos simplemente con tener un buen rebaño de Estrulabios junto a su choza. Otros odiaban a los Estrulabios y buscaban de mantenerlos alejados. Deseaban tener el mínimo de contacto con estos animales que consideraban muy peligrosos y causantes de casi todos los males que afectaban a la comunidad. Ellos soñaban con el día en que no existiesen más los Estrulabios. Ese día serían felices.
Una tarde llegó a la tribu un extranjero, causando un enorme revuelo, pues era el tercer hombre blanco que veían en 50 años. Estaba perdido, por suerte pudo entender el dialecto de la tribu y explicar que él había sido un hombre de éxito en su sociedad a la que llamó occidental. Había sido, hasta esa mañana, un importante ejecutivo de una empresa multinacional dedicada al petróleo. Dijo que había llegado a ese pequeño país de África en misión de negocios y que esa misma mañana al desayunar en su hotel cinco estrellas, mientras miraba a través del cristal que separaba su ambiente de aire acondicionado con la cálida jungla, se sintió imprevistamente hastiado y desesperado. Casi sin darse cuenta dejó el hotel, se subió a un Jeep estacionado enfrente de la conserjería, y se dirigió hacia la selva. De este modo, y en una especie de trance manejó hasta acabar con el combustible del vehículo. Luego siguió caminando hacía el corazón de la selva, hasta llegar imprevistamente a este poblado desconocido. A los pocos minutos caía desmayado por el cansancio.
Cuando se despertó, estaba en el centro de un círculo rodeado por los ancianos de la tribu. El que parecía más viejo le preguntó que deseaba de ellos.
El dijo que no quería volver a la civilización y que si lo aceptaban, quería unirse a la comunidad. Quería vivir como un miembro más de la tribu en contacto con la naturaleza. En ese momento sintió un escalofrío y recordó una imagen que tenía muy guardada en el fondo de su ser. El tendría nueve años y estaba jugando a lo que el creía que iba a ser cuando «fuese grande»: estaba disfrazado de explorador.
Fue entonces que mirando fijo a los ojos del anciano se escuchó decir: – Quiero ser el explorador de la tribu.
A la noche siguiente se reunió el consejo de ancianos y resolvió aceptarlo en la comunidad y asignarle el rol de «explorador de la tribu», siempre que respetara las leyes de la tribu que incluían la caza y domesticación de Estrulabios.
El extranjero se puso pálido, el no era un explorador avezado, ni se sentía capaz de cazar ni de atraer a ningún animal, pero sabía aceptar desafíos. Nunca había oído hablar de los Estrulabios. No sabía como eran , no conocía sus costumbres, donde anidaban, como se cazaban , que era lo que los atraía. Pero lo iba a conseguir.
Y en esas condiciones salió una mañana, como cualquier miembro de la tribu, a cazar Estrulabios, y a tal fin se metió en la selva. Volvió a la noche cansado, totalmente agotado, y sin ningún Estrulabio.
Al día siguiente volvió a salir convencido que traería Estrulabios. Esa noche el cansancio y la desilusión fueron mayores. Y así pasaron los días. Ahora el explorador salía al amanecer con su cuerpo vencido, la cabeza gacha. Estaba totalmente deprimido. Al verlo alejarse en esas condiciones, las mujeres más viejas de la tribu, giraban su cabeza en gesto de desaprobación. Para ellas era evidente que en esas condiciones no iba a cazar nada, el problema era que él también lo sabía: no volvería con ningún Estrulabio. Y la noche era la encargada de confirmarlo: el explorador volvía iluminado por la luz de la luna con las manos vacías, y la tristeza en su rostro.
Un día, cuando su orgullo se lo permitió, buscó consejos entre los salvajes, y a tal fin se puso a hablar con distintos indígenas respecto a los Estrulabios: como cazarlos, cuales eran sus características y cosas similares.
Primero habló con el indígena con el cual se sentía más identificado. El aborigen salía todas las mañanas agobiado como él y volvía con un Estrulabio que no alcanzaba para nada. Su familia vivía pobre y triste.
El indígena le dijo: – Mire, la realidad es que en esta selva cada vez es más difícil cazarlos. Todo anda mal, la situación empeora día a día, y los grandes jefes se llevan los principales ejemplares, motivo por el cual hay que resignarse a conseguir uno que otro ejemplar desnutrido y darse por conforme de traerlo a la noche a casa: por supuesto estos ejemplares no sirven para domesticarlos, se comen en la cena y al día siguiente hay que salir a cazar otro. La vida es así : un magro Estrulabio por día y nada más. Resignación mi amigo, resignación.
Luego entrevistó a otro indígena, que siempre le había llamado la atención por su inteligencia y capacidad. El explorador quería entender porqué, un aborigen tan dotado por la naturaleza, volvía a la noche con no más de dos Estrulabios cuando otros menos dotados cazaban a veces hasta cinco en un día.
El aborigen le confesó que salía todas las mañanas de cacería, pero que en realidad no quería cazar muchos estrulabios.
Y agregó en voz baja: – Yo busco ir a zonas donde intuyo que hay pocos. Evito sistemáticamente volver con muchos Estrulabios a casa.
Luego miró a ambos lados para asegurarse que nadie los escuchaba y le contó lo siguiente: – Un día se me apareció una manada de Estrulabios justo bajo la trampa de red que había tendido, era cuestión de soltar la soga y cazar a más de veinte en un rato, entonces me quedé paralizado hasta que finalmente se fueron. Luego me quedé toda la tarde esperando y a la nochecita, cuando uno mediano se puso bajo la red lo cacé.
– ¿Sabe Ud. porqué procedí así?. El explorador hizo el gesto de «no» con la cabeza.
– Cuando yo era muy pequeño, en la choza de al lado vivía una familia unida y feliz. Pero un día el padre había regresado luego de una gran cacería. Trajo tantos como los que yo había tenido esa mañana bajo mi red. Durante el resto del año el padre siguió cazando cientos de Estrulabios. Al poco tiempo la familia comenzó a pelearse por su posesión, discutían por causa de los Estrulabios y la familia se disolvió.
Tomó una respiración profunda y dijo : – Yo amo mucho a mi familia como para permitir que eso nos pase a nosotros.
El explorador siguió caminando y se acercó a la choza de otro salvaje. Este se la pasaba corriendo por el corral, desde el amanecer . Buscó entablar conversación pero era casi imposible: el salvaje no tenía tiempo . En medio de una persecución de un Estrulabio que se no aceptaba su voz de mando le dijo al explorador:
– Disculpe que no lo pueda atender correctamente , pero prácticamente tengo que vivir para cuidarlos : he llegado a tener muchos, pero alimentarlos y atenderlos es una tarea que me lleva todo el día y a veces parte de la noche. Cuando puedo acostarme estoy totalmente agotado. Y siguió corriendo.
En otras de las carreras le dijo al explorador: – Pero realmente vale la pena ¿no?. Mire todos los que tengo y sacaba pecho mientras señalaba a su manada de más de 200.
Luego agregó como resentido: – Es que los Estrulabios son muy caprichosos y se pasan el día exigiéndome dedicación completa. Quieren que yo viva para ellos, y si no lo hago tengo miedo que una noche desaparezcan, que se vayan , que me abandonen. También corro peligro de que alguien en la oscuridad de la noche pueda robarlos.
Respiró profundo y dijo: – ¿Se da cuenta? luego de dedicarles toda mi vida, si me descuido un momento puedo perderlos. ¿Y que sería de mí sin los Estrulabios?.
A la vuelta de una choza se encontró con un aborigen adulto haciendo «nada». Se limitaba a mirar los pájaros y a jugar con un tambor del cual sacaba algunos sonidos agradables.
Cuando el explorador le preguntó porqué no estaba cazando como los demás, el aborigen le contestó : – Ud. me ve así, pero no se confunda: no crea que no sé cazar Estrulabios. Es más, cuando yo era mas joven disfrutaba de cazarlos a diestra y siniestra.
Luego el aborigen agachó la cabeza como triste y le dijo que luego de lo que le había sucedido a su Tío, había cambiado totalmente de actitud respecto a esos peligrosos animales. Después con una amarga sonrisa en el rostro agregó:
– ¿Ud. hace un rato conoció a mi Tío no es cierto? y señalaba al aborigen que seguía persiguiendo a los Estrulabios por el corral. Mi tío, de joven era muy alegre y solía salir a divertirse por la selva. Disfrutaba de observar el color del plumaje de los pájaros y escuchar sus trinos. Disfrutaba las caídas de sol. Disfrutaba de nadar en el lago. Mírelo ahora, mientras lo señalaba con el dedo. – Yo no voy a permitir que eso me pase, y se puso a golpear fuerte el tambor hasta que el explorador se retiró.
De pronto unos gritos del sector norte del poblado llamaron su atención: un puñado de salvajes estaba agolpados frente a una choza. Se acercó y vio a una mujer aborigen que se había llenado el cuerpo de pintura negra, y lloraba. Le informaron que acababa de quedar viuda. Estaba desconsolada, rodeada por cientos de Estrulabios que parecían cacarerar a su alrededor. La mujer en su dolor gritaba, a quien quisiera escucharla, que su marido había muerto del corazón por culpa de esos malditos bichos. Su marido había vivido desesperado en su afán por tener cada vez una manada más grande.
La mujer se decía para si, mientras se golpeaba el pecho: – Ahora que mi marido ya no está ¿Para que quiero a todos estos Estrulabios? y gritó lo más fuerte que pudo – ¡Quiero que me devuelvan a mi marido!», mientras pateaba a un Estrulabio que se había acercado en búsqueda de comida.
Esa noche el explorador tuvo un sueño:
Era el amanecer y él estaba parado sobre una verde colina en un claro de la selva. A lo lejos se veía una manada de Estrulabios salvajes que se le acercaban lentamente hasta llegar a pocos metros de donde él estaba. Luego, el que parecía el líder de la manada le decía:
– Los Estrulabios somos seres muy especiales y caprichosos: Si quieres llevarte bien con nosotros no te dirijas a la mañana a la selva a cazarnos como enemigos. Búscanos en el claro de la colina, busca atraernos. Haz tu trabajo de explorador : camina para llegar a nosotros, pero camina por el placer de hacerlo, con alegría y nosotros estaremos contigo. Una vez que nos acerquemos, no busques poseernos. No quieras aprisionarnos en frías cárceles de acero, no busques escondernos por miedo a que otros nos deseen. Deja que te ayudemos, como una especie de mago que realiza «ciertos» deseos, no todos. Ten entonces cuidado con lo que deseas, pues a través nuestro eso se te hará realidad. Si luego no te gusta lo que obtuviste no es nuestra culpa sino tuya.
El Estrulabio esperó un poco para asegurarse que el explorador había entendido el mensaje y luego a modo de despedida le dijo:
– Recuerda que somos un medio y no un fin. Quiérenos de corazón, pero no pongas tu corazón en nosotros.
A la mañana siguiente el explorador, se levantó se puso sus mejores ropas, se afeitó y salió cantando alegre hacia la colina. Los nativos no podían entender el cambio de actitud. ¿Qué le había sucedido? No había pasado el medio día cuando se escuchó al explorador que volvía. Su cuerpo erguido, sacando pecho, silbando feliz. Las viejas mujeres de la tribu se miraban unas a otras buscando una explicación a los sucesos:
– ¿Qué hace a está hora el explorador por aquí, y porque vuelve alegre si entre las manos no trae ningún Estrulabio?.
A los pocos segundos la verdad se les hizo evidente. No podían creer lo que veían : Era como un desfile: cientos de Estrulabios lo seguían, porque querían hacerlo y se quedaron con él rodeando su choza. El no los poseía pero si los disfrutaba mientras ellos quisieran permanecer.
A partir de ese día el explorador dedicaba unas pocas horas a la atención de los Estrulabios, y ellos naturalmente le proveían mucho de lo que el explorador necesitaba: le conseguían: binoculares, sogas, zapatos especiales, comida y paja para cambiar el techo de la choza. Esto le permitía ejercer plenamente su vocación de explorador: descubrir nuevos ríos, hacía mapas, escalar montañas, en fin vivir en armonía consigo mismo y con el entorno. Para él la selva había dejado de ser «una jungla».
Es más se asegura que en esa comunidad al explorador nunca le faltó la compañía de los Estrulabios. Eran sus amigos y nunca lo abandonaron.
Por supuesto cuando el explorador tuvo que poner en algún lugar el cálido sentimiento de su corazón lo puso en una dulce mujer de la tribu, pues recordaba las palabras del sueño «somos un medio y no un fin. Quiérenos de corazón, pero no pongas tu corazón en nosotros».
Dicen que el explorador vivió feliz muchos años y que antes de morir, dijo con mucha paz: – Qué curiosa es la vida. Yo escapé de la que era mi sociedad, huyendo de lo que creía que era la raíz de todos los males. Y aquí descubrí que la causa estaba en mí y el dibujo del pelaje de los Estrulabios me lo recordaba todos los días.
Nadie en la tribu pudo entender a que se refería. No podían interpretar el dibujo que formaba los distintos colores del pelaje de estos extraños animales, y que el explorador nunca quiso explicar. La marca parecía una línea zigzagueante como una «S» cortada por una línea vertical y formaba la siguiente figura «$».

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