Catalanes!!!

En el aeropuerto de Barcelona
Por Rolando Hanglin
Especial para lanacion.com
Martes 02 de agosto de 2011 | 00:46 (actualizado hace 2 días)
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Esto que voy a narrar sucedió el sábado pasado, por la mañana, en el flamante (e inmenso) aeropuerto del Prat de Llobregat, de Barcelona.

En el hall general, a las 10 de la mañana, se amontonan miles de personas. Turistas americanos, ingleses, alemanes, rusos, chinos, holandeses, nigerianos, argentinos, franceses. Por el otro lado, una gran cantidad de catalanes de toda edad y condición. Entre las maletas apiladas yacen desvanecidos algunos viajeros que (como sucede en cualquier diabólico aeropuerto del mundo) esperan una conexión que no llega, o han pasado 24 horas sin dormir. Hace calor. Casi todos se sacan los zapatos y apoyan los pies en algún respaldo o mesada (para combatir la hinchazón, producto de las infinitas horas de vuelo que acumulan en su organismo) de manera que el paisaje es muy variado. Unos duermen, otros comen (pizza o sándwiches o bocadillos de jamón serrano, adquiridos en el Caffé Fiore) otros simplemente charlan o esperan.

Me encuentro en medio de esta multitud.

De pronto se escuchan gritos. Alguien se acerca a mirar, y otros lo imitan. Hay un señor furioso.

El señor es un típico catalán. Con su camisa de señor, sus anteojos de señor, sus mofletes de señor. Adusto, como corresponde a su etnia. Y en este caso, además, muy alto y fuerte. El hombre increpa a un muchacho joven (unos 30 años) vestido con uniforme rojo, que podría ser de maestranza del mismo Aeropuerto, o algo así. El chico es negro.

– ¡Has robado, gamberro! ¡Te he visto robando entre las maletas! ¡Ven aquí!

El hombre toma del brazo al muchacho y lo sacude. El pibe, que es africano, escucha los reproches (porque efectivamente, estaba robando entre las maletas apiladas) como si no entendiera las palabras, y pone cara de ausente. Pero de repente, con un ágil quiebre de cintura, intenta escabullirse. Tironea fuertemente, pero el catalán lo sujeta, cada vez más enojado.

– ¡Te he visto robar, sinvergüenza! ¡Aquí no se roba!

El forcejeo se convierte en riña y la gente se alborota, alrededor.

Una señora, al lado mío, inicia su propia protesta.

– ¡Llamen a la policía! ¡Que venga la policía! Caray… ¿Tanta gente aquí, y no aparece un puto policía?

Algunos se suman al clamor. Hay señoras que se sofocan. El socorro policial tarda muchísimo en llegar.

Finalmente, aparece un grupo de Mossos de Esquadra, que rodea a los contendores y -en medio del emocionante aplauso de la gente- procede a arrestar al negrito.

Mi vecina del hall exclama:

– ¡Es que ese hombre es un abogado! ¡Yo le conozco muy bien! ¡Un abogado de Barcelona!

Comentario típicamente catalán. Ser un abogado, y ser de Barcelona, son condiciones de indiscutible honestidad. En fin, los policías se llevan al negrito y el catalán vuelve a su mesa. Todavía está alterado y habla fuerte, para que lo oigan:

– ¡Collons! Ens roban y non fems res! ¡Prou, cony!

Traducción aproximada: «¡Cojones! ¡Nos roban y no hacemos nada! ¡Ya basta, coño!».

A mí la escena me emociona porque refleja el alma de Catalunya y el momento actual de los ciudadanos europeos. La indignación, el hartazgo, la lucha por salvar una civilización que parece hundirse.

«Para estos milenarios comerciantes y profesionales, devotos del arte, el progreso y la ciencia, no hay cosa más infame que robar. Por eso los admiro y respeto»

Me admira el modo en que los catalanes defienden lo suyo, se cuidan entre sí y protegen sus pueblos y ciudades. Son un pueblo de comerciantes y profesionales. Todo catalán es patrón de un comercio («tenda, botica, negoci») cuando no se dedica al arte o las profesiones liberales. Hay muchos médicos y abogados. Miles de «payeses» (campesinos) pero casi nunca un proletario. No es para ellos. Se dedican a ganar dinero y a progresar. Son buenos en eso. Les pasa un poco lo de los judíos: como tienen éxito en los negocios, los tildan de tacaños e interesados. Me consta que no es así: a los catalanes les gusta pagar bien y a tiempo. Son generosos. Detestan a los vivos, a los pícaros y a los ladrones. No soportan al que roba: creen profundamente en el trabajo y la propiedad privada, que es su consecuencia. Tienen una sola palabra.

Hablando de palabras, hay tres que definen el alma catalana. Una es «seny» (se pronuncia señ) que significa buen juicio, sentido común, realismo. Es difícil de traducirla porque su esencia es estrictamente catalana. Otra es «prou», que significa basta. El catalán tiene un claro sentido del límite. Y la tercera sería «negoci», en el sentido latino, o sea «neg-otium». Es decir: no-ocio. Las cosas que se hacen porque se deben hacer. Sin perder el tiempo. Sin chillidos, ni jactancias, ni salidas de tono. ni panderetas, ni exageraciones. Seriamente. Al estilo catalán.

Cuando veo la forma en que cuidan su cultura, siento envidia porque los comparo con mi ciudad, Buenos Aires, donde abundan las casas usurpadas, las paredes pintarrajeadas con obscenidades y la basura abandonada en la calle. Algunos males, producto de la miseria. Otros, producto del odio: en efecto, tengo la sensación de que hay gente que no ama a este país, sino que lo odia. Y cuando puede lo ensucia, lo denigra, lo insulta. ¿Por qué será?

En la ciudad catalana de Sitges, a la que considero mi segunda patria, las callejuelas se entrecruzan hasta culminar en una bella iglesia románica del siglo XII. Cada una de estas calles tiene un nombre. Este nombre no está impreso en una placa de hojalata, sino que está pintado sobre una cerámica decorada, a unos dos metros de altura. Los nombres de las calles son poemas en sí mismos: «Carrer del Aigua» (calle del agua), «Carrer del Pecado» (calle del pecado), «Carrer de Cuba». La calle principal se denomina «Carrer de les Parellades», y la mayólica incluye la pintura de una carreta, tirada por una yunta de bueyes. Porque eso es una «parellada»: una yunta.

Los muros están impecables. Se me dirá que la ciudad vive del turismo, que a todos los habitantes les conviene mantenerla así, pero lo mismo pasa con Mar del Plata o Necochea, y yo veo paredes manchadas y escritas con aerosol.

Hay un letrero en catalán que se repite prolijamente cada tres o cuatro calles: «Non embruteu les parets, la nettetat es un grand senyal de civilizació». O sea: «No ensucie las paredes, la limpieza es un gran indicio de civilización». Evidentemente, los ciudadanos obedecen a la indicación del Ayuntamiento. Y no manchan, no ensucian, no roban, no admiten la conducta impropia, que ellos llaman «incivil». La libertad de costumbres, el libre albedrío indumentario, son absolutos en toda Catalunya. No es delito andar desnudo por la calle. Los homosexuales son aceptados y respetados. Pero el catalán no acepta el comportamiento grosero. O deshonesto. Eso no. Robar, no. «Aixó, no».

Para estos milenarios comerciantes y profesionales, devotos del arte, el progreso y la ciencia, no hay cosa más infame que robar. Por eso los admiro y respeto.

Pido perdón a mis amigos catalanes de la Argentina si en la versión, que yo chapurreo, de esta lengua orgullosa y tan poco demagógica, he pifiado alguna palabra. Mi «catalanitat» no llega demasiado lejos, pues cuando yo vivía entre ellos, este idioma estaba prohibido por dictado del Generalísimo Franco, y apenas pude aprenderlo «de oído»

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