CASINOS DELIRANTES BAJO TUTELA CHINA Macao, entre el juego y la indisciplina

En los medios de comunicación aparecen continuamente informaciones sobre el macropoyecto ‘EuroVegas’. Se presenta en la mayoría de las ocasiones como una posibilidad de negocio, dejando de lado los muchos inconvenientes que puede llevar. Sin embargo, la sociedad civil no se está quedando callada. Ha surgido la Plataforma EuroVegas No (http://madrid.tomalaplaza.net/2012/03/14/manifiesto-de-la-plataforma-eurovegas-no/) que denuncia los posibles inconvenientes y pide un modelo sostenible de desarrollo. Recuperamos este artículo que publicamos en la edición de septiembre de 2007 sobre el impacto urbanístico de los megacasinos en la isla de Macao.

A la manera de Mónaco en Francia, Macao se extiende construyendo sobre el mar. Al abrigo de las turbulencias chinas, la ciudad que pasó a ser controlada por Pekín en diciembre de 1999 se enfrenta a otras batallas, como la de los propietarios de los casinos venidos de Las Vegas, con proyectos más que gigantescos. Incluso se piensa en alquilarle a China una isla muy cercana. También es un problema en este “infierno del juego” la falta de mano de obra.

Por nuestra enviada especial ANY BOURRIER, periodista.

Cuando el ferry se acerca lentamente al desembarcadero, se percibe un istmo estrecho, rodeado de dos bahías profundas donde los conquistadores portugueses y los culíes chinos construyeron una ciudad mítica denominada Macao. En su origen, la ciudad se llamaba A-Ma-Gao (La Bahía de Ama), en homenaje a una heroína local que, según la leyenda, salvó a centenas de barcos de pesca víctimas de espantosas tormentas, bastante frecuentes en esta región tropical del sur de China.

En esta franja de tierra que recuerda al tallo de una flor, los descendientes de los primeros pescadores, ayudados por los marinos de Lisboa, construyeron una ciudad con dos caras: al borde del mar, torres, casinos, monumentos e incluso una ciudad en miniatura que reproduce pueblos africanos, capitales europeas y casas del sur de Estados Unidos. El Macao de la orilla del mar es una fachada, un decorado de rascacielos y carteles publicitarios, un mal ejemplo de la modernización al estilo chino. Pero el peor defecto de este parque de atracciones de los trópicos es que oculta la segunda cara de la península, una joya soberbia: el viejo Macao, misterioso, indisciplinado y generoso.

La suerte de esta ciudad única hace correr menos tinta que la de Hong Kong. Pero el auge de la ex colonia portuguesa, también convertida en diciembre de 1999 en una Región Administrativa Especial (RAS) de China, es muy parecido: el mismo dinamismo, el mismo éxito, el mismo estatuto basado en el principio “un país, dos sistemas”. Macao goza de independencia en materia fiscal y aduanera, mantiene su moneda, la pataca, ligada al dólar de Hong Kong, aunque la defensa y la política exterior le corresponden a China. En teoría, Pekín le otorga autonomía política a su RAS. Pero en la práctica sus presiones –no siempre sutiles– se hacen sentir.

Desde su retrocesión, este antiguo “infierno del juego”, reino de garitos y casas de empeño, no oculta su ambición de convertirse en la capital mundial de esta actividad tan rentable. Y lo ha logrado. El año pasado, Macao anunció ingresos por 7.200 millones de dólares frente a los 6.600 millones de su rival Las Vegas que, oficialmente, le cedió el primer lugar en abril de 2007. Según la Secretaría de Finanzas de Macao, el impuesto a la facturación del conjunto de los casinos representa ahora el 73,9% del presupuesto del gobierno (1).

Esta península de 24 km2 comenzó a trabajar intensamente a partir de 2002 para lograr esta “proeza”. Algo que, sin embargo, no hubiera sido posible sin dos medidas decisivas tomadas por Pekín. La más importante fue el levantamiento, en octubre de 2003, de las restricciones para los viajes individuales, que confinaban a la mayoría de los chinos en sus ciudades. El año pasado, por ejemplo, se abalanzaron sobre los casinos de Macao doce millones de turistas del continente, generando un aumento excepcional de los ingresos.

Esta medida fue precedida por otra decisión capital: la abolición en 2001 del monopolio de explotación de los casinos que el gobierno portugués le había otorgado al millonario Stanley Ho cuarenta años antes. Esto desencadenó una avalancha de los establecimientos de juego hacia las licencias de explotación, que también atrajo a los grandes nombres de Las Vegas como Wynn, Sands o MGM Mirage, con sus casinos lujosos y sus resorts, que incluyen hoteles, restaurantes y bares. Desde la apertura del complejo Sands en 2004, se multiplicaron las inversiones y aparecieron numerosísimos proyectos. Como el de Wynn, un complejo gigantesco abierto en septiembre de 2006, que tiene un casino con 200 mesas, un hotel de 600 habitaciones, varios restaurantes, etc. Su coste fue de 1.200 millones de dólares.

Pero es evidente que estos casinos desmesurados no bastan. Macao mira más lejos y quiere ganar terrenos construyendo sobre las aguas del Mar de China. El mejor ejemplo es el megaproyecto de Cotai, una contracción del nombre de las islas Coloane y Taipa, situado frente a la península, sobre el estuario del Río de las Perlas. En este lugar, una franja de tierra ganada al mar alberga una explanada artificial de 4,7 km2. Allí crecen como hongos centros comerciales, hoteles e incluso un estadio. El millonario Sheldon Adelson construye sobre este terreno una réplica gigante de su famoso Venetian de Las Vegas, una delirante imitación de Venecia, con canales, góndolas y el Palacio de los Dogos. El Venetial Cotai Resort Casino será el más grande del mundo, con 740 mesas de juego disponibles. Un hotel de 3.000 suites formará parte del conjunto, cuyo coste se estima en 2.300 millones de dólares (2).

Actualmente funcionan catorce casinos durante las veinticuatro horas, sobre el mar o sobre la tierra, lo que permite a grupos de jugadores, menos ruidosos de lo que se podría imaginar, apostar sin interrupción dentro de salas totalmente cerradas, donde las luces de neón funcionan continuamente. Puede verse allí a una clientela joven, popular y menos estirada que los clientes tradicionales de los casinos locales. Porque el juego ha cambiado de naturaleza, tal como lo constata Eric Sautedé, investigador del Instituto Ricci y jefe de redacción de la revista macaense Chinese Cross Currents: “La apertura hacia las licencias estadounidenses ha cambiado completamente el panorama de la industria del juego en Macao. Hemos entrado en la era del juego masivo. Antes, las ganancias se lograban a costa de los grandes jugadores, una pequeña parte de la población que se escondía en salas privadas, donde las primeras apuestas rozaban los 100.000 euros. Hoy se juegan, en grupo, sumas más pequeñas, abiertamente y sin respiro. Este cambio le da a Macao una proyección más importante y le permite desarrollar otras actividades, como el turismo de negocios”.

Efectivamente, la llegada de los gigantes estadounidenses permitió reducir el impacto de las loterías clandestinas y de las salas de juego disimuladas, garantizándole al Gobierno un control más estricto de estas actividades. El modelo de los casinos de Las Vegas, que se mezclan en un marco de entretenimientos y diversiones refinadas y familiares, se adapta perfectamente a la nueva ambición macaense. Ahora, las autoridades ya no desean dirigirse exclusivamente a los jugadores patológicos sino a una clientela ocasional, cuyo propósito es apostar algunas monedas entre el shopping de la mañana y el espectáculo de travestis de la noche.

El fenomenal crecimiento de Macao está generando interrogantes, especialmente sobre su capacidad de adaptación a un cambio tan brusco. Es cierto que nadie podía anticipar lo que iba a pasar y que todo el mundo se dejó embriagar por la euforia. Pero los problemas se acumulan y el gobierno tarda en reaccionar. La primera dificultad proviene de la escasez de mano de obra. Macao, donde viven 456.000 personas, necesita 200.000 trabajadores suplementarios para sus nuevos casinos. Como no está autorizada la importación de mano de obra del continente, se corre el riesgo de paralizar las obras a menos que se adopte un sistema que Eric Sautedé denomina “inmigración pendular”, es decir, “personas que vivirían del otro lado de la frontera y a las que sólo se autorizaría a permanecer en el territorio durante el periodo de trabajo, como ocurría en Macao en los siglos XVI y XVII”.

Pero Pekín no desea ver a la RAS convertida en un polo de atracción para esos millones de emigrantes que vienen de las provincias del oeste de China, buscando un empleo en el sur. Esos obreros ya no estarían sometidos a las leyes chinas sino a las de Macao, ya que el gobierno central se comprometió a mantener el sistema jurídico que existió en la antigua colonia portuguesa durante cincuenta años. El desfase sería terrible.

Otro desafío para la Administración de la RAS es el de la especulación inmobiliaria, que ha transformado este viejo pueblo adormecido de pescadores en una ciudad trepidante cuya evolución, en los últimos cuatro años, no hubiera podido hacerse en otra parte en menos de una década. Para crear esos grandes complejos, la RAS necesita espacio. En consecuencia, los precios de los terrenos y de los alquileres han pegado saltos comparables a los beneficios de los casinos.

La especulación inmobiliaria ha desalojado a una parte de la población, que abandonó los viejos edificios después de recibir una muy pequeña indemnización. Para los macaenses habituados a vivir desde hace siglos al borde del mar, estos cambios constituyeron un verdadero desgarramiento. Algunas familias fueron obligadas a comprar una nueva vivienda a precios que se triplicaron en cuatro años. El gobierno trata de encontrar una solución a estas dificultades construyendo viviendas sociales, pero a distancias cada vez un poco mayores –de quince a treinta kilómetros–, como ocurre con los monoblocs de Taipa, construidos estos últimos años. Para paliar la escasez de terrenos, las autoridades locales le propusieron a Pekín alquilar por un largo periodo la isla de Heng Qin, situada al oeste de Macao, bastante cerca de la costa china y por el momento deshabitada.

“Las consecuencias del boom de los casinos tienen para la población efectos contrapuestos –explica la socióloga Emilie Tran, profesora de la Universidad de Macao–. Desde el punto de vista estrictamente económico, es evidente que la llegada de los establecimientos de juego estadounidenses ha provocado un incremento de la riqueza. También es evidente que los residentes tienen ahora más oportunidades para encontrar un empleo que hace cinco años. Con el aumento del poder de compra, hoy tenemos en Macao una mejor calidad de vida. La oferta del gobierno en el sector de los servicios sociales ha aumentado considerablemente: la educación es gratuita, hasta la universitaria; los servicios de salud también lo son, incluso podrían clasificarse entre los mejores de toda Asia”.

Esta antigua factoría colonial atareada y noctámbula siempre tuvo una imagen demoníaca: mafias, prostitución y economía paralela. La llegada de los magnates estadounidenses del juego no ha cambiado mucho las cosas. “La economía sumergida sigue siendo muy importante –asegura la señora Tran–. Recientemente hemos asistido al escándalo del Banco Delta Asia, al que se le prohibió funcionar desde que el gobierno estadounidense lo acusó de tener cuentas personales de los dirigentes norcoreanos y de servir de pantalla para el tráfico de armas (3). Pero eso no es todo: también hay tráfico de drogas, importación irregular de trabajadores extranjeros y, entre ellos, jóvenes chinas reclutadas en las provincias más recónditas donde hay una alta tasa de desempleo. Los traficantes les prometen un empleo interesante en los casinos pero, desde su llegada a Macao, les confiscan a esas jóvenes campesinas el pasaporte y las obligan a prostituirse para pagar el derecho de entrada”.

Para mejorar su imagen, la RAS apuesta por los grandes acontecimientos deportivos, como la organización de un gran premio automovilístico y el turismo de negocios, apoyado por la programación de una importante cantidad de ferias y de exposiciones anuales. Desde este punto de vista, el hecho de haber decretado a 2007 como el “año del patrimonio” ha permitido poner el acento sobre la herencia cultural del territorio, con el fin de probar que posee otras riquezas, además de los casinos y de sus flamantes rascacielos.

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