CARLOS V, UN EMPERADOR PISCIS

Dicen los especialistas en Astrología que las personas nacidas bajo el signo de Agua-Cáncer, Escorpio, Piscis – son difíciles de comprender y, por lo mismo, de describir. Carlos V, del que ya tanto se ha escrito y hablado en este año del V Centenario, vino a este mundo el 24 de Febrero, cuando el Sol pasaba por la constelación de Piscis y la Naturaleza procede a un trabajo invisible que prepara la llegada de la Primavera. Los astros, al marcar el orden del cielo con su ritmo regular, ritman también los latidos del corazón de los hombres y, es curioso observar cómo esta figura apasionante, una de las más grandes de nuestra historia, encaja con sus características más definidas en el tipo de personalidad de los nacidos bajo el signo de Piscis.

INFANCIA Y MADUREZ

Su vida ciertamente no fue en ningún momento fácil. Si al pequeño Carlos de Gante lo hubieran sometido a una revisión psicométrica, a uno de esos tests que hoy en día se aplican a nuestros hijos en el colegio, poco menos que hubiera sido desechado por inútil o, al menos, como problemático o atrasado, inepto para los idiomas y negado para las matemáticas. Suerte que aún no había comenzado esa manía de cuantificarlo y encasillarlo todo. Nadie hubiera tenido en cuenta el despertar de esa fuerza aún dormida, escondida y misteriosa, asociada astrológicamente al carácter vital del Agua, que tienen los que vienen al mundo bajo estos signos.

El piscis, aunque de pequeño se muestre torpe o despistado, es más fuerte y sabio de lo que aparenta, sueña con conquistar el mundo, que concibe como un gran escenario donde demostrar sus capacidades; y al futuro Emperador, el conocimiento de sus propias virtudes le daba seguridad a la hora de actuar.

Si le costó aprender idiomas, su excelente francés le sirvió de sobra para hacerse entender por todo el mundo y expresarse como uno de los pensadores de mente más clara y ordenada de su tiempo. Y si fracasaba en las matemáticas -también se equivocaba Einstein en la pizarra, otro Piscis característico, no lo olvidemos-, debió ser culpa de sus profesores, como tantas veces desgraciadamente ocurre, que no supieron hacérselas lo suficientemente atractivas para un niño, pues cuando necesitó hacer cálculos para sus numerosas batallas, las aprendió rápidamente junto a su compañero y buen amigo Francisco de Borja, que era un apasionado matemático. Carlos tenia para los números un conocimiento más intuitivo que racional y por eso fue un magnífico estratega. Tenía una gran capacidad para abarcar el conocimiento humano y una madurez poco común para tratar con la gente, aunque para esto le ayudó en gran medida su maravillosa esposa Isabel, nacida también bajo un signo de Agua como veremos más adelante.

Carlos fue uno de esos niños sensibles e indecisos, un poco tardíos en el desarrollo de sus facultades que, de pronto, sorprenden a todos con su despertar, desmintiendo las predicciones de los más negativos agoreros. Su impaciente abuelo Maximiliano, más preocupado por su educación física que por la psicológica e intelectual, se desesperaba con la aparente apatía y aspecto bonachón de su nieto, pero en realidad no hizo nada por ayudarle. Fue su tía Margarita, la infortunada viuda del príncipe Juan de Castilla, la que -intuyendo las capacidades del niño- se preocupó de su educación durante la difícil infancia y adolescencia del futuro Emperador. Con infinito cariño y autoridad maternal -su madre, Doña Juana, loca de amor por su marido Felipe el Hermoso, ya estaba perturbada al nacer el pequeño y su padre murió seis años después-, fue quitándole al sobrino huérfano sus miedos infantiles y su aislamiento, descubriendo poco a poco al caballero idealista y responsable, generoso y comprometido que luego fue. Apasionado por el arte y por la vida, impetuoso, enérgico y seguro de sí mismo, pero también muy emotivo y sensible, poseía un delicado sentido de la belleza que le llevó a ser un gran protector de todas las manifestaciones artísticas. Estaba también dispuesto siempre a defender su fe y sus convicciones por encima de los intereses políticos, y era capaz de montar en cólera y plantar cara al rey de Francia o a Solimán el Magnífico, ya fuera con la venia o sin la venia del Santo Padre, a pesar de su aspecto afable y conciliador.

LA EMPERATRIZ ISABEL

Su esposa, la princesa Isabel de Portugal, señalada por las crónicas como «una de las más acabadas y santas mujeres que había en el mundo, hermosa de todo punto en el cuerpo y en el alma, había nacido en Lisboa el 25 de Octubre de 1503, tres años después que Carlos. Los nacidos bajo el signo de Escorpio son personas independientes, tímidas y voluntariosas, de una gran energía y poder interno de renovación. Aparentemente reservadas y flemáticas, poseen una gran fuerza interior y una voluntad firme, cualidades en las que Isabel coincidía enteramente con Carlos. De ojos azules y pelo rubio, muy femenina e inteligente, esposa maravillosa y madre ejemplar, no es de extrañar que conquistara el corazón de su esposo desde el primer momento y que su mutuo amor perdurara de por vida.

Tiziano la retrató tres veces por encargo del Emperador, sin haber llegado a verla nunca, pues cuando le hizo el primero de ellos ya hacia cuatro años que la Emperatriz había muerto, pero supo captar toda la belleza y vitalidad de sus ojos, inmortalizando la melancólica dulzura de su expresión. Carlos, que había viajado a Italia para entrevistarse con el papa Paulo III, entregó al pintor un pequeño retrato de Isabel que llevaba siempre consigo, y con esto y las apasionadas descripciones que escuchó de labios del enamorado esposo, hizo Tiziano el extraordinario retrato que hoy podemos admirar en el museo del Prado y que Carlos se llevaría a Yuste para poderlo seguir contemplando en su retiro.

PISCIS-ESCORPIO, UNA PAREJA IDEAL

Hay una curiosa semejanza en los ojos, en las miradas de Carlos y de Isabel en los retratos de Tiziano y, si bien hay que tener en cuenta que eran primos hermanos, no es sólo la similitud que sería normal por los lazos de sangre, sino más bien por su carácter y ese ser interior que se asoma a los ojos y refleja toda la nobleza encerrada en la propia alma de los personajes. A diferencia de los retratos de sus contemporáneos Francisco I o Enrique VIII, que revelan en su mirada vanidad y egolatría, los ojos de Carlos reflejan melancolía y tristeza, como los de Isabel una inmensa dulzura. Fueron muy pocos los años de felicidad de la pareja de 1523 al 1536, sólo trece difíciles años en los que su amor los mantuvo íntimamente unidos por encima de las continuas separaciones y el peso de los grandes problemas que hicieron envejecer prematuramente a Carlos y morir, tras haber sufrido cinco partos y a consecuencia del último de ellos, a Isabel, pero durante todo este tiempo ella fue para su esposo un puerto seguro donde encontrar la paz y el reposo. No olvidemos que Escorpio es un signo fijo, frente a la dualidad de Piscis. A su vez Carlos supuso para ella la estabilidad y el apoyo moral que necesitaba para sobrevivir en la corte de Castilla, gobernando durante las ausencias del Rey. El supuestamente triste y taciturno Emperador sabía encontrar junto a su esposa el lado bueno de la vida y gozaba con su sentido del humor. No era raro verlos sonreír en medio de las mayores solemnidades, entrecruzando sus miradas cómplices al observar cualquier detalle imprevisto que nunca escapaba a sus observadores ojos.

España se estremeció ante la muerte de aquella joven y extraordinaria mujer de la que todos estaban un poco enamorados, y a la tambaleante nave europea comenzó a fallarle la mano de su timonel que, abrumado de tanto dolor, pasó de la juventud a una vejez prematura.

«Mi vida fue un largo viaje», dejó escrito el Emperador en sus Memorias. Un extenso y extraordinario viaje repleto de experiencias, desde la humilde cámara de alumbramiento de su madre en Gante hasta el más alto trono de un Imperio; desde el máximo poder que haya podido ambicionar un hombre hasta la austera soledad de un convento de Jerónimos en Yuste, un pueblo perdido de Extremadura, al otro extremo del mundo. Pero su retirada no fue la de un ser derrotado o egoísta, que renuncia al compromiso y se queda con el honor. El Emperador dio la orden de que su nombre fuera retirado del canon de las misas «porque ahora -decía- ya no soy nadie. El nombre de Carlos basta ya para mí».

Un ejemplo más de la humildad y la sabiduría de los grandes hombres que entregan su vida al servicio de sus ideales con absoluta coherencia y generosidad.

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