Borges y los tres mosqueteros

Herederos del futurismo, los ultraístas argentinos -cuya figura más emblemática fue Eduardo González Lanuza-, defendieron sus puntos de vista a través de emprendimientos culturales como las revistas Prisma y Proa.
Cuando Borges vuelve a Buenos Aires, en 1921, de su primer y prolongada estadía en Europa, trae en sus alforjas las propuestas poéticas del ultraísmo español y su metodología de difusión a través de las revistas literarias. Para poder materializar las primeras, formó un grupo reducido de adherentes que funcionó hasta la siguiente partida, en 1923, y creó dos revistas, la mural Prisma y Proa primera época. Algunos de sus cofrades de esa época han sido completamente olvidados o eclipsados por la gloria del autor de Fervor de Buenos Aires. El prisma de González Lanuza Podría haber representado la conexión cántabra de la vanguardia rioplatense porque nació en Santander en 1900 pero, aunque publicó alguna colaboración en revistas españolas, posiblemente lo hizo a través de Borges o de Guillermo de Torre, ya que él no volvió a su tierra de origen sino hasta después de cumplir la media centuria. Eduardo González Lanuza ocupó durante toda su vida profesional posiciones de cierta jerarquía en una gran empresa, la Cervecería Quilmes, y seguramente recibía un salario acorde con sus responsabilidades que le hubiera permitido viajar a Europa; por otra parte, aunque se manifestaba políticamente de izquierda, no tenía cuentas pendientes con el régimen franquista, porque tenía nueve años cuando su familia emigró. Por ello su prolongada ausencia de España debe relacionarse con nebulosas cuestiones familiares nunca aclaradas, las mismas que provocaron la emigración en pleno de la rama paterna, es decir de los González, que es parcialmente narrada en su libro Cuando el ayer era mañana1. Este compañero de Borges en las gestas ultraístas que llegó a ser miembro de la Academia Argentina de Letras, dedica casi todo su primer libro de Memorias2 a describir su infancia en Santander, capital de Cantabria, de donde emigró hacia la Argentina con toda su familia, incluido su abuelo viudo. Su niñez aparece enmarcada en una enorme casa familiar en el centro de Santander, plagada de sirvientes entre los que se cuentan niñeras, amas de leche, mucamas y hasta un chocolatero que iba periódicamente a preparar, in situ, las barras que se usarían para disolver.

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