BOKO HARAM, UNA SECTA QUE CRECE Violencia y frustración en Nigeria

Dividida entre el Norte musulmán y el Sur cristiano, la más cruda fragmentación de Nigeria está dada en realidad por la extrema pobreza. Moldeado por ella, el grupo religioso Boko Haram, está sumergiendo cada vez más a este país africano en el caos.

menudo calificada de “democrazy” (democracia loca) debido a la agitación social y cultural que la caracteriza (1), Nigeria creó un monstruo: Boko Haram. En sus comienzos, hace doce años, era apenas un movimiento religioso contestatario que intentaba llenar el vacío creado por la incuria de los partidos progresistas. Pero los doctores Frankenstein del gobierno terminaron transformando esta secta en un objetivo geopolítico, principio activo de un ciclo de ataques y represalias tan espectacular como asesino.
En efecto, los aparatos políticos –desde el Partido Democrático del Pueblo (People’s Democratic Party, PDP) en el poder, hasta la oposición nordista, el Partido de Todos los Pueblos de Nigeria (All Nigeria People’s Party, ANPP)– y los sectores militares-securitarios que asesoran al presidente Goodluck Jonathan contribuyeron a radicalizar la secta nacida en el nordeste del país a comienzos de los años 2000. Ferozmente reprimida, la Jama’atu Ahlul Sunna Lidda’awati Wal Jihad (Comunidad de Discípulos para la Propagación de la Guerra Santa y el Islam) es conocida actualmente por sus iniciales: BH, por Boko Haram –“book” en pidgin english, y “prohibido” en árabe, expresión que significa rechazo a una enseñanza pervertida por la occidentalización–. Entre julio de 2009 y comienzos de febrero de 2011, la secta reivindicó ciento sesenta y cuatro ataques, atentados suicidas, ejecuciones y atracos perpetrados incluso en el corazón de la capital federal, Abuja; novecientas treinta y cinco personas fueron asesinadas, en su gran mayoría nigerianos de confesión musulmana.
La notoriedad de Boko Haram no escapa ni a los miembros de Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) ni a los shebab (combatientes islamistas) de Somalia. Tomada por sorpresa, la prensa internacional se pregunta, a veces al precio de simplificar el problema (2), si el gigante nigeriano de ciento sesenta millones de habitantes no se dirige hacia una división entre el Norte musulmán y el Sur cristiano.
Pero esto implicaría olvidar que la verdadera fractura en este país, donde más del 60% de la población vive con menos de dos dólares por día, sigue siendo la extrema pobreza. Los doce Estados que conforman el cinturón norte de la federación –en las fronteras de Níger, Chad y Camerún– siguen siendo los menos desarrollados del país. Las desigualdades con el Sur se han acentuado incluso desde el retorno a la presidencia de un civil, el ex general Olusegun Obasanjo, en 1999, tras cinco años de dictadura del general Sani Abacha.
En el Estado de Borno, donde los yusufiyas de Boko Haram –por el nombre de su fallecido jefe espiritual, Ustaz Muhammad Yusuf– comenzaron su sangrienta deriva, tres cuartas partes de la población vive bajo la línea de pobreza. Un récord en el país. Sólo el 2% de los niños menores de quince meses están vacunados. El acceso a la educación resulta también muy limitado: el 83% de los jóvenes son analfabetos; el 48,5% de los niños en edad de escolarización no lo están. Y el 34,8% de los musulmanes de 4 a 16 años nunca fueron a la escuela, ni siquiera a una escuela coránica: “numerosos factores que tornan a la población particularmente vulnerable a las influencias negativas, entre ellas la violencia” (3).
Muhammad Yusuf comenzó a hacerse conocido a comienzos de los años 2000. Tenía entonces 30 años y predicaba en el pueblo, en su Estado natal de Yobe, vecino al de Borno. Se destacaba entre las decenas de miles de predicadores itinerantes, guardianes de una tradición “quietista” que preconiza una actitud de reserva, que arengan a las multitudes en los mercados de las grandes ciudades. Se oponía a los fieles de otro musulmán nigeriano, Abubakar Gumi, fallecido en 1992, e ideólogo del movimiento neo-hanbalita Yan Izala (4). Se serenó tras la instauración de la sharia a partir del año 2000 en los Estados del Norte, uno de sus principales reclamos. Había aceptado incluso unirse a las comisiones oficiales encargadas de la aplicación de la ley islámica en esas regiones. Pero la instauración de la sharia resultaba menos religiosa que política, lo que generó la burla o la reprobación de las poblaciones. En efecto, los círculos político-militares del norte la convirtieron sobre todo en un instrumento de presión en su pulseada con el poder central. La zakkat (5) –uno de los cinco pilares del islam– tampoco se aplica.

Una policía ultraviolenta

Yusuf, quien estudió teología en la Universidad de Medina en Arabia Saudita, se inspiró en las prédicas intolerantes del egipcio Shukri Mustafa, basadas en la excomunión y el exilio, y profería violentas críticas contra las autoridades de Abuja. Para él, la aplicación estricta de la ley islámica expresaba un ideal de justicia conforme a los preceptos del Profeta. Rechazaba además la educación pública “pervertida por la occidentalización”, la participación en las elecciones, así como las marcas líderes de la industria agroalimentaria nigeriana –desde los caldos Maggi hasta los sachets de leche Dairy Milk–. Este rechazo a la “modernidad” no le impidió a algunos asesinos de Boko Haram utilizar motocicletas para ir a ejecutar adeptos a Izala, conocido por sus simpatías salafistas, así como a algunas figuras de las cofradías sufíes Tidjaniya y Qadiriya.
A comienzos de los años 80, el Norte de Nigeria ya había vivido otras escaladas de violencia ligadas al enfrentamiento de sectas musulmanas “antioccidentales”. El movimiento Maitatsine, que prohibía hasta el uso de relojes, había invadido así las calles de Maiduguri y Kaduna. La feroz represión militar de sus fieles atrincherados cerca del mercado de Kano –la gran megalópolis del Norte– causó más de tres mil muertos en febrero de 2012.
En otoño de 2003, la “ciudad celestial” de Yusuf, implantada en Kanama en el Yobe profundo, había sido atacada por la policía del Estado. Varios fieles fueron asesinados. El 22 de diciembre de 2003, Boko Haram lanzó sus primeras ofensivas contra las fuerzas de seguridad, y luego se replegó en Maiduguri, la capital del Estado de Borno, donde había militado discretamente para la elección, en abril de 2003, de su nuevo gobernador, Ali Moddu Sheriff. En efecto, este último había prometido una aplicación más estricta de la sharia. No bien fue elegido, Sheriff designó a un miembro histórico de Boko Haram a la cabeza del flamante Ministerio de Asuntos Religiosos: Buju Foi. La secta instaló en Maiduguri una mezquita y una escuela. Estos establecimientos atrajeron rápidamente a los jóvenes desocupados de los barrios pobres, a los estudiantes desclasados de los campus universitarios, así como a funcionarios empobrecidos. Detrás de la religión, el mismo profundo resentimiento animaba a estas poblaciones que se consideran abandonadas por las élites del Norte, el poder central, los policías federales, corruptos y brutales.
En octubre de 2004, miembros de Boko Haram atacaron un convoy de sesenta policías cerca de Kala Balge, en la frontera de Chad. Doce agentes, tomados como rehenes, perdieron la vida allí. En Abuja, el servicio de inteligencia de Nigeria (State Security Service, SSS) comenzó a preocuparse. Pero el presidente Obasanjo tenía otras prioridades: la insurrección en el delta del Níger, donde bandas de jóvenes atacaban los pozos de petróleo (6). Detenido por el SSS, Yusuf fue trasladado a Abuja antes de ser finalmente liberado…
En abril de 2007, Obasanjo fue sucedido por el musulmán Umaru Yar Adua. En Maiduguri, Boko Haram apoyó en adelante al candidato de la mayoría, Kashim Ibrahim Imam. Pero luego de una campaña marcada por varios asesinatos políticos, Sheriff fue reelecto. Cuatro años después de haber utilizado la secta para adueñarse del poder, le declaró la guerra. En junio de 2009, quince fieles en motocicletas fueron asesinados por la policía del Estado que les reprochaba no llevar cascos. Las víctimas asistían al entierro de uno de sus compañeros abatidos por esas mismas fuerzas del orden unos días antes. Yusuf anunció su venganza a través de internet. El 26 de julio, Boko Haram lanzó una gran ofensiva en cuatro Estados del Norte, atacando bancos y comisarías. La policía y el ejército federales respondieron: más de ochocientos muertos, sin duda cientos de ejecuciones extrajudiciales, entre ellas, la del propio Yusuf. Las imágenes de su asesinato recorrieron internet y radicalizaron la secta. Hasta ahora, no se designó ninguna comisión de investigación gubernamental para esclarecer los sangrientos acontecimientos de julio de 2009.

¿Complicidades en el seno del poder?

Unos meses antes, en Bauchi, Boko Haram había atacado una prisión y liberado a más de setecientos hombres, entre ellos, un centenar de sus fieles. Actualmente, la secta se propaga más allá de su territorio histórico, llegando al centro del país: desde el comienzo del año 2000, la ciudad constituye el epicentro de violentos enfrentamientos confesionales que tienen como telón de fondo batallas políticas destinadas a apoderarse del control del Estado de la Meseta (7).
Boko Haram ya no tiene un comando central, sino una shura (un Consejo), integrado sin duda por una decena de hombres. Se basa en dos células principales. Dirigido por el lugarteniente de Yusuf, Abubakar Shekau, el “canal histórico” concentra sus operaciones en policías, dirigentes políticos e imanes que “mienten y se esconden tras del manto de la religión” (8); se financia atacando bancos que practican la usura, y probablemente negociando momentos de tregua. En cuanto a la célula internacionalista, que agrupa a cuadros refugiados en el extranjero tras la represión de julio de 2009, estaría dirigida por Mamman Nur, ligado al yihadismo mundial. A él se debe el cambio en el modus operandi y los blancos de la secta: el atentado suicida –algo nuevo en la historia de Nigeria– contra un edificio de Naciones Unidas, el 23 de agosto de 2011 en Abuja. Los hombres de Nur serían también los artífices de la campaña de atentados contra lugares de culto cristiano, como el extremadamente simbólico perpetrado el 25 de diciembre de 2011 en Madalla, en los alrededores de Abuja. El 20 de enero de 2012, Boko Harma atacó Kano, capital del Estado del mismo nombre al norte del país. Se lanzaron ocho asaltos coordinados contra puestos de policía y oficinas de la SSS. Coches bomba y asesinos disfrazados de policías causaron más de ciento ochenta muertos.
Pero, ¿por qué golpear de manera tan violenta en el corazón de las regiones musulmanas, con el riesgo de aterrorizar y distanciarse de sus poblaciones? En Kano, el representante local de la secta, Abubakar Shekau, gozaba en efecto de una verdadera simpatía en los barrios populares. Podía también contar con el ex gobernador del Estado, Ibrahim Shekarau, derrotado en las elecciones generales de 2011. A menos que esta estrategia de tensión –que actualmente concita la atención del Departamento de Estado estadounidense y su listado de organizaciones terroristas– beneficie a otros actores. “El mayor motivo de preocupación –señala así el investigador Morten Boos– atañe a los rumores que dan cuenta de la colusión entre Boko Haram y algunos subalternos de la política y el aparato de Estado. Hasta el momento no hay ninguna prueba, pero esto debe verse más bien como una nueva señal de los medios que algunos están dispuestos a utilizar para obtener poder y riqueza” (9).

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