BIRMANIA ENTRE LA REFORMA Y LA REPRESIÓN

Es la hora mágica en Yangón -la anterior Rangún-, cuando los últimos rayos del sol, ahora más suaves y frescos, bañan el centro que se desmorona con un resplandor dorado. Niños que ríen corren a comprar jugo de caña fresco. Mujeres con las mejillas untadas de una pasta hecha de corteza ?el bloqueador solar birmano? regatean con un pescadero. En la calle, hombres panzones en camisetas y longyis, el sarong birmano tradicional, se sientan en las aceras a masticar puñados rojos de nuez de areca.

Myanmar es una tierra de sombras, un lugar en donde hasta la pregunta más inocente parece cargada de una intención oculta. Durante el último medio siglo esta nación de 50 millones de habitantes, en gran parte budistas, se ha conformado por el poder -y la paranoia+ de sus líderes militares. El tatmadaw, como se conoce a la milicia nacional, era la única institución capaz de imponer su autoridad a un país fracturado en los albores de su independencia de Gran Bretaña. Lo hizo, en parte, llevando a Myanmar a un aislamiento aterrador, del que apenas empieza a salir.

Este aislamiento, acentuado por dos décadas de sanciones económicas de Occidente, quizá haya preservado la imagen nostálgica de Myanmar como un país congelado en el tiempo, con sus lagos cubiertos por niebla, templos antiguos y una mezcla de culturas tradicionales que el mundo moderno no ha contaminado; pero también ayudó a acelerar la decadencia de lo que alguna vez se conoció como «la joya de Asia».

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