Biocombustibles de microalgas

Un enorme potencial se enfrenta a multitud de desafíos científicos, ambientales y económicos.

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La presión para hallar alternativas a los combustibles fósiles moviliza a científicos y empresarios de todo el mundo hasta niveles insospechados. Cada vez más, a los consumidores se les está impulsando a imaginar un futuro en el que, además de la gasolina o el diésel, serán los biocombustibles, la electricidad de origen eólico o solar y acaso el hidrógeno los que alimentarán sus máquinas y vehículos. Aunque en EE.UU., el etanol (en su mayoría, procedente de maíz) ya reemplaza al diez por ciento de la gasolina, un abastecimiento suficiente de biocombustibles solo llegará cuando dispongamos de una oferta variada de diferentes tipos de biomasa.
El año pasado, los departamentos de Energía y Agricultura estadounidenses actualizaron el informe de 2005 conocido como «estudio de los mil millones de toneladas». Dicha revisión concluye que, en EE.UU., la cantidad máxima de biomasa terrestre (residuos agrícolas y forestales, desechos urbanos sólidos y cultivos energéticos, como el miscanto o el pasto varilla) que puede obtenerse para la producción de biocombustibles, bioenergía y otros productos biológicos no supera los 1600 millones de toneladas anuales. Si tenemos en cuenta los límites teóricos sobre la fermentación de la biomasa y el contenido energético del etanol, dicha previsión implica una producción de no más de 365.000 millones de litros de biocombustible al año. Dado que en EE.UU. se consumen anualmente unos 530.000 millones de litros de gasolina, 150.000 millones de litros de diésel para locomoción y 75.000 millones de litros de combustible para aviones (todos ellos derivados del petróleo), podemos concluir que los biocombustibles de origen terrestre jamás cubrirán esa demanda. En el Laboratorio Nacional de Energías Renovables (NREL) ya habíamos llegado a la misma conclusión cuando se publicó el estudio original. Eso nos animó a relanzar el Programa de Especies Acuáticas, que desde 1978 hasta 1996 había sido financiado por el Departamento de Energía, con miras a evaluar el potencial de los biocombustibles derivados de algas.

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