Biocarburantes celulósicos

Los residuos agrícolas, la madera y las gramíneas de crecimiento rápido se transforman en una enorme variedad de biocombustibles, incluso carburantes para reactores. Para que los nuevos carburantes se generalicen, su precio habrá de competir con el del.

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Debería ya estar claro que habría que salir de la esfera del petróleo. La dependencia del crudo entraña riesgos intolerables para la seguridad nacional, económica o ambiental. Pero la civilización no se detiene: es preciso descubrir un nuevo agente capaz de propulsar la flota mundial de vehículos. Los biocarburantes celulósicos –combustibles líquidos derivados de partes no comestibles de las planta–— ofrecen, a corto plazo, la alternativa al petróleo de mayor atractivo ambiental y viabilidad técnica.
Se pueden destilar biocarburantes a partir de cualquier cosa que sea, o alguna vez haya sido, vegetal. Los de la primera generación proceden de la biomasa comestible, principalmente maíz y soja (en EE.UU.), caña de azúcar (en Brasil) y remolacha y cereales (en Europa). Son los frutos más a mano en una selva de potenciales biocombustibles, dado que ya se domina la técnica necesaria (sólo en EE.UU. 180 refinerías obtienen hoy etanol a partir del maíz). Con todo, estos biocombustibles no son una solución duradera. Con el terreno cultivable existente sólo podrían producirse biocarburantes para cubrir el 10 por ciento de las necesidades de combustible líquido de los países desarrollados.

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