Benjamin Franklin, el precursor

Parece absurdo afirmar que Benjamin Franklin haya sido el padre del género de autoayuda en los Estados Unidos –por lo menos de la rama más dura–, pero es irrefutablemente así. En su autobiografía La vida privada de Benjamin Franklin , publicada en 1793, describe una leve crisis personal que lo llevó a armar un programa de autosuperación. Consistía, primero, en señalar sus faltas morales; segundo, en identificar las virtudes que quería adoptar y perfeccionar; y por último, armar un programa sistemático para eliminar sus fallas mediante la práctica consciente de las virtudes. Eligió trece: templanza, silencio, orden, determinación, frugalidad, diligencia, sinceridad, justicia, moderación, limpieza, tranquilidad, castidad y humildad.

No pretendía ser un santo ni ejercer todos estos valores a la vez, pero sí tenerlos como metas prácticas y concentrarse en vivir guiado por uno de ellos cada semana. De esa manera, a través de los años, fue cambiando sus hábitos. Franklin entendía que cada uno de estos valores se complementa. Para vigilarse a sí mismo armó una grilla con las virtudes en el eje vertical y los días de la semana en el horizontal. Al final de cada día hacía una marca para cada una de sus faltas en cada categoría (aunque cada semana –recuerden– el enfoque era en sólo una). Al mismo tiempo, para complementar este programa de reprogramación moral, armó un estricto cronograma de actividades diarias.

En su autobiografía cuenta que al comenzar con este plan se sorprendió al ver que tenía muchas más faltas de lo que se imaginaba, pero que –por otro lado– le dio satisfacción ver cómo iban disminuyendo con el tiempo. Fue fiel al programa por años, siempre observando sus faltas y buscando eliminarlas. Nunca se iba de viaje sin su libreta de grillas.

Lo que hasta el día de hoy une la Autobiografía de Franklin con el género de autoayuda en su mejor expresión, es la fe en la posibilidad de la autosuperación, por un lado, y un programa sistemático –basado en datos duros y de estricto seguimiento– para lograr unas metas específicas, por el otro. Libros como How to gain control of your time and your life (Alan Lakein, 1974), The Seven Habits of Highly Successful People (Stephen R. Covey, 1989) y Getting Things Done (David Allen, 2002) –cada uno un éxito de ventas pero, más importante, una emblema de su momento cultural– siguen el mismo formato de Franklin: identificar un problema, diseñar un escenario alternativo deseado, y finalmente armar un programa sistemático para implementar el cambio.

El elemento clave siempre es el reconocimiento de que estamos hechos por nuestros hábitos. Si hay un problema de nuestro carácter, es solucionable porque está construido por nuestros hábitos. La autoayuda de la escuela de Franklin –por decirlo así– obliga al sujeto a mirarse a sí mismo con un ojo científico, casi tayloriano . Esta actitud puede parecer impersonal y fría, pero su meta final es la suprema abstracción humana: la felicidad. Lo que logra es hacer de la felicidad una meta factible y una responsabilidad de uno mismo. No se trata simplemente de tener buenos pensamientos o de echarle la culpa al entorno. Tampoco se respalda en lo supernatural o lo pseudo-científico. Dice que somos lo que hacemos, por lo tanto, si queremos cambiar lo que somos, lo que tenemos que hacer es cambiar lo que hacemos. Y eso lejos de ser una meta abstracta puede ser un procedimiento pragmático y mensurable. Sólo se puede determinar si un programa funciona o no si hay confiables mediciones sobre su progreso.

A pesar de todo, la autoayuda no suele tener una buena reputación. Un “intelectual” no confesaría leer títulos de este género como tampoco que lee novelas románticas. Este también fue el caso, hace muchos años, del género policial, que ahora ha sido absorbido por la “alta cultura.” Ciertos títulos de autoayuda han logrado pasar esta barrera –en general arbitraria– entre la alta y la baja cultura. David Allen fue perfilado en WIRED. Tim Ferriss, el escritor de autoayuda seria del momento, ha sido tema de una nota reciente en The New Yorker. Ambas revistas cultivan una clientela cultural ABC1.

Lean la sección de la autobiografía de Franklin. Observen sus métodos, y vean cómo se repiten en libros contemporáneos. Podríamos crear un test Franklin para los libros de autoayuda, para determinar cuáles vale la pena leerse. Los únicos que tienen una chance de ser útiles son los que se basan en un plan de cambiar hábitos con la creencia de que estrictas modificaciones, pequeñas y sistemáticas, son la única forma de lograr cambios trascendentes en uno mismo. Y que ese plan de cambio de hábitos sea simple, riguroso y medible. Todo lo demás son promesas al aire.

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