Belleza anormal

Un defecto en su ojo derecho, una suerte de mancha blanca, estigmatiza la infancia de la pequeña narradora de la última novela de Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací. Esta anormalidad, así como el hecho de caminar encorvada (que le valdrá el cariñoso apodo de “cucaracha” prodigado por su madre), son los principales defectos a enmendar durante su infancia, sentida como una “etapa preparatoria”, por lo tanto correctora, de todo aquello que no responde a cierta normalidad. La propia autora se ha referido a su interés por el cuerpo y por los rasgos anormales de las personas: uno y otro, la relación cruda con el primero y la valoración de aquellos rasgos, no pueden separarse, sostiene Nettel, para quien la normalidad es un prejuicio de nuestra sociedad donde la gente debe ser de una determinada manera y tener determinado tipo de cuerpo y comportamiento. Aquello que escapa a ese parámetro convencional es entonces considerado anormal. “Cuando miramos un cuadro apreciamos su belleza por lo que es no por lo que debería ser. Lo mismo sucede, por ejemplo, cuando observamos una planta pero no así con las personas. A ellas las juzgamos con parámetros convencionales. En mi escritura deseo iluminar el hecho de que todos los seres humanos tienen características que los distinguen de otros y estas características son justamente aquello que los hace únicos, bellos, diferentes. Como sucede con los cuadros o las plantas”, explicaba la autora en una entrevista realizada durante el “Festival de América” en París en 2010. En El cuerpo en que nací esta belleza sólo podrá ser encontrada por la protagonista después de un largo camino que la conducirá hacia la aceptación de sí misma.

La estirpe “trilobites”

A través de los distintos capítulos, Nettel ofrece un relato ágil, seductor pero por sobre todo crítico de los años ‘70. Inspirada en gran parte en su propia infancia, la novela revisa e interroga con humor el pasado a través de la narradora y su terapeuta, la doctora Sazlavski. No se trata de confesiones de diván sino de una narración pautada a partir de los universos específicos de la niñez y de la adolescencia: la figura de los padres y la relación lúdica y tormentosa con ellos, los recuerdos de las vacaciones pasadas (algunas un tanto estrafalarias), los juegos solitarios inventados por la pequeña para promover el descubrimiento del placer onanista, la devoción por un deporte entonces prohibido para las niñas como el fútbol, el aprendizaje escolar y el vínculo con los compañeros, la dificultad por entablar lazos de amistad para quien siente no adecuarse a las convenciones.

Sin embargo, estos mundos filtrados en la voz de la joven narradora están constantemente socavados por el cuestionamiento e invadidos por una insondable inquietud. De ahí que, si desde el comienzo la niñez de la narradora se perfila como fuera de lo común es porque en El cuerpo en que nací esta etapa, así como la adolescencia, no responde a los parámetros sociales. Esta “inadecuación”, acentuada por los rasgos físicos particulares de la narradora, da lugar a la percepción que emana de todo el libro: la de ser una outsider o un trilobites. De este modo, al lado de los recuerdos pícaros (por ejemplo las caricaturas de sus compañeritos decapitados, imágenes creadas por los relatos de la pequeña cuando descubre el gusto por la escritura) o del universo decimonónico de los vestidos con encaje y zapatos de charol impuesto por su abuela durante los meses compartidos, la novela despliega otro mundo al interrogar algunas ideas progresistas de aquella década. Se detendrá entonces en los estragos que trajo para sus padres la libertad sexual de aquellos años, en las versiones de los clásicos cuentos infantiles adecuados por su madre según una educación sexual libre de tabúes, en la formación recibida de acuerdo al sistema Montessori, en el conocimiento de algunos “niños de Villa Olímpica”, hijos de exiliados, con doble cultura y acento porteño o santiaguino.

¿Qué sucede cuando un niño que ya vive y se siente como un outsider es despojado de su tierra y de su lengua? Al contrario de lo que podríamos suponer, la mudanza hacia Francia y el contexto cosmopolita en el que ella y su pequeño hermano se sumergen, podrían ser el comienzo de un nuevo descubrimiento. Aquel que se produce cuando conoce al poeta Octavio Paz durante el Festival d’Aix.

Pareciera ser que ese episodio precipita aquello que la narradora estuvo trazando a lo largo de su relato: el encuentro con la escritura. En la voz de Octavio Paz, ella comprende que el español, compartido durante el tiempo pasado en Aix en Provence con su madre y su hermano como una lengua íntima, puede ser “un material maleable y precioso”. Es en ese momento, al escuchar la voz del poeta arriba del escenario, que recuerda quiénes eran ellos pero, por sobre todo, quién es ella. Es el comienzo de la aceptación de su propia identidad, unida íntimamente a la elección de su lengua de escritura. Sin embargo, el encuentro con la palabra manifiesta mucho más que el gusto por la escritura, un ejercicio ya practicado en la primaria. Es revelador del encuentro con su propia voz.

El sentimiento de ligereza que comienza a experimentar deriva también de este encuentro pues el silencio, que hasta entonces dominaba sus relaciones de amistad, empieza a resquebrajarse. “El silencio, como la sal, es de una levedad sólo aparente: en realidad, si uno deja que el tiempo lo humedezca, empieza a pesar como una especie de yunque”, comenta luego de revelar por primera vez su pasado familiar y sus secretos íntimos a sus compañeras de secundario.

Encontrar su propia voz también es elocuente del fin del periplo impuesto por los sucesivos viajes y visitas médicas en búsqueda de la corrección del ojo, siempre anhelada por sus padres. Después de todo, se trata de dar con su propia voz y de habitar el cuerpo en el que nació, un cuerpo que “a fin de cuentas era lo único que me pertenecía y me vinculaba de forma tangible con el mundo, a la vez que me permitía distinguirme de él”.

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