Bajo el signo de Saturno

La “imaginación del desastre (o de la catástrofe)” es una suave fuerza que arrebata y arrastra por un puñado de motivos: la destrucción apocalíptica, las ciudades muertas, las ruinas, la soledad y los paisajes sombríos, la inminencia (la estética de la inminencia y el tiempo mesiánico), la melancolía.

Lo que distingue la imaginación del desastre de la imaginación milenarista (que incluye, con sus hipótesis de resurrección incluso a la más laica imaginación hegelo-marxiana) es la imposibilidad de pensar un futuro más allá de la (necesaria) desaparición del mundo, y de nosotros con él. No: no la imposibilidad de pensarlo, sino la no necesidad de hacerlo.

Walter Benjamin, autoproclamado melancólico, culpó de ese temperamento mórbido que lo torturaba al planeta Saturno: “Yo vine al mundo bajo el signo de Saturno: el astro de revolución más lenta, el planeta de las desviaciones y demoras”.

En un ensayo famoso sobre la obra del más grande crítico alemán, Susan Sontag ya había usado el título sobre el que ahora vuelvo para hablar de unas ficciones cinematográficas que, últimamente, nos interpelan con su apología de un Final.

El melancólico (el que se deja llevar por la imaginación de la catástrofe, el que escribe el desastre) domina el sentido de la catástrofe histórica y enfrenta con alegría la reducción de todo lo que existe a escombros, porque eso le permite imaginar no un futuro, sino salidas: el carácter destructivo (del que Benjamin fue también un teórico) no busca una continuación de nada, sólo busca salidas.

Las películas apocalípticas podrían considerarse como un subgénero de la ciencia ficción. Si el 11 de septiembre de 2001 nos conmovió no fue solamente como acontecimiento político, sino porque puso en el mundo imágenes que el cine catástrofe ya nos había acostumbrado a ver e, incluso, desear. ¿No estaba programada en la imaginación del desastre la destrucción no sólo de las torres gemelas sino también la de las ciudades de Occidente, la de la civilización conocida? ¿No hemos visto, una y otra vez, en las más lamentables ficciones del género a la Estatua de la Libertad hundida en el agua, en el barro, atenazada por hielos eternos, habitada por extraños animales que sobrevivieron milagrosamente a la catástrofe del capitalismo?

Dejo de lado esas películas, que halagan la sensibilidad de la masa, proponiendo una inminencia destructiva de la que, luego, nos salvan ciertas heroicas figuras. Me detengo en aquellas que, efectivamente, cumplen sus promesas y nos muestran el fin del mundo, el final de nuestras esperanzas, el último término de nuestras existencias. En Eli, Eli, lema Sabachthani?

(2005), Shinji Aoyama (un director japonés condenado al circuito de festivales) ha imaginado una historia que transcurre en 2015. Circula por el mundo un virus que provoca un “síndrome de Lemming”, enfermedad que induce al suicidio repentino a quienes la padecen. El resultado ha sido devastador y la población de las ciudades se ha reducido al mínimo. En ese contexto, dos músicos graban sonidos naturales o producidos por elementos azarosamente recolectados (una manguera que gira montada sobre el motor de un ventilador), con los que componen su música, de la que se dice que cura el síndrome de Lemming o, por lo menos, que suspende la sed de muerte de sus víctimas. Lo primero que salta a la vista es que el argumento es una adaptación del mito de Orfeo (aquel que con su música pudo dormir a los guardianes del Hades para arrancar a su amada del fondo del Infierno).

Música contra la muerte

Esa pregunta inquietante (sobre la música del futuro, sobre la música que salva de la muerte) seguramente constituyen para Shinji Aoyama (1964), que es también compositor, obsesiones que definen su arte. Lo segundo que salta a la vista es que la película existe en relación con el terror que asociamos a un virus y un síndrome, efecto de ese virus. Y que Shinji Aoyama propone no a la química (los cocteles antivirales) como inhibidora de la potencia de destrucción desatada por el virus sino al arte (la música, el cine).

Hablando del futuro, Eli, Eli, lema Sabachthani?

propone hipótesis (biopolíticas) sobre un presente que, en todo caso, no puede sino entenderse inscripto en una determinada forma de la imaginación: la imaginación del desastre o de la catástrofe. Tanto el título de la película (la protesta de Cristo crucificado: “¿Señor, señor, por qué me has abandonado?”) como el mito órfico a partir del cual se desarrolla el relato (ambos mitos son la traducción del melancólico sentirse abandonado por la estrella, el aster, el des-astre) corresponden a tradiciones completamente exteriores a la cultura oriental y, además, irreductibles entre sí. Para Aoyama, no importa tanto la mixtura de fragmentos de mitologías diversas sino el hecho de que esos fragmentos constituyen ruinas o restos de un mundo agonizante o perdido para siempre en el que la única pregunta política afecta a la continuidad de lo viviente: ¿cómo y para qué hemos sido concebidos?.

The Happening (2008) de M. Night Shyamalan se deja arrastrar por el potente nihilismo de esa fuerza de la imaginación (es casi una copia): no hay futuro, y no lo hay precisamente por la imbecilidad y la maldad constitutivas de la especie humana en su fase actual de “desarrollo”. Aquí es el mundo vegetal (herido, harto) el que induce al suicidio colectivo. El director (que había rechazado escribir la cuarta entrega de Indiana Jones y dirigir la tercera Harry Potter ) es pesimista y antimoderno como sólo un verdadero moderno podría serlo. Posibilidad de experiencia, no la hay: los personajes, completamente deslucidos, sólo pueden pronunciar frases estereotipadas mientras la radio y la televisión emiten sinsentidos (“ataque terrorista”, “huyan”). Cuando creen que el mal ha pasado, todos retoman su propia estupidez donde la habían dejado, como si nada hubiera sucedido. Afortunadamente, impiadoso como esperábamos que fuera, Manoj Nelliattu Shyamalan se toma su tiempo para señalar que todo volverá a suceder, hasta la extinción final y el último suspiro, porque el mal no es exterior sino que sale de nosotros, que habitamos el capitalismo con algarabía vil.

The Happening es al mismo tiempo una celebración y una elegía (siempre fue así, siempre, y en esa concordancia entre el himno y el lamento se revela el girar en el vacío de toda forma de glorificación) cuyo tema es el suicidio colectivo, incluso el suicidio como epidemia (si hay que creerle a Aoyama) imposible de ser exorcizada.

En Melancholia (2011) de Lars von Trier, Melancolía es el nombre del planeta que se acerca a la Tierra para destruirla (mientras una de las dos hermanas que protagonizan la película, desempeñada por Kirsten Dunst, se casa).

Anticristo (2009) fue la primera parte de este díptico sobre el Apocalipsis urdido por Lars von Trier.

La película había sido hecha para Penélope Cruz, quien después se abstuvo de participar de un proyecto tan… alejado de la luz meridional.

Anticristo se ponía del lado de la depresión.

Melancholia está del lado de la suave fuerza que todo lo aniquila. Y, en la película misma en la que un planeta viene a destruir a otro, la primera parte (la boda de la rubia) es más depresiva, mientras que la segunda parte, desempeñada por Charlotte Gainsburg, toma partido por la melancolía.

El comienzo de la película cita los más famosos cuadros de los prerrafaelistas (la Ophelia de John Everett Millais, entre tantos otros) y el obsesivo tema de Tristán e Isolda de Wagner (el melancólico se entrega con paciencia al hábito de la repetición infinita).

¿En qué sentido se diferencian las dos hermanas? Justine (Dunst) piensa en su propia, única aniquilación, se fuga de los rituales que reconocemos como cultura, rechaza el débil lazo comunitario, se encierra y calla. Claire (Gainsbourg) se entrega (en contra del tibio consuelo que le ofrece su marido, que la abandonará antes del final) a la náusea del vacío de sentido propio de la conciencia de la catástrofe universal y la extinción de lo viviente (incluido su hijo).

“Mi psicoanalista me dijo que normalmente los melancólicos son más sensatos que la gente normal cuando se encuentran en una situación desastrosa, en parte porque pueden decir: ‘Ya te lo había dicho’. Y también porque no tienen nada que perder”, dijo Von Trier cuando presentó su película, y antes de subrayar su desinterés por el mundo con un ambiguo elogio del hitlerismo que le valió la condena de los bienpensantes y la proscripción de sus películas de nuestros cines.

El influjo de otra tierra

Casi al mismo tiempo que Melancholia , se estrenó Another Earth (2011), una rara película muy parecida a la segunda (y genial) mitad de la de Lars Von Trier. Dirigida por Mike Cahill, protagonizada por Brit Marling y William Mapother, en esta película también hay un segundo planeta que se acerca a la Tierra. Pero éste no es un planeta otro, sino un planeta gemelo del nuestro, donde todos tenemos un doble, donde todo está sucediendo al mismo tiempo (aunque no es seguro que del mismo modo).

Una chica (menor de edad) se distrae buscando el planeta mientras maneja y por eso atropella a otro auto. Mueren la mujer y el hijo del conductor, John Burroughs, que queda en coma.

Cinco años después, el planeta gemelo domina el horizonte (con su luna, sus ríos de lava, sus doctores en leyes y sus unicornios soñados), John ha salido del coma y la chica de la cárcel. Ella va a su casa a pedirle perdón pero no se anima y se hace pasar por empleada de limpieza. Tejen una relación. Hay un concurso para ganarse un viaje a la Otra Tierra (irán científicos, militares y un puñado de civiles). Ella gana.

A diferencia de Melancholia , Another Earth no apela a la destrucción total sino al recomienzo y la vida segunda. Un poco por eso, no tiene la misma grandeza que la película de Lars Von Trier, pero comparte la misma preocupación respecto del impacto existencial que la veterana (y ya intransitable) ciencia ficción nunca pudo examinar hasta sus últimas consecuencias.

4:44 Last day on Earth (2011) de Abel Ferrara es desagradable, aunque no se la pueda evitar en este breve repertorio de imágenes de la catástrofe (ninguna ternura en su punto de vista: pura rabia). Cisco (Willem Dafoe, también protagonista de Anticristo : la cara del Gran Final, parecería) espera junto con su novia el fin del mundo (a las 4:44, “hora del Este”, de una madrugada cualquiera, como efecto del debilitamiento de la capa de ozono y el recalentamiento global) en su departamento neoyorquino.

El último polvo, la última conversación vía skype con su ex mujer y con su hija, el último delivery de comida vietnamita, la última fiesta (vía skype) de sus amigos lejanos, la última (o no) raya de cocaína con sus vecinos, la última (ay) escena de intensidad dramática, la última proposición católica (“Ya somos ángeles” son las últimas palabras de una película que se niega a aceptar el final, y el género del Final, con idea de justicia) y, sobre todo, las últimas imágenes televisivas, que Ferrara monta sobre su claustrofóbica versión del Fin de los Tiempos.

Seeking a Friend for the End of the World (2012), la más nueva de mi lista, es mucho más amable. Su directora, Lorene Scafaria, pone a Steve Carell, en sus últimas horas (esta vez es un astereoide el que acabará con todo), abandonado por su mujer, a buscar a su viejo amor de la escuela secundaria. Además de desesperado, el proyecto es un poco anacrónico.

Por fortuna, Steve Carell se encontrará en el camino con Keira Knightley. El fin del mundo los encontrará abrazados y, sino felices, al menos en paz consigo mismos (la película es antes una comedia romántica que cualquier otra cosa).

De todas estas películas, Melancholia tal vez sea la más “arty”; 4:44 , la más melodramática; The Happening , la más aterradora; y Eli, Eli, la más filosófica.

Pero en todas ellas se lee el mismo deseo (la misma potencia de arrastre) de un final encendido y glamoroso que permita pensar que el Fin de la Historia y el Fin de la Humanidad no son sólo dos episodios sin consecuencias en la historia del capitalismo sino verdaderos puntos de derrumbe de una forma de imaginar lo que vive todavía.

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