BAJAR DE LA MONTAÑA. FE / COMPROMISO.


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¿Por qué diría Marx que la religión era el opio del pueblo? Con independencia de quien dice algo y con qué finalidad lo dice, puede ser una norma de prudencia preguntarse si el que lo ha dicho tiene alguna razón para decirlo. En este caso y ante esa frase, ciertamente dura, también cabe ese ejercicio de reflexión y de autocrítica.

 

Puede parecer una perogrullada, pero no lo es a la vista de los acontecimientos sucedidos a través de la historia, decir que el cristianismo es para los hombres y que la salvación que Cristo vino a anunciar a la Tierra era la salvación del hombre de todo aquello que le convertía en un lobo para el hombre; es decir, Cristo venía a salvar al hombre de eso que en la Escritura se llama la esclavitud del pecado y que no son precisamente los «malos pensamientos», sino la actitud por la que el hombre ignora, domina, destruye al otro sin enterarse de que el otro es precisamente su hermano. Y esto que parece sencillo y claro no siempre lo hemos entendido bien ni lo entendemos ahora. Demasiadas veces, la salvación la hemos ofrecido «para la otra vida» sin pensar que hasta llegar a ella hay aquí y ahora una vida en la que el hombre tiene que ser no aletargado ante la injusticia, sino liberado de ella.

 

Posiblemente por esa inclinación es por lo que haya podido hablarse del opio del pueblo.

 

La actitud de Pedro en la montaña alta, una actitud nacida de su proverbial espontaneidad, es una muestra de ese camino un tanto desencarnado que el cristianismo ha recorrido para adentrarse en un angelismo que levita sobre la realidad inmediata, esa en la que viven inmersos los hombres y donde se les plantean los auténticos problemas a los que hay que dar respuesta desde la fe.

 

Extasiado ante la contemplación de un Jesús resplandeciente como el sol se produce en el apóstol una reacción inmediata: quedarse allí, alejado de todo y hacer tres tiendas para contemplar sin riesgo el enorme espectáculo al que asistían. Es una reacción muy corriente, y en la que se compromete poco. Hay una frase que la resume y que me gustaría que no se interpretara peyorativamente. La frase es: rezaré por usted. Y eso lo hemos dicho o lo seguimos diciendo a la persona que está maltratada, a la que no tiene lo suficiente para vivir, a la que está pidiendo a gritos no sólo la oración, sino la acción.

 

Rezar para que el mundo sea mejor, para que las cosas se enderecen, para que sucedan según el plan de Dios, es algo espléndido, necesario y admirable, pero me temo que, en el plan de Dios, insuficiente porque Dios sabe perfectamente cómo se pueden enderezar las cosas y proyectar el mundo para que no sea habitable por todos los hombres; Dios lo sabe y, según lo que creemos, podría hacerlo solo y de un plumazo; sin embargo, no lo hace.

 

¿Nos hemos parado a pensar por qué? Quizá la respuesta esté en ese «levantaos» que dijo Jesús a los apóstoles después de la proposición de Pedro. Levantaos y vámonos de la montaña al llano, allí donde los hombres viven, gozan y sufren; allí donde los hombres miran a Dios buscando la respuesta de sus propios interrogantes; allí donde están los problemas y las posibles soluciones de los mismos; allí donde el hombre se juega su credibilidad como cristiano, su buen hacer o su inhibición.

 

Levantarse y bajar del monte fueron dos exigencias de Jesús a los suyos, dos exigencias que deben seguir sonando en nuestros oídos para vencer una fortísima tentación que aparece rodeada de bondad: la de apartarse del mundo, ¡tan despreciable!, y rezar por él desde nuestro propio grupo -¡tan estupendo!- sin pisar la arena para hacer cuantos quiebros sean necesarios en pro de una sociedad que se parezca cada día más a lo que quiso Cristo, una sociedad que si fuera de verdad cristiana no habría programa político por «progresista» que fuera que pudiera mejorarla.

 

Pero levantarse del éxtasis y bajar de la montaña a la vida tiene sus riesgos, unos riesgos que con frecuencia se critican duramente a aquellos que los asumen aduciendo que van más allá de lo que es prudente y deseable; unos riesgos, por otra parte, que exigen valentía y decisión, que comportan dejar la comodidad de nuestra tienda, el buen ambiente en el que nos movemos, el status que hemos alcanzado, la seguridad con la que caminamos. Levantarse y bajar de la montaña compromete a mucho, compromete a despertarse y a despertar, a no justificar lo que, con el Evangelio en la mano, no resulta justificable y no prometer «para la vida eterna» la consecución de unas metas que estamos obligados a conseguir en la presente.

 

Cristo bajó de la montaña, y ¡cómo lo hizo! No ignoró ningún problema de su tiempo, no pasó de largo por ninguna petición de los hombres, no dejó en el silencio ninguna actuación negativa de aquellos que podían eliminarlo: no vivió sin respuestas y no demoró estas respuestas sine die… Con El lo hicieron también aquellos hombres que le acompañaron, hoy en sus momentos de gloria. Lamentablemente, el paso del tiempo ha ido desdibujando las palabras de Cristo -levantaos y vamos abajo- y, en ocasiones, ha quedado como ideal el plantar una tienda en la altura para ver desde allí, sin intervenir, cómo el hombre no acaba de encontrarse a sí mismo.

 

(A. M. Cortes)

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