Atrapar a un patógeno cambiante

MichaelZahniser/Wikimedia Commons

El número de fallecimientos por malaria supera al de cualquier otra enfermedad en la historia. Si nos fijamos en el parásito africano que provoca la forma más grave del trastorno, comprendemos la letalidad del patógeno. Plasmodium falciparum presenta un ciclo biológico con múltiples etapas y genes que mutan con frecuencia. Demuestra resistencia ante uno de los medicamentos más empleados contra la enfermedad, la cloroquina, y está empezando a cambiar para adaptarse a un nuevo fármaco, la artemisinina. El parásito también modifica la forma: varía las proteínas de su superficie a medida que se desarrolla en el huésped y se mantiene un paso por delante del sistema inmunitario.
Esa complejidad resulta perniciosa para las víctimas, pero podría ayudar a los científicos a conocer mejor el organismo. Tras secuenciar su genoma en 2002, se está empezando a descifrar ahora la información que esconde la intrincada biología del parásito sobre su historia natural. Hasta hace poco se pensaba que este había sido transmitido a los humanos por los chimpancés. Sin embargo, el pasado septiembre, un equipo de Alabama demostró que todos los organismos P. falciparum descienden de un único linaje que surgió de los gorilas hace millones de años. Desde entonces, el parásito ha evolucionado a gran velocidad, lo que ha conllevado la adquisición de resistencias a los medicamentos. Pero el cuerpo humano constituye un factor aún más importante. Los genes de la malaria que sufren una presión de selección natural más intensa, los que experimentan más variaciones debido a la interacción del organismo con el sistema inmunitario humano, son los que codifican las proteínas de identificación en la superficie del parásito. Se intenta averiguar por qué algunas personas enferman gravemente, mientras que otras sufren solo síntomas leves; los primeros trabajos sugieren que algunos de estos genes «var» provocan los casos graves en niños.
Uno de los próximos pasos esenciales en la comprensión del genoma del patógeno consistirá en evaluar las diferencias en el mismo de un parásito a otro y de una región a otra. Según Dominic Kwiatkowski, que dirige la investigación genómica de la malaria en el Instituto Sanger, conocer el grado de variación en un individuo resulta crucial. Afortunadamente, puede determinarse con una precisión extraordinaria. El grupo de Kwiatkowski y otros crearon hace poco MapSeq, una base de datos interactiva de muestras genotipadas de varios cientos de pacientes de todo el mundo. Puede usarse para identificar las mutaciones propias de una zona y adaptar así las estrategias de control frente a ellas.

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