ATLÁNTIDA: EL FANTASMA DE UN VIEJO CONTINENTE

La existencia de un continente en el Océano Atlántico está suficientemente aceptado, tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista geológico. Otra cosa es hablar de lo que se ha dado en llamar Atlántida, es decir, una civilización altamente avanzada y cuyos últimos restos, la isla de Poseidón, se hundieron definitivamente hace unos 11.500 años.

El lugar exacto del núcleo atlante ha sido debatido insistentemente, llevando su localización a múltiples lugares: desde las Bahamas y Bermudas en el Caribe, o la península de Yucatán, en un lado del océano, hasta las Azores, Canarias, Gibraltar, mar Egeo o, más al norte, Islandia y Groenlandia, en el otro lado del océano Atlántico.

La multitud de teorías ha dado lugar a una larga serie de leyendas románticas referidas a lugares no menos sugerentes.

Naturalmente, admitir la existencia de la civilización atlante supondría una revolución cultural sin precedentes, ya que sería contradecir la Historia de la Humanidad comúnmente aceptada que da al hombre civilizado no más de 6.000 años de antigüedad.

Esto hace que la tesis de la Atlántida tenga defensores y detractores que aseguran tener razones para afirmar o negar su realidad. Esto hace también que haya sido un tema sujeto a supercherías y exageraciones, habiendo constituido recurso fácil de múltiples especulaciones fantásticas al abrigo de charlatanes y todo tipo de literatura sensacionalista y calenturienta que han desprestigiado la seriedad con que se han acercado muchos investigadores al tema.

DERIVA CONTINENTAL Y TECTÓNICA DE PLACAS

Lanzada por Alfred Wegener a principios del siglo XX y conocida como «la deriva de los continentes», fue rechazada durante años -como la propia Atlántida- y retomada en la segunda mitad del siglo con el calificativo de «gran revelación» de las ciencias geológicas, pues su planteamiento recoge y resume todos los procesos registrados en las rocas en un conjunto homogéneo y armónico.

Los hechos recogidos por los investigadores nos hacen plantear la hipótesis de que la Atlántida existió durante el período terciario en el Atlántico, fundamentalmente como un gran archipiélago con una lineación general N-S, cuya naturaleza predominante fue volcánica y que alcanzó su máximo apogeo en el terciario, para entrar después en una fase de crisis y destrucción por hundimientos sucesivos bajo el nivel del mar, que ha podido durar hasta tiempos casi históricos.

La teoría de la deriva continental surgió en 1912, de manos del conocido Alfred Wegener (1880-1930), meteorólogo berlinés que llegó a esa conclusión al observar el parecido geométrico de las costas atlánticas africana y sudamericana. Dedicó su vida a demostrar que los continentes actuales son el resultado del resquebrajamiento de un gran supercontinente paleozoico, la Pangea, cuyos trozos han migrado lateralmente desde entonces hasta la posición que ocupan actualmente, y que variará a lo largo del tiempo, pues la migración aún continúa. Para ello realizó una serie de ingentes estudios que le proporcionaron los siguientes argumentos:

ARGUMENTOS GEOFÍSICOS

El análisis topográfico estadístico de la superficie de la Tierra, el cual revela dos niveles predominantes correspondientes a las llanuras continentales y a las llanuras abisales u oceánica (a unos 500 m en los continentes y 5.000 m en los océanos). Esto no se explicaría más que suponiendo dos capas diferentes formadoras de la corteza: una superior siálica, más ligera (compuesta por silicatos de aluminio), y otra más pesada, simática (compuesta por silicatos de magnesio), que constituiría la corteza oceánica.

Por otro lado está la teoría de la isostasia, que postula que las elevadas cadenas montañosas se yerguen sobre raíces siálicas profundas, al igual que los icebergs sobre el agua del mar. Supone, pues, la existencia de un substrato bajo la corteza terrestre, altamente viscoso, que opera como un fluido. En la segunda década del siglo XX los datos petrológicos y gravimétricos, apoyados por los datos que ofrecían los sismos, sugerían que la corteza oceánica se apoya sobre un material más denso, compuesto principalmente por rocas ultrabásicas, de gran densidad, como son la peridotita, dunita y eclogita, sobre las que se dispone la capa basáltica, más ligera que éstas y más densa que la siálica continental, el cual compone la base de los océanos.

Para medir la deriva de los continentes propuso un método directo; el de la medida por el posicionamiento astronómico. De esta forma, en 1929 las pruebas realizadas indicaban, por lo menos, la deriva de Groenlandia hacia el Oeste.

ARGUMENTOS GEOLÓGICOS

Reuniendo las costas atlánticas de Sudamérica y África, observó las siguientes similitudes:

-Cinturón de plegamientos de Sudáfrica con el sistema montañoso de Buenos Aires (Argentina).

-Meseta africana de gneis con la meseta del Brasil, semejantes en las kimberlitas y otras rocas.

-Estratos continentales del final del paleozoico y principio del mesozoico de los sistemas Karroo, en Sudáfrica, y de Santa Catalina, en Brasil, que contiene el mismo horizonte estratigráfico compuesto por tillitas (depósitos de tipo glacial).

Pero es que reuniendo por otra parte las costas del Atlántico Norte, encontró que también las cadenas caledonianas de Europa occidental, del principio del paleozoico, se continúan en el NE de América del Norte; y lo mismo ocurre con las cadenas hercínicas, del final del paleozoico.

No es, pues, un simple reajuste del contorno de los continentes.

ARGUMENTOS PALEONTOLÓGICOS Y BIOLÓGICOS

Ante la gran similitud de fauna y flora entre los diferentes continentes durante épocas pasadas, hasta prácticamente el cretácico, que es cuando empiezan a diferenciarse, los paleontólogos de la época coinciden en la necesidad de una conexión entre todos los continentes. Era generalmente aceptada la teoría de que estas conexiones se constituían mediante unos «puentes intercontinentales» que se hundieron en el mar después del cretácico, y que actuaron de vías de migración para aquellos animales y plantas incapaces de atravesar de otro modo océanos tan extensos como el Atlántico o el Pacífico.

Esta teoría, sin embargo, ha sido desechada por los geofísicos. Estas conexiones terrestres entre los continentes no han podido desaparecer, dando lugar a océanos profundos, en el contexto de una corteza rígida y estática, en la que sólo caben movimientos isostáticos; pues al ser las masas continentales de menor densidad que las infrayacentes, aquéllas no pueden hundirse en éstas.

ARGUMENTOS PALEOCLIMÁTICOS

Hay una serie de rocas sedimentarias que dan una rica información sobre los climas existentes durante su depósito. Así ocurre con las tillitas, de climas glaciales; carbones, de climas húmedos y más bien cálidos, evaporitas (yesos, sales, etc.) de climas áridos; calizas y dolomías, de climas de tipo tropical o subtropical; etc. Otros indicadores paleoclimáticos son algunos fósiles, tales como los arrecifes coralinos, o los reptiles gigantes de mesozoico, que al ser de sangre fría no pudieron vivir sino en climas cálidos, etc.

Pues bien, la distribución en los actuales continentes de todos estos registros geológicos para cada época resulta un caos si no se agrupan los continente como en un rompecabezas. Si así no se hace, resulta que el eje de la Tierra ha estado «dando tumbos» sin sentido durante mucho tiempo, y que las bandas climáticas han tenido en el pasado un comportamiento muy diferente al actual y, en lugar de encontrarse más o menos paralelamente al Ecuador, han tenido una configuración muy irregular y caprichosa.

Sin embargo, cuando se reconstruye la Pangea, para el carbonífero y pérmico, las amplias formaciones de carbón de los continentes del hemisferio N (Europa y Norteamérica) se disponen a 90º del centro de una gran área dominada por formaciones de carácter glacial (tillitas) y, asimismo, las formaciones salinas se disponen en paralelo a este ecuador señalado por carbones, reflejando una distribución similar a la actual.

Wegener, por supuesto, llegó a una serie de conclusiones que fueron discutidas y de las que posteriormente quedó demostrada su falsedad. Pero no es el objeto de este trabajo defender o criticar a este autor, sino recoger aquellas ideas que le llevaron a desarrollar su hipótesis y sus aportaciones al mundo científico, el cual, muchos años después de su muerte, hacia los años 60-70, ha vivido una auténtica «revolución científica» con el desarrollo de esta controvertida teoría.

LOS ENIGMÁTICOS OCÉANOS

Desde la II Guerra Mundial se han realizado numerosos trabajos de investigación en diferentes campos, sobre todo por parte de las compañías de petróleos, que han aportado nuevos datos sobre la geofísica terrestre y sobre la naturaleza y características del fondo oceánico. Estos descubrimientos son, en resumen, los siguientes:

Topografía oceánica

La intensa exploración topográfica y geológica de los fondos oceánicos a mediados del pasado siglo nos ofrece un fondo oceánico que puede dividirse en tres provincias principales, los márgenes continentales que incluyen plataformas continentales, taludes y fosas profundas; la cuenca oceánica, es decir, el suelo abisal, con sus elevaciones y montes submarinos; y las cordilleras o dorsales centro-oceánicas.

Los montes submarinos de las áreas de la cuenca oceánica son de origen volcánico y están constituidos por basaltos, y a menudo presentan cumbres aplanadas, lo cual implica una erosión producida dentro del mar. Frecuentemente presentan también corales y otros fósiles en sus cumbres, cuya época no antecede nunca al cretácico; estos fósiles corroboran la poca profundidad de las aguas en aquellas épocas, que dista mucho de las profundidades en las que ahora se encuentran (hasta 1.600 m debajo del nivel del mar).

Las dorsales centro-oceánicas son regiones de suma importancia, y son también áreas de gran espectacularidad. Consisten en una ancha franja elevada, de hasta unos 1.000 km de ancho, que tiene una continuidad a lo largo de todos los océanos, recorriendo unas 35.000 millas. Su topografía está producida por una serie de bloques fallados, separados a uno y otro lado de un eje o región axial, zona de intensa actividad sísmica, de foco superficial. Es una topografía semejante a los valles de rift central del Este de África y otras regiones continentales. Este valle central que divide la cordillera suele tener de 25 a 50 km de ancho y de 250 hasta 750 m de profundidad.

Las mediciones del flujo de calor que atraviesa el suelo oceánico indican que el mayor flujo se encuentra en las dorsales medio-oceánicas, anomalía que se refleja en la gran actividad volcánica de estas zonas.

Otro aspecto por destacar sobre estos grandes relieves oceánicos es que se encuentran fracturados en segmentos desplazados lateralmente unos de otros por grandes fracturas verticales, llamadas por J. Tuzo Wilson fallas transformantes, las cuales dan lugar a desplazamientos muy importantes en la horizontal y son áreas de grandes movimientos sísmicos (es decir, que son activas actualmente).

Otro de los espectaculares fenómenos del fondo del mar lo constituyen las fosas marinas, adyacentes a los arcos de islas volcánicas del Sudeste de Asia o a sistemas montañosos como los del Pacífico Oriental (asociados a la cordillera andina) y que alcanzan en ocasiones inmensas profundidades. Estas fosas se caracterizan por presentar el mínimo flujo de calor de toda la corteza terrestre, así como por unas notorias anomalías negativas de la gravedad. Se detectó también una gran superficie de fractura, inclinada hacia la zona del arco insular o la zona continental, denominada zona de Benioff en honor a su descubridor. Esta zona de Benioff es el área donde se focalizan todos los numerosos terremotos de estas regiones.

Composición de la corteza oceánica

Mediante perforaciones y distintos métodos sísmicos se ha llegado a un profundo conocimiento de la constitución de las rocas que forman el fondo o corteza oceánica. Se suelen distinguir tres tipos de rocas:

-Una capa superficial, con un espesor medio de 1 Km, constituida por sedimentos o rocas sedimentarias.

-Una capa intermedia constituida por rocas basálticas (pilowlavas), de un espesor de 1,7 Km.

-Una capa más profunda constituida fundamentalmente por gabros (de composición semejante a la de los basaltos pero completamente cristalinos, ya que han solidificado bajo una mayor presión litostática), y anfibolitas, de un espesor de unos 5 km.

Estas capas, descritas aquí muy escuetamente, son las que forman las secuencias ofiolíticas, comunes en todos los océanos.

Por debajo de la última se encuentra la famosa «moho», o discontinuidad de Mohorovicic por debajo de la cual la propagación de ondas sísmicas aumenta muy bruscamente. Esta discontinuidad pone en contacto la corteza con el manto (antiguamente llamado sima, por su composición rica en silicatos de magnesio), cuya parte superior parece estar compuesta por rocas de muy alta densidad, muy ricas en magnesio y pobres en sílice (al contrario de lo que ocurre en las rocas continentales), que son las peridotitas y las eclogitas, estas últimas de composición similar pero formadas bajo condiciones de mayor presión.

A una profundidad de unos 100 a 200 km por debajo de la superficie rocosa se encuentra la discontinuidad de Gütenberg, que separa un nivel llamado capa de baja velocidad o astenosfera, cuyo nombre se refiere a la bajada en la velocidad de transmisión de las ondas sísmicas, la cual refleja la existencia de material fundido y plástico. Esta capa ya fue concebida anteriormente por los geofísicos que estudiaron el interior de la Tierra desde la teoría matemática.

Edad de los Océanos

Otro descubrimiento en todas las investigaciones es el de la juventud de los océanos: en ninguno se han hallado sedimentos anteriores al cretácico (una antigüedad de unos 140 millones de años), excepto en el Noroeste del Pacífico y del Atlántico, donde se han encontrado sedimentos del jurásico medio a superior (hace unos 160 millones de años) directamente sobre basamento basáltico. De todos modos no se han encontrado sedimentos anteriores al mesozoico o era secundaria. ¿Cómo puede ser que la corteza oceánica sea más joven que la continental, en la que existen rocas desde el precámbrico?

La datación por fósiles de los sedimentos, y por métodos radioactivos de las rocas basálticas, comprobó que tanto unos como otras son más modernos cuanto más cercanos están a la dorsal.

Todos estos hechos se recogieron en la década de 1960 por autores como Carey (1958), Hess (1960), J. Tuzo Wilson (1965), Drummond y Matthews (1963), y otros, en diferentes hipótesis y teorías referentes a un océano expansivo, generado a partir del eje central de las dorsales oceánicas, a través del cual ascendería material fundido del manto (la peridotita al fundir da un magma basáltico), que cristalizaría en contacto con el ambiente acuoso y descendería hacia ambos lados de dicha dorsal, la cual, empujada por la astenosfera ascendente, adquiere una gran altura desde las llanuras abisales. Esta corteza oceánica se va destruyendo, al mismo tiempo, por las fosas oceánicas, donde se sumerge en el manto, fundiéndose y originando así los volcanes de los arcos de islas asociados. Esto lleva consigo la idea de una corteza terrestre dividida en placas ditosféricas, que se mueven sobre la astenosfera plástica por fuerzas que se relacionan con corrientes de convección térmica dentro del manto terrestre.

Más del cincuenta por ciento del actual suelo oceánico ha sido creado desde el cenozoico o período terciario, con una velocidad de expansión variable, con detenciones y aceleraciones. Según M. Y J. Ewing, en los últimos 10 millones de años, la velocidad es mayor.

La corteza terrestre está, pues, dividida en placas. Le Pichon diferenció seis placas mayores, denominadas americana, eurasiática, africana, índica o australiana, pacífica y antártica, dentro de las cuales se distinguen otras doce placas menores.

Los límites entre las placas pueden ser de tres tipos: divergente, donde se crea corteza (cordilleras oceánicas); convergente, donde se destruye corteza (fosas o zonas de subducción); conservador, donde ni se crea ni se destruye corteza (fallas transformantes).

La velocidad de extensión a partir de los ejes de las cordilleras oceánicas puede estimarse indirectamente por la información que aportan las anomalías magnéticas; y la cantidad de corteza consumida en los márgenes destructivos puede inferirse de la proporción de corteza originada en las dorsales, ya que se considera que el radio terrestre es constante.

A juzgar por las franjas magnéticas del fondo oceánico, la tectónica de placas ha estado funcionando desde hace al menos 200 millones de años. Pero otros datos y razonamientos, como en el ejemplo de las cordilleras caledonianas, muestran la colisión de continentes a lo largo de zonas de convergencia de placas, lo que permite suponer que las placas tectónicas han estado funcionando por lo menos desde hace 2.000 millones de años.

Puede ocurrir que el esquema de los límites entre las placas cambie con el tiempo, pasando a ser de un tipo a otro o creándose nuevos límites en áreas estables.

A causa de la baja densidad de la corteza continental, ésta no puede ser arrastrada hacia el manto; por esa razón, si dos placas litosféricas con corteza continental chocan en una zona de subducción, se producirá el engrosamiento de la corteza continental mediante cadenas montañosas.

La causa del movimiento de las placas es lo que aún no está explicado, convirtiéndose por ello en el objetivo de la investigación actual para la mayoría de los especialistas. Se han propuesto diversas teorías, todas incompletas, pues satisfacen muy parcialmente las exigencias geofísicas. Se considera, en general, que el movimiento se debe a corrientes de convección en el manto, sobre las cuales se han elaborado diferentes modelos teóricos.

Con todo esto se han vuelto a establecer reconstrucciones del continente Pangea, tomando como límite de los continentes la altura media de los taludes continentales, en la línea de los 2.000 m de profundidad, mediante computadores, deshaciendo las aperturas según las indicaciones paleomagnéticas, etc.

La influencia de la tectónica de placas se ha visto en diferentes campos de la Geología, y gracias a ella empiezan a solucionarse gran cantidad de los problemas tradicionales como son la génesis de los sistemas montañosos (orogénesis); la distribución de las áreas de actividad sísmica y volcánica; la diferente composición de las rocas ígneas y las asociaciones que presentan, tanto en intrusiones como en rocas volcánicas; la distribución de glaciaciones, distribución paleobiológica, etc.; las transgresiones y regresiones marinas globales y puntuales…

LA ATLÁNTIDA EN EL ESQUEMA TECTÓNICO

Ante todo, revisemos la topografía del fondo del Atlántico.

En primer lugar encontramos, por supuesto, la dorsal atlántica. Ha sido ya explicada su función, dentro de la tectónica de placas, como centro generador de corteza oceánica. El empuje que sufre por parte del material fundido de la astenosfera la hace elevarse muy por encima de las llanuras abisales, en una especie de «gran abombamiento» de la corteza. El aumento o disminución de la actividad en la dorsal puede originar importantes transgresiones o regresiones en las tierras emergidas; un aumento de actividad, por ejemplo, al ocasionar el aumento de material fundido que se agolpa bajo el eje de la cordillera, produce un aumento en el abombamiento, lo cual hace desplazarse a las aguas, aumentando el volumen de ellas a los lados y disminuyendo la columna de agua sobre la propia cordillera.

La gran trasgresión del cretácico, durante la cual estuvo cubierta por las aguas la mayor porción de tierra (o una de las mayores) en la historia geológica, está íntimamente relacionada con el aumento en la velocidad de separación de los continentes africano y sudamericano por un incremento notable en la actividad de la dorsal.

La dorsal aflora en el N., en Islandia, isla que se caracteriza por una gran actividad volcánica, en la actualidad más bien de tipo residual (géiseres, fumarolas, etc.).

Asociados a la dorsal se encuentran abruptos relieves y multitud de guyots, anteriormente ya mencionados. Sus cimas se han aplanado por la acción de las olas, y en muchos de ellos se han encontrado corales y restos de aguas poco profundas. La naturaleza del monte submarino es lava basáltica, de igual modo que las islas volcánicas.

La interpretación es que estos guyots han sido islas volcánicas en un momento en el que el océano era más estrecho. La edad de las rocas del monte es más antigua que la edad de las rocas del fondo oceánico que lo separa de la dorsal. Cuando este fondo oceánico no existía aún, el guyot se encontraba afectado por el «abombamiento». Conforme el fondo oceánico iba creciendo, la isla se alejaba del foco volcánico, perdiendo su actividad, y al mismo tiempo su base iba descendiendo hacia las profundidades abisales, de forma que experimentaba un progresivo hundimiento, durante el cual se erosionó y fue dando lugar a una cima plana, hasta encontrarse en la situación en la que la vemos hoy.

En el Atlántico, en la franja de corteza de edad cenozoica (terciario y cuaternario), se encuentran muchos de estos guyots, algunos de los cuales han sido bautizados conforme a la tradición de la Atlántida, como el «Platón» o el mismo «Atlántida».

En el punto triple donde confluyen la placa africana, la euroasiática y la norteamericana aparecen las Azores, cuya antigüedad ronda los 20 millones de años, que son los afloramientos sobre el nivel del mar de grandes montañas submarinas: están basadas al pie de la dorsal, asociadas a extensas altiplanicies submarinas discontinuas.

Estos relieves se continúan a través de la fractura transformante Azores-Gibraltar, hasta muy cerca de las «Columnas de Hércules».

El otro punto triple, que pone en contacto la placa africana con la norteamericana y la sudamericana, es también conflictivo. Se encuentra asociado a la placa del Caribe, la cual no encaja en la reconstrucción de la Pangea. Los expertos consideran que la placa caribeña es un resto de la placa pacífica que fue «pellizcada» por los dos subcontinentes americanos al separarse de Europa y África con un movimiento en arco. Junto a esta placa se encuentra un lugar en extremo interesante: la plataforma de las Bahamas. Esta gran plataforma se superpone en el ajuste entre América del Norte y África. Se supone que dicha plataforma está formada por una gran cantidad de sedimentos, acumulados cuando empezaron a separarse los dos continentes, sobre los que se superponen potentes arrecifes de coral.

En esta plataforma se han encontrado restos, supuestamente arqueológicos, muy interesantes, tales como muros sumergidos y otras ruinas, algunas de las cuales han podido fotografiarse. En esta área, también, se encuentra el famoso «Triángulo de las Bermudas», sobre el cual no voy a hacer ningún comentario.

Un dato curioso es la profecía de Edgar Cayce, el cual predijo que la Atlántida aparecería a finales de la década de 1960, en la plataforma de las Bahamas, cerca de Bimini, donde por aquellos años un científico submarinista y polifacético, el doctor Valentine, descubrió lo que él llamó «la ruta o muro de Bimini».

Otro dato que destacar en este reajuste de los dos continentes se refiere a los «huecos» que quedan al ajustarlos. El mayor de ellos, llamado «vacío de Ifni», situado precisamente frente a esta costa, se supone que se produjo al desgajarse una pequeña porción de la plataforma africana, trasladándose hacia el sur y constituyendo lo que ahora son las Canarias.

En la geometría de la plataforma sobre la que se ubican las Islas Canarias se aprecian claros indicios de un hundimiento; éste de tipo diferente a los guyots antes descritos, pues quizá respondan más a esfuerzos de cizalla en la corteza, es decir, a un hundimiento por fractura producido por la propia dinámica de la separación de los continentes.

Quizás haya en el Atlántico otros puntos interesantes para investigar, pero creo que he citado los más significativos, entre otras cosas porque son también los más señalados por la tradición. Todas estas características se podrán encontrar quizás en otros océanos y mares, pero insisto en que es en el Atlántico donde todo esto concuerda con la tradición y donde encaja todo mejor en el tiempo y en el espacio. Todos los relieves que he señalado son de edad terciaria, excepto el banco de las Bahamas, de edad cretácica, y todos ellos muestran evidencias de hundimientos progresivos y de una inmersión postrera bajo las aguas de la última desglaciación hace unos 11 o 12 mil años.

En cuanto a la descripción que de la Atlántida hace Platón (o de Poseidonis, el último resto), creo que coincide en mucho con lo que hubiera podido ser una gran isla, de origen volcánico, situada sobre la cordillera medioatlántica, como hoy lo es Islandia. En primer lugar, Platón describe la Atlántida como un conjunto de islas, cercanas entre sí, algunas de ellas «anulares» («recintos de agua» creados por Poseidón), que podrían corresponder a los atolones coralinos que se forman en los volcanes que sufren un proceso de hundimiento. La isla central era de forma alargada, constituida por una llanura rodeada y protegida por altas montañas. Cuenta, además, que los límites de la llanura son casi geométricos, paralelos, y que los habitantes de la isla construyeron en estos límites grandes fosos donde recogían el agua de escorrentía de las montañas.

Una geografía de este tipo es la que se describe para las áreas donde se está produciendo un «rifting» o apertura de un océano; es la geografía, probablemente, que predomina en la parte interna de la dorsal. Su formación respondería a la fracturación de la corteza en bloques paralelos al eje de la cordillera, el cual se hallaría deprimido con relación a los bordes como ocurre en los valles tectónicos de tipo graben. Los bloques fallados reflejan una componente angular en su desplazamiento, que les hace levantar un borde con respecto al otro. El comportamiento de estas fallas, llamadas lístricas, se debe a que afectan a toda la corteza, y a grandes profundidades los esfuerzos se traducen en las rocas en un comportamiento plástico en lugar de frágil, ya que la rigidez de las rocas a esas presiones y temperaturas disminuye en alto grado.

Este giro que sufren los bloques dibuja un terreno apto para los «fosos» que describió Platón.

Es posible que esta llanura llegase a quedar seca, incluso bajo el nivel del agua, protegida como estaba por las montañas que la rodeaban. Así, cuando esta protección desapareció por fenómenos violentos, con terremotos y actividad volcánica -como podría significar una súbita reactivación de la dorsal tras un tiempo de calma-, tuvo lugar la inundación súbita de aquella llanura o depresión, que Platón describía tan rica y fértil.

Hasta aquí una exposición que no contradice ni a la tradición atlantista ni a la ciencia oficial, aunque probablemente esta última sea remisa a admitirla.

Quizás lo más difícil en este esquema propuesto es verificar una época de estabilidad en la dorsal que permitiera la formación de suelos tan ricos. Pero la realidad es que la historia de la Atlántida, según se narra en la obra de H.P. Blavatsky Doctrina Secreta, y en Genealogía del Hombre, de A. Besant, es la de un área inestable, con progresivos hundimientos y en continuos cataclismos (al menos de 4 a 5 se describen en las citadas obras). Annie Besant señala literalmente: «…las convulsiones y la división de los lechos del océano continuaron más o menos violentamente durante edades…».

Si pudiéramos colocar mediante ordenador todos los relieves del fondo del Atlántico en la posición que debían de tener hace algunos millones de años, quizás al final del mioceno o durante el plioceno (época durante la cual Europa adquiere su configuración actual), y en las épocas sucesivas de glaciaciones y desglaciaciones, completando el diagrama con los datos de velocidad de expansión, datos paleoclimáticos y datos sobre el nivel del mar, es probable que nos quedásemos sin respiración al ver emerger en la pantalla de las aguas a la antigua y legendaria Atlántida.

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