ATILA

Atila, el azote de Dios

A mediados del siglo V d.C., el declinante imperio romano de Occidente sufrió el embate de los hunos, acaudillados por un fiero guerrero autoproclamado «Señor de todo el universo».

 

Durante varios siglos los hunos habían recorrido las estepas de Asia Central, siguiendo un destino errante que en el siglo IV los llevó hasta el río Danubio, la frontera del Imperio Romano. Una de sus correrías en Tracia terminó en una batalla campal contra el ejército romano, en la que murió el mismo emperador Valente. En las décadas siguientes se asentaron sobre un amplio territorio a lo largo de la frontera imperial, desde el Báltico hasta el mar Negro. Sin una verdadera organización política, se prestaron a colaborar con los generales romanos Estilicón y Aecio, que los utilizaron para contener el avance de los pueblos germanos.
Pero la alianza se quebró con el acceso al trono huno de un hombre tan temerario como ambicioso. Atila, gracias a lo que aprendió relacionándose con los romanos, concibió el proyecto de convertir el reino huno en un verdadero imperio, para lo que creó una estructura administrativa y se rodeó de un círculo de fieles a toda prueba, «los Escogidos». Como todos sus compatriotas, Atila creía en augurios y profecías, y cuando encontró la supuesta espada perdida del dios Marte se convenció de que era un signo de que iba a convertirse en Señor de todo el Universo. Así, en el año 451 atravesó con sus huestes el Rin para abalanzarse contra los romanos y sus aliados visigodos, pero fue derrotado en la batalla de los Campos Cataláunicos. No obstante, consiguió huir, y un año después se lanzaba contra Italia, arrasando numerosas ciudades. Su objetivo último era Roma, donde se decía que quería rescatar a la princesa Honoria, hermana del emperador Valentiniano. Pero el papa León I salió a su encuentro, y tras una misteriosa entrevista el guerrero asiático decidía volver sobre sus pasos. Murió poco después; con él se desvaneció también el reino huno y la amenaza de terror que durante casi un siglo había estremecido a todos los habitantes del Imperio Romano.

 

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