ATILA: EL OCASO DE ROMA

Sus caballos son más ligeros que panteras, más rápidos que los lobos en la noche. Esos jinetes vienen de lejos, pasan como una tempestad y se arrojan como el águila sobre su presa. No hacen caso de la fortaleza, amontonan un poco de tierra y la toman al asalto…

Personaje histórico insólito el que vamos a tratar. Un gran guerrero con una larga trayectoria de conquistas, poseedor de asombrosa valentía. Llegó a ser el Rey de los hunos, un conquistador feroz pletórico de coraje. Históricamente, se le ha relacionado superficialmente con un espíritu bárbaro. Desechemos todo prejuicio para poder reconocer el justo lugar que ocupa en la Historia.

Se decía que la espada que portaba Atila era la del dios de la Guerra, tal vez por un deseo de sacralizar el poder que alcanzó en sus batallas.

Recorreremos el camino de su vida por donde dejó una huella que seguir y conquistas que sirvieron para unificar pueblos bajo un Imperio nuevo.

ATILA Y LOS HUNOS

Atila fue conocido por sus contemporáneos con el sobrenombre de «El azote de Dios», término que refleja toda la fuerza de su carácter, y por aquella otra frase tan conocida que él mismo pronunciaba como estandarte de su llegada: por donde pisan los cascos de mi caballo no crece la hierba jamás.

Nació el 406 d.C. Su sede originaria se extendió en el extremo meridional de la cadena de los Urales y las costas orientales del mar Negro y el mar de Azov. Se desconoce si Atila es apelativo o nombre, y dados los escasos datos de que disponemos acerca de la lengua de los hunos, según diversas fuentes tal vez se llamó Adil, Ottla, Rugila o Atankanle. Sí conocemos en cambio su fisionomía: estatura baja, anchas espaldas, nariz aplastada, ojos feroces y hundidos, boca impasible y rostro imberbe. Hasta su llegada, su pueblo, nómada, se había mantenido anárquico, viviendo de raíces silvestres y carne ablandada bajo la silla de montar, acostumbrado al frío, al hambre y la sed. Pueblo donde las mujeres se dedican a hilar y coser los vestidos, criando y educando a sus hijos hasta la pubertad.

El éxito de su ejército vino estrechamente unido a la aceptación incondicional del carácter fuerte, inflexible y valiente de Atila, el respeto hacia su autoridad y la competente forma de llevar a cabo el uso de la técnica militar específica que se les había enseñado: velocidad en sus movimientos, factor sorpresa, huídas rápidas, gran precisión de tiro y alcance con los arcos.

Si examinamos la situación histórica del momento en que Atila alcanza el poder junto a su hermano Bleda, veremos que accedió a la jefatura cuando el poderío huno superaba al del resto de pueblos instalados en Europa, gracias a las amplias bases territoriales que les habían proporcionado Mundzuk, Rua y Oktar (su padre y tíos, respectivamente). Además, los hunos infundían miedo en todos los pueblos conocidos, incluso en los romanos. Prueba de ello fue el Tratado de Margo, que vino dado por la primera «salida» oficial de los sucesores de Rúa (Atila y Bleda), y el primer contacto con el senado romano, cuyo intermediario fue el «magister militum» Plintha, acompañado de Epigeno, historiógrafo archivista y orador de gran elocuencia. Nos asombra el talante con el cual ambos hermanos recibieron a Plintha, que esperaba un encuentro fácil. Al aire libre, a caballo para así evitar hablar desde tierra. El resultado de dicha embajada fue que los embajadores romanos se vieron comprometidos a cumplir condiciones muy duras a cambio de conseguir más tiempo, aunque Teodosio, emperador del Imperio Romano de Oriente de la época, carecía de intenciones de respetarlo.

ATILA Y BLEDA

A pesar de que estos hermanos viven experiencias similares, cada uno las interioriza de forma diferente. Atila era consciente de su propia personalidad como jefe, tenía sentido de la realeza y del comportamiento de un soberano, tal vez un poco rígido y reservado. En cambio, Bleda, por su parte, gustaba de ser acompañado por un bufón llamado Zerco, de presencia bastante informal; además era considerado un jefe de carácter alegre, despreocupado y poco comprometido.

Un relato folclórico sobre Atila dice así:

Una espada había emergido de la tierra de manera curiosa. Un día un pastor vio cojear a una novilla de su rebaño. Examinada la bestia notó que tenía un corte en una pata, un poco por encima de la pezuña. No comprendiendo cómo y con qué se habría podido herir el animal, siguió atentamente las huellas de sangre y acabó encontrando una espada, sobresaliendo de la maleza. Desenterrada, la llevó a Atila, que vio en ella una fausta señal y que reconoció como la espada del dios de la guerra.

MOVIMIENTO HUNO

A partir del 440 d.C., tras la caída de Cartago en manos de los vándalos de Genserico, comienza a movilizarse el ejército huno. Los sasánidas de Persia atacaron la Armenia romana, los romanos enviaron ayuda a Armenia y los hunos aprovecharon esta ocasión. Aunque parecía que Atila había incumplido el Tratado de Margo en el que se comprometía a no atacar, le respaldaba la excusa de que el prelado había violado y saqueado las tumbas hunas situadas en las cercanías del límite. Aún así, Atila pide después del ataque una satisfacción: la vida del Obispo de Margo, que realmente había sido el embaucador. Así es como los romanos comienzan a sentirse presionados. La población manifestó a las autoridades que no debían exponer a toda una provincia al peligro huno por culpa de un sólo hombre; entonces el obispo se apresuró a contactar con Atila y pactar salvar su vida mediante la entrega de la ciudad. Esta traición fue aprovechada para atacar Margo y, de paso, Constanza, Viminaco, Naiso, Singiduno y Sirmio.

El emperador Teodosio solicita refuerzos militares llegados de Sicilia bajo el mando de los generales Aspar, Aerobindo y Arnegisclo, pero el rápido movimiento estratégico de los hunos impidió el contacto de dichas fuerzas con la capital de Oriente.

El coeficiente de cálculo y astucia de Atila apreciable en sus batallas es comparado por muchos historiadores chinos con el de los conquistadores Xiong Un de las Seis Dinastías. Sus discursos, de un énfasis calculado, eran preparativos estratégicos, y en la guerra misma no ejercía tanto como capitán sino como conductor de hombres. Gustaba de pretextos diplomáticos para que al menos pareciera que el derecho estaba de su lado. En el instante más conflictivo de la batalla se situaba en lo más alto del lugar y, tras abrirse la camisa, enseñando su pecho, incitaba a su ejército a luchar sin pensar en el dolor o en el miedo.

Difícil parece que un ejército sea siempre invencible. Hasta el mejor estratega puede ver quebrantado ese mito. Tal es el caso del ataque a los ciudadanos de Aseno, donde la fuerza de perseverancia y voluntad ganó la partida. Los hunos tuvieron que negociar y el resultado fue el tratado de paz con Anatolio.

PRUDENCIA E INTELIGENCIA

Durante los difíciles años que abarcan desde el 444 al 448 d.C. Atila hubo de soportar simultáneamente el asesinato de su hermano Bleda, oleadas de hielo, inundaciones, aluviones, movimientos sísmicos, lluvias torrenciales y una peste. Por si fuera poco, deben añadirse además dos importantes acontecimientos nefastos: por un lado el debilitamiento producido por el ataque efectuado a Constantinopla, defendida por Flavio Zenón, y por la que Atila tuvo que fusionarse con los acatziros, y por el otro, la traición de algunos de sus intermediarios.

Crisafio convence al escriba griego Edeco, mensajero entre el emperador y Atila, de que en esta ocasión porte, además del mensaje, el velo de la deslealtad: el asesinato a cambio de grandes riquezas (50 libras de oro). Gracias a sus hombres más fieles, Atila conoce el complot que se fragua y llega a prohibir la adquisición de artículos en territorio huno a excepción de la comida. De esta forma apreciamos la maniobra llevada a término para desenmascarar al traidor.

Más tarde, a la muerte de Teodosio y tras el nombramiento de Marciano como emperador de Oriente, y de Honorio de Occidente, Atila está a punto de atacar el reino visigodo de Tolosa, pero se detiene porque se encuentra frente a un gran rival: Aecio, gobernador de la Galia y heredero de la tradición romana, que fue aliado del mismo Atila en contra de francos y burgundios, y que correspondió en pago a los hunos ayudándoles a consolidarse durante sus inicios en Panonia, situada entre el Tisza y el Körös.

JUSTA GRATA HONORIA

La mujer para estos nómadas representa una de tantas riquezas, tal vez la principal, después del caballo. Es la figura en quien día a día confían su supervivencia. Lógico es pensar que al recio Atila hubo de llegarle en algún momento la brisa del romanticismo y del amor. Así conoció a la hija de Flavio Constancio, Justa Grata Honoria, hermana de Valentiniano III. Pero esta princesa, que moraba en Rávena, concedió inicialmente una negativa a su declaración de amor, puesto que amaba a un ministro superintendente de cuya unión resultó un embarazo. Pese a todo, fue obligada a casarse, para ocultar el «error», con el rico senador Flavio Baso Hercolano.

Honoria, aún habiendo dado la negativa, pide ayuda a Atila para liberarse de la esclavitud de un matrimonio no deseado. Le envía un anillo imperial que éste interpreta como un «sí» a su solicitud de matrimonio. Dicho romance sería la única «debilidad» conocida que tuvo en el transcurso de su vida.

Atila exige a Valentiniano III la libertad de Honoria e incluso le reclama la mitad del imperio de Occidente que le prometió como supuesto esposo, pero descubre los verdaderos sentimientos de Honoria; tras dicha decepción, descalifica la valía de su amada y retoma su avance militar, dirigiéndose hacia Orleans, buscando una resolución definitiva, el enfrentamiento en la Champagne, punto donde los hunos fueron alcanzados por sus adversarios. Esta batalla de los Campos Cataláunicos no tuvo la importancia que algunos historiadores, fieles a las narraciones del historiador godo Jordanes, le han venido atribuyendo. Parece claro que la victoria de las fuerzas de Aecio, formadas por ostrogodos, gesidos, turingios y alamanes, además del rey visigodo Turismundo, fue sólo parcial. De hecho, los hunos pudieron regresar sin grandes dificultades a Panonia.

Tras esta gran batalla, Atila no desfallece: reúne a su ejército con intención de proseguir su camino hacia la Italia septentrional. Todas las grandes ciudades de la región caen en sus manos: Aquilea, Milán, Pavia, Concordia, Altino, Padua, Vicenza, Verona, Brescia y Bérgamo.

En el último momento pudo salvarse Turín, y sin duda también Roma, gracias a los consejos adivinatorios de mal augurio que le ofreció el papa León I Magno y a las negociaciones que tuvo con los representantes del emperador: el consular Avieno y el prefecto del pretorio Trigecio.

Se ignora si la creencia de Atila en augurios y fuerzas adivinatorias fueron positivas o nefastas para él, dado que el éxito o fracaso de aquellas posibles guerras nunca se supo, puesto que jamás se llevaron a término. Mas es posible que un personaje de su talla, influido por determinadas fuerzas ocultas, le murmurase algo que los historiadores no podemos entender.

Por otro lado, no olvidamos que en ambas potencias bélicas la admiración llegó a ser mutua, más allá de las lógicas diferencias.

DESTINO SELLADO

Atila conoce a la que sería su esposa, Ildico, recuperando con ella la ilusión perdida con Honoria. Las bodas se celebraron con gran pompa y festejos. Atila rebosaba alegría y entusiasmo.

Sin embargo al día siguiente, sus servidores le echaron en falta y entraron en la cámara de ambos esposos. Enseguida descubrieron que el cuerpo de Atila yacía sin vida junto a su esposa, la cual se cubría con un velo mientras lloraba silenciosamente. Los últimos estudios históricos revelan que desgraciadamente sufría de epistaxis (hemorragia nasal); que durante aquella noche había perdido mucha sangre y, estando ebrio, se asfixió sin llegar a percatarse.

Atila murió en Panonia, sellando así el destino de su vasto Imperio. Los hunos manifestaron el dolor que sentían en lo más profundo de su corazón, algunos hiriéndose las mejillas, y otros arrancándose trozos de carne, símbolo de que nada importaba ya; los hunos habían perdido a su Rey.

Fue enterrado bajo un gran túmulo rodeado por sus mejores jinetes, los cuales giraban dando vueltas como manifestación de homenaje, en el que se incluía un canto conmemorativo transmitido a través de dos traducciones: del huno al godo y luego al latín, y que vendría a decir lo siguiente: El más grande de los hunos, el rey Atila, hijo de Munduc, señor de poderosísimas gentes, con un poder desconocido para él, fue el amo único de los reinos escitas y germánicos, y aterrorizó a los dos imperios del mundo romano.

El cuerpo fue encerrado en tres ataúdes interpenetrados, los cuales eran de hierro, plata y oro respectivamente. El oro representa al Sol, la plata a la Luna y el hierro a la espada que el dios huno de la guerra le cedió para su gloria.

Lamentablemente, todo el legado de Atila tropieza tras su muerte con la muralla de la sucesión. Sucesión complicada, dado que tuvo bastante descendencia, tanto legítima como ilegítima (nacidos de concubinas). Será la incertidumbre ante tantos candidatos lo que provocará una lucha interna, convirtiendo el reino huno en un juguete en manos de sus enemigos.

Tras conocer toda esta variada información en cuanto a su vida, vemos cómo los tópicos más superficiales caen rápidamente desvanecidos. Si portaba vestidos realzados con bordados de brillante colorido no era por placer exhibicionista, sino por exigencias de protocolo real. No se regía por una ciega fuerza, sino por la inteligencia, dado que sus resultados fueron continuas victorias en lugar de arrebatos. Según citan las fuentes del historiador bizantino Prisco, tenía un gran sentido político, que le llevaba a considerar el dominio de las lenguas goda, latina y griega como instrumentos esenciales de su diplomacia. Ello explica que siempre se rodeara de secretarios venidos tanto de Oriente como de Occidente. Dada su capacidad organizativa, seguridad en sí mismo e inquebrantable ánimo de unir pueblos en pos de crear un Imperio, Atila realmente hermanaba a los hombres, por muy diferentes que éstos fueran, aportándoles una forma de gobierno y de orden en todos sus aspectos.

Bibliografía

El Imperio de las Estepas. Grousset. Ed. Edaf

Historia de España (II). Romanismo y germanismo. Despertar de los pueblos. Tuñón de Lara. Ed. Labor.

Roma. Historia de un Imperio. Balsdon. Ed. Guadarrama.

Atila. Bussagli. Ed. Alianza.

Historia Universal S. XXI. Las transformaciones del mundo Mediterráneo, s. III-VIII. Vol. 9. Franz George Maier. Ed. Siglo XXI España. Ediciones, S.A. 

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