ATENCIÒN EN LOS NIÑOS

A qué están atentos los niños dis-atentos?
¿Por qué Marcos está atento a estar dis-atento? Marcos muerde, pega, empuja, no tiene interés por lo que la maestra le propone, no puede seguir la lectura de un cuento ni responder a una consigna, no dibuja ni garabatea, tampoco pinta, no tiene amigos, su cuerpo se desparrama por toda la sala sin contención, se golpea, golpea a otros… Al actuar sin detenerse no puede representar ni pensar… Es imparable. ¿Qué implicancias tiene el ser diagnosticado de dis-atencional para un niño de cuatro años? ¿Habrá que medicarlo? ¿Cuál es la función del jugar en un niño que no puede parar de moverse? ¿Cuáles son las tácticas y estrategias a emplear con él? ¿Qué lugar ocupan los padres durante el tratamiento? ¿Qué ocultan y dan a ver los problemas de atención? ¿Qué hacer cuando el niño actúa la problemática que lo angustia a través del cuerpo? ¿Cómo limitar el desborde en la escena ficcional? Si un niño es considerado un “monstruo” imparable que molesta todo el tiempo en su jardín de infantes, ¿Qué hacer con él? ¿Qué laberintos escénicos deberemos recorrer para entrar en ésta historia?

En esta segunda parte, daremos un ejemplo clínico de un niño diagnosticado de disatencional (ADDH), de acuerdo a la denominación del DSM IV: Marcos es un niño de cuatro años que llega derivado por el jardín de infantes al cual concurre. En la escuela ya no saben qué hacer con él, cómo controlarlo y afirman: “Molesta a todo el mundo, muerde, pega, empuja, hace que toda la clase se disperse, no hay cómo ponerle límites, no le importa nada, no tiene interés por lo que la maestra le propone, no sabemos ya qué hacer, siempre está dis-atento, es como un monstruo”1. La primera entrevista con los padres se desarrolla del siguiente modo: primero llega la madre y me empieza a relatar verborrágicamente la historia de su hijo. Ella afirma: “Cuando nos casamos con mi esposo no queríamos tener hijos. Le quiero aclarar que ahora estamos separados. Le sigo contando la historia… nosotros no queríamos tener hijos, quedé embarazada e íbamos a abortar, pero tuve fiebre y entonces no lo hicimos. Después nos hicimos el examen de SIDA, pero no queríamos tener hijos, lo hicimos por las dudas”. “Al final, como pasó el tiempo, decidimos tenerlo. El nunca pensó en ser papá y yo la verdad tampoco había pensado en eso. Entonces nació Marcos y a mi no me pasó más nada con él”. En ese momento le pregunto “¿Con quién? ¿A quién se refería?” Ella responde “Con mi marido. Cuando nació Marcos no tuve más deseo hacia Pablo, mi esposo. No tenía ganas que me toque, ni que pase nada”. “Al final -continúa diciendo la madre- terminamos separándonos al año. Como era muy chiquito no le dijimos que nos habíamos separado. Todavía hoy tampoco se lo dijimos, nos parece que es mejor no decirle porque nos llevamos bien y Marcos no lo va a entender. El verano pasado, veraneamos los tres juntos. ¡Cuidado, estamos separados así que no pasó nada!”. Allí le pregunté: “¿Están separados o no están separados?”. “Sí, estamos separados, veraneamos juntos para que él no se dé cuenta. Cuando él estaba con el nene yo no estaba y al revés. A veces comíamos juntos, pero nada más”. En ese momento toca el timbre el papá de Marcos, y voy a responder a su llamado. Cuando me estoy yendo en dirección a la puerta, la madre me dice: “Quería decirle que en este momento yo tengo un amigo-novio pero mi ex-marido no lo sabe y no quiero que se entere, por favor, no le comente nada porque es muy celoso. Tampoco lo sabe Marcos, bueno él lo ve porque a veces se queda a dormir, pero igual yo le digo que es un amigo, no sospecha nada”. Habían pasado sólo cinco minutos desde que la madre había entrado y el discurso ansioso y verborrágico de ella parecía inundar todo el consultorio. Al bajar a abrirle al padre iba pensando “Están separados, pero están juntos… Están separados pero no le han dicho nada a Marcos… Veranean juntos, pero siguen separados… Hay un novio que nadie sabe que es novio…”. Entremezclado con esta sensación me imaginé a Marcos, desorientado ante tanta confusión y verdad no dicha. Me parecía entender esa presunta “monstruosidad” y dis-atención a la cual aludía la maestra. El tiempo que siguió de la entrevista, los padres me contaron las dificultades en ponerle un límite a Marcos, la inmadurez que tenía, al mismo tiempo lo lindo y hermoso que era. El padre siempre decía que era muy revoltoso como él y que no sabía si lo que le pasaba a Marcos era para preocuparse tanto. Lo que lo ponía molesto era que los amigos lo excluyeran porque ya no querían invitarlo a los cumpleaños y a la casa porque mordía mucho. En esa primera reunión, trabajo con los padres la necesidad de poder hablar claramente con Marcos de la separación, explicándole el por qué de ella y aclarándoles a ambos que no era por Marcos que ellos se habían separado. La imposibilidad de los padres de decirle la verdad a su hijo delimita que él actúe lo imposible de representar, de saber. Marcos no sabe por qué pega, muerde, empuja, destruye, agrede, lastima, grita. De este modo no representa ni juega, tampoco dibuja, nunca está atento a lo que el otro quiere, le demanda o desea. Pese a todo, Marcos es el niño más conocido en el jardín de infantes al cual concurre. Es imparable, no lo pueden detener. Se escabulle, sin poder contenerlo. Al decir de una docente “es una tormenta que no termina nunca”. Marcos no puede ir a una plaza, pues se pelea o molesta a otros chicos. Cuando intenta jugar no puede terminar su juego, pasa a otro y luego a otro sin concluir y finalmente sin jugar a ninguno. Si pudiera jugar, estaría en condiciones de no estar todo el tiempo presente. No puede soportar la ausencia, ella le resulta insostenible. Nadie lo invita al cumpleaños -refieren sus padres- ni quieren ir al festejo del cumpleaños de él. Hasta los papás de otros niños del jardín de infantes se quejan y piden reuniones por las agresiones que sus propios hijos reciben de Marcos. La inestabilidad caracteriza sus relaciones y su hacer. Realiza y actúa la angustia ciega y muda que no puede decir ni jugar ni representar. Pone en acto la imposibilidad, tornándose un pequeño “monstruo”, imposible de contornear; sin límite, recrea la presencia permanente, constante. De esta manera, sus padres y “todos” están atentos a él, a lo que puede hacer, deshacer, romper, desarmar, destruir, lastimar, agredir. En los comienzos del tratamiento, esta posición de estar atento a ser dis-atento también se juega en el consultorio. Marcos es un niño pequeño, menudo, sus cejas y ojos claros contrastan con una mirada esquiva, lejana. Parece insulso, incapaz de realizar las “monstruosidades” que se le adjudican en la casa, en la plaza, con los amigos o en su escuela. La primera vez que lo veo, casi sin saludarme, va a una caja. La mira, parece querer explorarla, pero al abrirla, tira lo que hay dentro de ella. Busca una canasta llena de juguetes, los va sacando como puede (de a uno, de a dos, de a tres), los deja en el suelo y corre a buscar otros juguetes. En el camino, toca unos libros y los deja. Ve otra caja, la abre y la suelta. A continuación toma otros libros, rápidamente los hojea sin detenerse. Agarra unas pelotas, las hace rodar, las va a buscar y las deja… Habían pasado quince minutos de la sesión y casi no se podía caminar por el consultorio. Las cosas estaban caóticamente en el suelo tiradas, ensimismadas entre las sillas, la mesa y el escritorio. El desborde continúa hasta el final, al despedirnos. Antes de salir, ve unos adornos y grita: “¡monstruos, cuántos hay, tenés un montón!”. Toma una lechuza (que era uno de los adornos), la mira y la deja en el mismo lugar. A continuación mira un muñeco -que sólo es una cabeza de color negro- me mira y vuelve a gritar: “¡Un monstruo!”. Le respondo: “Sí, es Cabeza Negra.” Con esta afirmación termina la primera sesión. El inconcluso enigma del maldito Cabeza Negra Estos desbordes -con algunas variantes- se reproducen con insistencia en los próximos encuentros. ¿Cómo intervenir? ¿De qué modo colocar un borde a semejante desborde? Al no existir una demanda, ¿habría que construir una? Subimos al consultorio pero esta vez, previamente, yo había desordenado los juguetes. Saqué todas las cosas de las cajas y las expandí por el suelo, tiré los libros, las sillas, la mesa y el escritorio. El suelo estaba lleno de papeles, pelotas, sogas, aros y bastones. Cuando abrí la puerta y Marcos vio el caos y desorden, sorprendido, exclamó: “¿Pero quién hizo todo es-to?”. Inmediatamente le respondo: “Fue Cabeza Negra”. Marcos me mira. Agita la cabeza y grita: “Maldita Cabeza Negra, ¿dónde estás? ¿qué hiciste?”. En ese momento decido encarnar a Cabeza Negra y, cambiando el tono y la prosodia de la voz, imitando a un monstruo, grito: “Ja, ja, ja, estoy escondido y no me vas a encontrar”. Marcos responde: “Sí, te vamos a buscar. ¿Dónde estás?”. -“Ja, ja, ja, ja… Vas a tener que encontrarme”- respondo con la voz de Cabeza Negra. En ese instante, le pregunto a Marcos: “¿Uy, cómo hacemos?”. – “Ya sé, ¿y si nos disfrazamos de detectives y lo encontramos?”. – “¡Dale, que buena idea!” -respondo. A continuación nos ponemos un sombrero, una capa y encontramos una lupa para poder explorar. Empezamos a buscarlo. ¿Por dónde estará? Vamos despacio, sigilosamente por el baño, la sala de espera, la cocina, revisamos en los rincones deteniéndonos en algunos detalles, pequeñas pistas como una mancha en la ventana, un jabón tirado en el baño, un juguete desacomodado. Hasta que me dice: – “Me parece que acá no está”. Cambiando de voz como Cabeza Negra, grito: – “Claro, estoy en el segundo piso y nunca me vas a poder encontrar”. – “Maldito Cabeza Negra, te encontraremos, ya vas a ver”. Antes de salir con nuestros disfraces de detectives, le propongo llevar unas hojas para hacer un mapa para poder ubicar a Cabeza Negra. – “Sí, vamos”, exclama Marcos con alegría. A continuación, lenta y silenciosamente salimos del consultorio, ambos disfrazados con la lupa, los papeles y lápices para dibujar el camino. Marcos se detiene en una mancha que había en el pasillo: – “Mirá, Esteban, encontré una huella”, grita. – “Tenemos que dibujarla en el mapa”, le digo. – “Sí, vamos”, responde. Por primera vez Marcos toma un lápiz y comienza a dibujar el pasillo, la huella que encontró y una marca que hacía referencia al lugar donde teníamos que llegar para encontrar a Cabeza Negra. La escena va adquiriendo mayor consistencia e intensidad. Marcos está muy entusiasmado y compenetrado en el escenario que vamos montando en la intimidad del devenir clínico. En esa complicidad dibuja la huella en el mapa y seguimos caminando por el pasillo, acurrucados y en silencio. Pese a ello, una vecina al escuchar los ruidos abre la puerta de su departamento y al vernos exclama: “¡Qué está pasando!”. Marcos le responde: “Señora, ¿usted vio a Cabeza Negra?… cuidado porque es terrible y puede entrar a su casa y desordenarle todo…”. La vecina me mira haciendo un gesto de simpatía y cierra la puerta. Lentamente, sigilosamente vamos avanzando por las escaleras y los pasillos de los diferentes pisos. En cada uno nos detenemos ante alguna pista que nos habla de Cabeza Negra, quien de vez en cuando, se ríe tratando de despistarnos para que no lo encontremos. Finalmente, en el segundo piso, entre unas plantas aparece Cabeza Negra -en realidad yo lo tenía en mi bolsillo y en un momento de distracción de Marcos lo coloqué entre las plantas-. Cuando lo ve, Marcos se sorprende y grita: “Te tenemos, ya te encontramos, ahora te vamos a atrapar”. – “¡No, por favor, perdónen-me!”, grito como Cabeza Negra. – “No”, responde Marcos. “Vamos a ponerte en una cárcel para que no te escapes más”. Entonces, juntos, lo atrapamos y lo llevamos al consultorio. Allí Marcos construye con mi ayuda una cárcel compuesta de sillas, aros, bastones y demás juguetes. En esa montaña de elementos coloca a Cabeza Negra y le dice: “No vas a salir de allí, estás preso”. Así termina la sesión. En el siguiente encuentro, Cabeza Negra nuevamente se había escapado y escondido. Desde su nueva guarida le decía: “Ja, ja, ja, me escapé, ahora voy a seguir tirando cosas y escondiéndome. Voy a ir a tu jardín y me voy a portar mal, ja, ja, ja, voy a morder a todos, a empujar y pegar patadas, ja, ja, ja…”. Marcos reacciona: “No, no te vamos a dejar, no se hace eso, no podés hacerlo, te vamos a encontrar, ya vas a ver, maldito Cabeza Negra.” Resignificar la propia historia Durante las siguientes sesiones este juego se fue afirmando y complejizando, cada vez adquiría más volumen. Las guaridas y escondites se transformaron en barcos y naves que construíamos para alcanzar al terrible Cabeza Negra que se metamorfoseaba en ladrón, peleador, mordedor o en aviador. Siempre molestaba y se portaba muy mal escondiéndose de nosotros. Al mismo tiempo que esta situación se escenificaba en las sesiones, los padres hablaron con él explicándole que estaban separados y que ya no vivían juntos. El padre finalmente pudo mudarse a una casa, donde Marcos tenía su habitación y sus juguetes. Marcos realizó un cambio muy significativo en la escuela. De a poco, comenzó a poder estar mejor en las actividades que se le proponían y que antes le resultaban imposibles de aceptar. Al mismo tiempo pudo festejar su cumpleaños -luego de pelear en sesión con Cabeza Negra que quería presentarse allí a molestarlo-, disfrutarlo y compartirlo con sus compañeros. Marcos comenzó de este modo a tener amigos. Al colocarle palabras a la situación de la separación de sus padres y poder jugar a través de Cabeza Negra su propio lugar de monstruo terrible, imposible, dis-atento e insoportable, Marcos pudo ir ubicándose en otra posición simbólica en la cual podía estar presente sin la imperiosa necesidad de actuar, moverse, agredir, morder, molestar. Podía estar atento a un cuento, a la canción o a la actividad propuesta sin actuar la angustia existencial de no saber qué estaba pasando ni qué lugar en el deseo de los padres y en esa historia él ocupaba. Cabeza Negra y Esteban lo ayudaron a colocarse en escena, a través de la representación que en el marco transferencial se generaba en el jugar mismo que se iba produciendo. Al jugar, al representar, lo infantil de la infancia le posibilita a Marcos resignificar la historia que sin darse cuenta reproducía una y otra vez en el movimiento sensorio-motor desenfrenado de su quehacer. Esta invitación a jugar la aventura insaciable de ser otro, no deja de producir sentidos: genera la pérdida de los antiguos signos y crea nuevas significancias, las que a su vez, tejen nuevas redes en las cuales Marcos puede ser él sin perderse, en la permanente actuación del instante. La dis-atención, la hiper-quinesia o la inestabilidad en el siglo XXI, enuncia el traumático pasaje del malestar infantil al estar mal del niño en escena. ¿Seremos capaces de rescatar al sujeto que en el desborde corporal y motriz enuncia dramáticamente el sufrimiento que sin salida lo envuelve e invade? Tal vez, Cabeza negra pueda acudir a nuestro rescate…2. Esteban Levin * * Esteban Levin es Psicólogo, Psicoanalista, Psicomotricista, Profesor de educación física. Director de la Escuela de Formación en clínica psicomotriz y problemas de la infancia. Profesor de la Universidad de Barcelona. Profesor invitado de diferentes Universidades del interior y del exterior del país. Autor de numerosos artículos y de los libros: “La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje”, “La infancia en escena. Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor”, “La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia” y “Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo”, de Edit. Nueva Visión. Traducidos todos al portugués por editora Vozes. E-mail: Levinpsicom@elsitio.net Web site: www.lainfancia.net Notas: 1- A los padres de Marcos, en diferentes oportunidades les sugirieron medicarlo. De hecho, a niños con estas características se los medica sin ninguna otra consideración más que el presunto diagnóstico, ¿qué consecuencias provoca en el desarrollo y la estructuración subjetiva una medicación cuya eficacia es comparada con otras drogas que provocan, entre otros efectos, acostumbramiento y dependencia? Además, según el último congreso de Psiquiatría y Neurología infantil realizado en Brasil, en niños menores de siete años causaría entre otros efectos enanismo. La ritalina se prescribe en América a más de 4 millones de niños cada año. El cóctel psicofarmacológico puede estar formado por estimulantes compuesto por anfetaminas , medicamentos coadyuvantes como antidepresivos y tranquilizantes, al cual se le pueden agregar anticonvulsivantes , tendientes a modificar la conducta y el comportamiento (ver Levin, E., “La clínica psicomotriz”, editorial Nueva Visión. 1990. Pag. 290). 2- Este artículo fue escrito a partir de la conferencia dictada en el seminario “Diagnóstico de déficit atencional en niños con o sin hiperactividad. El abordaje interdisciplinario de una problemática compleja”, organizado por el Centro Dos, en mayo/junio de 2004. Bibliografía: – Ajuriaguerra, J. de: Manual de Psiquiatría infantil. Editorial Masson. Buenos Aires 1984. – Bergés, J.: “Qué nos enseñan los niños hiperquinéticos”, revista de estudios y experiencias. Psicomotricidad. CITAP. Madrid nº 54. 1996. “O corpo e o olhar do Outro”, cooperativa cultural J. Lacan. Porto Alegre 1986. – Bergés, J. y Balbo, G.: “Sobre el transitivismo”. Buenos Aires. Nueva Visión 2000. – Freud, S.: “Tres ensayos para una teoría sexual”. O. C. Biblioteca nueva. Madrid 1973. “La afasia”, Buenos Aires. Nueva Visión 1987. – Lacan, J.: “Dos notas sobre el niño”. Analiticón nº 3. Barcelona. Ed. Paradiso 1987. “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos I. México, siglo XXI 1988. – Levin, E.: “La clínica psicomotriz”, Nueva Visión, Buenos Aires 1990. “La función del hijo”, Nueva Visión, Buenos Aires 2000. “Discapacidad. Clínica y educación”, Nueva Visión, Buenos Aires 2003. – Wallon,H.: “Del acto al pensamiento”, Psique, Bs. As., 1978. – Winnicot, D.: “La naturaleza humana”, Paidós , Bs. As., 1993.

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