Así hablo, así pienso

De un modo sutil, la gramática y el vocabulario influyen nuestro pensamiento.

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Lera Boroditsky acerca su mano a una taza de café situada encima de la mesa, frente a ella. «Si ahora tocase la taza, y esta cayera al suelo, un inglés diría: «Ella ha tirado la taza». ¡Aunque hubiera ocurrido sin querer!». La joven investigadora de la Universidad Stanford añade que en el idioma japonés, en cambio, la intención de la acción se tiene en cuenta: la forma verbal para describir que una persona derriba una taza a propósito difiere de la que se utiliza en caso de que el accidente se deba a un error fortuito. «La taza se ha caído por ella misma», sería el enunciado en sentido literal.
Para los lingüistas este fenómeno supone una de las múltiples particularidades que albergan algunos de los 7000 idiomas que se hablan en el mundo. Boroditsky, como investigadora cognitiva que es, se interesa más por la implicación que desempeñan esas diferencias para la mente. «Las características lingüísticas influyen en cómo las personas recuerdan los acontecimientos pasados», afirma.

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