Así escribe: El “relato”, de la calle a la corte

La lechuza es el ave de la filosofía. Vela cuando todos duermen. Vuela cuando anochece. Da vuelta la cabeza ciento ochenta grados como algunos maestros de yoga. Fue el ícono de Atenas y las inspiración de Sócrates.

El caracol según algunas fuentes es el molusco de los cínicos. Diógenes no tenía otra identidad y posesión que lo que llevaba puesto. Como el caracol que cubre el cuerpo blanco con la corteza dura de un techo que es su casa, el filósofo se desplazaba con el tonel que ocultaba su desnudez mientras desafiaba al poder con una política de gestos. (…) El saber y el poder no existen como tales. Los que sí existen son los sabios y poderosos, necesitan de un relato que imponga una creencia que los legitime.

La sociedad argentina tiene su relato que legitima a los protagonistas del día. La Nación es como un monstruo dormido que segrega plalabras que le dan una identidad. Las necesita para no perderse, para sentirse protagonista de un destino, depositaria de alguna misión que justifique a quienes mandan.

Un filósofo se dedica a “desrelatar”, a “contraopinar”, a no creer en lo que él mismo piensa. La conversión de un pensamiento en una creencia es igual a un procedimiento de momificación. Pensar es como respirar, la falta de aire lo acaba, lo silencia, lo aplasta. Y los voceros del saber y del poder instituyente, quieren que creamos, no sólo eso, sino que lleguemos a la cumbre de la creencia: la adoración.

Si Baruch Spinoza legó algo valioso a la civilización, fue su Tratado teológico político, en el que nos dice que las religiones, la suya para comenzar, el judaísmo, tiene por finalidad hacer que los hombres obedezcan. No buscan la verdad sino el sometimiento. ¿A qué?, se pregunta. ¿A Dios? ¿A la Ley? No, afirma, buscan la sumisión a la casta sacerdotal.

Fue otro excomulgado en la historia de la filosofía. Por tradición comunitaria de la grey sefaradí-holandesa: fue maldecido. Le hace eco a Federico Nietzsche quien dijo: “No hay que creer en lo que uno piensa”.

Después de la crisis de 2001, el “que se vayan todos” fue una frase con más contenido que el que se creía. Se quería que se fueran todos los políticos, acompañados por las demás autoridades: policía, ejército, jueces, economistas, docentes, pastores, autoridades y dirigentes en general. La Asamblea Popular se erigió como alternativa. Hoy el verticalismo y el poder unipersonal han surgido de aquella voluntad. Sucede con frecuencia: de la voluntad de liberarlo todo, el pasaje al unicato es rápido.

Pero hace diez años se produjo un derrumbe institucional. La democracia establecida en el año 1984 ya no tenía razón de ser. El país tuvo cinco presidentes en un mes. Nadie creía en nadie ni en nada. La angustia colectiva no sólo era económica.

Volver a construir una autoridad era una necesidad. Lo fue también en el año 1989. Pero en 2001 la crisis era más grave aún. Si Menem gobernó diez años fue porque se erigió como un salvador. Hoy es un demonio. En el año 2003 la figura de Néstor Kirchner era desconocida. No era más que un delegado de Duhalde. Un año más tarde dio el primer paso para reconstruir un sistema de creencias. La inauguración de la Esma fue el símbolo de la recuperación de una fe sostenida por la figura de la Víctima.

En el año 2008 el sistema de creencias basado en una relectura de los 70 se completa con la unción de un enemigo que se llamó “el campo” y se reforzó con “Clarín”. La fe se fortaleció con los ingredientes necesarios para crear la adhesión ciudadana. La muerte de Néstor Kirchner que lo unge en una pira sacrificial coronó el sistema.

La sociedad argentina volvió a creer. Sacrificio. Víctima. Mártir. Enemigo. Hereje. Mito. En eso se basa el relato. El kirchnerismo no sólo gobierna por la recuperación económica sino por una cuestión de fe. En esto se diferencia del menemismo. (…) Hemos pasado del protagonismo de Todos a la augusta presencia del Uno. De la calle a la corte. Y del Uno al canibalismo de una multitud seccionada en grupos enfrentados una vez que este ciclo sistemático queda sin su protector.

Desde mi punto de vista, nosotros no tenemos que creer en nada, sino pensar en todo para evitar un nuevo proceso de demolición y actuar de otro modo.

No es cierto que la motivación para la acción necesite de creencias prefabricadas y de utopías soñadas. La fe mueve montañas. Debe ser cierto. Una vez removidas queda el cráter.

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