Arzobispo Siluan – El testimonio de los cristianos en Medio Oriente

El testimonio de los cristianos en Medio Oriente

“El testimonio de los cristianos en Medio Oriente” es el título de la reflexión que, Su Excelencia Reverendísima Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina (Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa del Patriarcado de Antioquía), presentó en el marco de la Vigilia de oración en Memoria de los Mártires y Testigos de la fe contemporáneos, organizada por la Comunidad de San Egidio, el pasado viernes, 11 de mayo, en la Iglesia San Lucas (Iglesia Católica Apostólica Romana) situada en la Plaza Doctor Bernardo H. Houssay – Barrio Recoleta – Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En el acto, presidido por Su Eminencia Reverendísima Cardenal Estanislao Esteban Karlic, Arzobispo Emérito de Paraná, estuvieron presentes Su Excelencia Reverendísima Monseñor Emil Tscherrig, Nuncio Apostólico en la República Argentina; Su Excelencia Reverendísima Monseñor Kissag Mouradian, Arzobispo de Argentina y Chile (Iglesia Apostólica Armenia), miembros de la Comisión Ecuménica de Iglesias Cristianas en Argentina, representantes y miembros de los grupos ecuménicos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y miembros y amigos de la anfitriona Comunidad San Egidio.

Cabe señalar que, dicha vigilia, se lleva a cabo cada año, conmemorando a los que derramaron su sangre por Cristo en todos los continentes. Ese año, los organizadores hicieron mención del Padre Basilio Nassar, quien falleció, en enero pasado, en Hama – Siria, por tiro anónimo mientras ayudaba a un herido.

A Continuación, el texto de la reflexión de Monseñor Siluan:

El testimonio de los cristianos en Medio Oriente

“El Cordero que está en medio del trono los regirá,

y los guiará a fuentes vivas de aguas;

y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos”

(Apoc. 7:17)

En verdad, es difícil para mí hablar sobre el testimonio de los cristianos en Siria, el Líbano, Palestina, Irak, etc., por tratarse de un testimonio que involucra a seres queridos, el de mis padres, hermanos y amigos, que viven en la tierra donde el mundo vio por primera vez la luz de la fe cristiana, y desde donde se propagó a todos los confines de la tierra.

El testimonio de los cristianos en Medio Oriente lo ilumina la lectura del pasaje del Apocalipsis 7:9-17 con la luz del Señor resucitado, justamente al vivir en esta temporada pascual. En el centro de dicha lectura aparece la majestad de la figura del Cordero, ante quien “todas naciones y linajes y pueblos y lenguas” claman diciendo: “Salvación al que está sentado sobre el trono de nuestro Dios, y al Cordero” (Apoc 7:9-10). Es justamente esta la figura del Cordero que enmarca la vida pública de nuestro Señor y que pauta Su camino. Al comienzo, San Juan Bautista presenta a Jesús a sus discípulos con estas palabras: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29); y al final, este Cordero concluirá su vida pública el Viernes Santo, inmolado por amor para nuestra salvación, crucificado sobre el madero.

¿Quién daría importancia a un cordero? Nadie. De por sí, es insignificante, destinado a la muerte, a ser inmolado. Sin embargo, Andrés siguió al Cordero, y junto con Pedro formaron el núcleo de los primeros discípulos del Salvador (Cf. Jn 1:36-40). A ese cordero inmolado, nadie Lo encontró en la tumba el día de la resurrección. Subió a los cielos y se encuentra sentado a la diestra de Dios Padre, preparando una morada para todos aquellos que permanecen fieles a su fe en Él (Cf. Jn 14:2; 3), a fin que estén con Él (Cf. Jn 17:24).

Muchos que forman parte del rebaño de este Cordero han tenido la misma suerte que Él, especialmente aquellos que se encuentran todavía en aquella tierra, la que es cuna del cristianismo. En ellos, se realizó la observación del Señor: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor” (Mt 10:24). Examinando su testimonio a la luz de la resurrección de Cristo, destacaríamos distintas aspectos para nuestra edificación: en primer lugar, su testimonio de la alegría de su fe, alegría que nadie puede quitar, ya que ser cristiano no es un tema de temor para ellos, sino que lo viven como una evidencia; en segundo lugar, su testimonio de una presencia de la que atestigua la historia, su patrimonio, sus relaciones y realizaciones; y por último, su testimonio del don de la vida que se refleja en toda situación, en reconstruir lo destruido, en luchar por la convivencia, la paz, la construcción de la sociedad de derechos, de justicia y de igualdad entre ciudadanos, y en servir al otro, cualquiera fuera, porque es importante para ellos.

Ese testimonio muy valioso y precioso en Medio Oriente enfrenta desafíos existenciales de gran relevancia, como es el tener miedo por el presente y el futuro, abandonar su tierra, emigrar, constituirse en ghettos para defenderse, olvidarse de que la vida en la tierra no es eterna, caer en la tentación del odio y de la venganza, perder la esperanza en poder reconstruir las relaciones y subsanar la heridas.

No cabe duda que ellos viven un tiempo difícil y crucial. Pero el sentido del tiempo, desde el punto de visto de nuestra fe, tiene un valor trascendental. Por un lado, es un tiempo de preparación, en el que los hijos pródigos vuelven a la casa del padre (Cf. Lc 15:11-24), y serán “vestidos de luengas ropas blancas” y tendrán “palmas en sus manos” (Apoc 7: 9). Por otro lado, es un tiempo de santificación, donde sus sacrificios serán generosamente recompensados y sus esperanzas completamente justificadas. Por ello, en la óptica del Cordero, el tiempo presente es un tiempo de esperanza y de realización de la promesa del Señor.

Si el mensaje del libro de la Apocalipsis es un mensaje de consuelo, de fortalecimiento, de promesa de vida eterna y de triunfo, eso es porque no considera a los cristianos como víctimas de las potencias del mal y de los intereses de los poderosos en las situaciones que les toca vivir. Todo lo contrario, los considera como colaboradores de la Providencia de Dios a fin de transformar dichas situaciones en un espacio de salvación y de redención, y transfigurarlas en un tiempo de testimonio a diario, duradero, por el martirio de la paciencia y de la valentía, y no solo de la sangre.

En todo ello, el testimonio del Cordero no ha sido más brillante que en el lugar donde fue ofrecido, es decir el madero de la cruz, y en el lugar donde fue sepultado, es decir la tumba. Tanto la cruz como el sepulcro vacío se transformaron como señales de nuestra fe y signos de nuestra esperanza, y dieron a cada sacrificio de los miembros del rebaño del Cordero un valor eterno y salvífico.

Dios quiera que el testimonio de los cristianos en Medio Oriente siga como sal de la tierra, “porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal. Buena es la sal; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será sazonada? Tengan sal en vosotros mismos, y tengan paz los unos con los otros” (Mt 9:49-50). A ellos, “El Cordero que está en medio del trono los regirá, y los guiará a fuentes vivas de aguas; y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apoc 7:17). ¡Cristo resucitó!

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