Artista mendocino, rey de París

En una caja negra, un rombo de luz colorado se acercaba y alejaba hipnóticamente. “Es magnífico, abuela. ¿Quién es?”, preguntaba Nicolás en la inmensidad del Palais de Tokyo, en la primera gran retrospectiva del artista argentino Julio Le Parc en Paris.

“Es un señor muy inteligente, muy creativo, que juega con la luz y las formas para darnos placer” respondió la abuela, en un modelo de síntesis para su nieto de ocho años.

La abuela y su nieto representan el sueño de arte interactivo del maestro Julio Le Parc, que después de 55 años de vivir en Francia, recibió su gran homenaje. El Palais de Tokyo, un templo de la modernidad, le abrió los brazos y las puertas a su obra para que desplegara su arte cinético. Una muestra que se inauguró el miércoles y que sus concurrentes ya consideran “la Expo del año”.

Mas de 9.500 personas se reunieron en el vernissage (la inauguración) de la muestra, distribuida en 2.000 metros cuadrados, en uno de los grandes centros de arte moderno vanguardista de la capital francesa. Dos páginas dedicadas al pintor argentino en el diario Liberation, en Paris Match, y en la televisión francesa lo elogian, en otro gesto de reconocimiento.

Maestro talentoso, malhumorado, comprometido política y socialmente y gruñón, el mendocino Le Parc sigue siendo la vanguardia del arte. Prefiere continuar reparando obsesivamente un resorte en su atelier de Cachan para terminar una de sus obras que atender a una fila de periodistas curiosos y críticos. O elige encontrarse con sus amigos “Grav” (Grupo de Investigación de Arte Visual , en francés), con los que comparte las sesiones del arte cinético en la galería Lelia Mordoch, donde también está presentando sus esculturas de acero inoxidable de 150.000 euros y sus telas, en sus famosos e inalterables 14 colores, “en su intento de limitar al máximo el testimonio de subjetividad de un artista”, según la curadora Daria de Beauvais.

“Me siento muy satisfecho con la exposición. Con la arquitectura del Palais de Tokyo ha tomado una forma más espectacular y el recorrido acordado con la curaduría ha quedado bien” explicó Le Parc ,con modestia, a Clarín.

“El aún no se ha dado cuenta de lo que le está pasando. ¡No cayó!”, reflexionó Estela Gismero Totah, su marchande porteña, que vino especialmente a París.

Si después de 55 años en Francia Le Parc asombra a París, se lo debe no sólo a su talento sino a Yamil, su “gestor cultural”. No hay nada mejor que un hijo para promover el arte de su papá, por mas difícil que sea trabajar con un padre.

“Papá está muy contento porque era una cita con París que esperábamos hace muchos años” contó Yamil, que es cantante. “La más importante había sido hasta ahora en el Pompidou Metz el año pasado. Pero el director del Palais de Tokyo, Jean de Loisy, sensible, inteligente, creyó que Le Parc debía tener una muestra así”.

Yamil decidió evitar los estereotipos a la hora de diseñar conceptualmente la exposición: “Al principio, el riesgo era hacer una exposición histórica, que queríamos evitar, porque son artistas vivos que parecen muertos. Eso no corresponde a Le Parc. Le dije a papá que tenía que poner obras de 2013 para que la gente se diera cuenta de que es un artista contemporáneo y moderno, que está vigente y creando. Y adaptando obras de los 60 a las dimensiones del Palacio de Tokyo, que es lo que se hizo”.

Le Parc trabaja con plano, regla y lápiz. “Todo se hace bajo su autoridad y bajo su vigilancia y la mía. Decidimos no pedir prestadas obras. Hicimos entonces las obras que faltaban”, precisó Yamil.

La puesta es espectacular y gigante. La idea inicial era desplegarla en 1.000 metros, pero después Le Parc decidió hacer nuevas obras y el espacio se multiplicó, junto con el agotado presupuesto del Palais de Tokyo.

Un “borgiano” laberinto de espejos de siete metros marca la entrada de la muestra, donde la gente se pierde, se inquieta, se perturba, se interroga, se mira, se ríe y busca la salida. Después se encuentran con un mundo de blanco y negro, rojo furioso, verde, azul intenso, cilindros luminosos, luces de sinuosos movimientos y móviles en diferentes salas, que van develando el mundo de Julio le Parc.

Alquimias, contorsiones, relieves, desplazamientos, luces. Modulaciones y sus espectaculares móviles. La marca e identidad Le Parc, un genio huraño y flirteador, que es hoy un “marca” del arte en París. Mezcla la madera, el plástico, los motores, el acero inoxidable, las rayas, el acrílico, para generar un mundo fantástico y lúdico que demuele todos los conceptos tradicionales de arte.

Son sus obras de la década del 60 las que más entusiasman y sorprenden a un público que no lo conocía. La “Sala de Juegos” presenta a Le Parc en sus diferentes formatos y muestra su compromiso político y social. Un japonés disfrutaba de poder matar a pelotazos a una figura del Tío Sam en Hacer caer los mitos. Otros hacían su catarsis ideológica enPegarles a los jerarquía s o en Elegir al Enemigo con figuras de policía, de dictador, de inspector de impuestos, de periodista, de diputado o de patrón a las que se les puede disparar con dardos, o boxear.

“Siempre la gente reacciona así. ¡Hasta una vez en Alemania, cuando decían que los alemanes eran fríos! Los problemas siguen igual. Son los mismos. En algunos países están peor que en el siglo XX”, alertó Le Parc sobre su intacta protesta política.

Este es el año de Julio Le Parc. En homenaje a sus 85 años se abre en Río de Janeiro una gran exposición de “Le Parc Lumiere” y el 7 de abril en el Gran Palais en París presenta 12 de sus históricas piezas junto a sus amigos del arte cinético.

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