Arte, cultura y conflictos en la República Democrática del Congo

El ser humano puede ser considerado como una producción cultural, aunque la cultura, a su vez y en todos sus aspectos, se considere también como una elaboración contextual del ser humano. El arte congoleño define, en este sentido, una admirable manifestación del entramado político, social y religioso de ese enorme país sito en el corazón de África. Se puede descubrir este arte a través de pequeños objetos de uso cotidiano como las vasijas, las cestas, las ropas, las escarificaciones en el cuerpo humano, el trenzado de pelo, etc. También se elaboran artesanalmente piezas de gran belleza a partir de materiales como el barro, el marfil, el hierro, la arena, el cobre, la malaquita, el mimbre, la madera, el bronce, el oro…

 

Kongo fue uno de los reinos bantúes más antiguos de África, el primero conocido por los navegantes occidentales del siglo XIV. En la actual República Democrática del Congo (antes Congo Belga, luego Zaire) hay una enorme diversidad cultural, reflejo de los cientos de etnias y de sus distintas formas de vida. Se hablan más de 240 lenguas, de las que sólo cuatro poseen el estatus de lengua nacional: el kikongo, el lingala, el tshiluba y el swahili. El francés es lengua co-oficial y se utiliza también como un idioma de intercambio entre los grupos étnicos.

Fuerza y esencia

El arte congoleño, igual que el de toda el África negra, tiene el propósito de prolongar en el tiempo la acción vital que se transmite entre el artista y los espíritus protectores de la comunidad. El artista congoleño tradicional, en su aislamiento durante la realización de una obra, sabe que, lejos de estar realizando una creación personal y libre, está revelando a los contemporáneos y a las futuras generaciones el misterio de la naturaleza que él ha descubierto con la observación o con la experiencia directa de su entorno. Trata de plasmar en las diversas formas plásticas (pintura, escultura, música, interpretación teatral, etc.) la esencia de la vida sin límites, la fuerza vital procedente de las divinidades, que se transmitirá al objeto en el momento del culto.

En este sentido, las máscaras, por ejemplo, que son las formas artísticas probablemente más comunes en el Congo y en toda África, poseen una amplia gama de significados relacionados con el uso que se hace de ellas en los ritos sagrados.

También la música y el baile forman una parte importante del conjunto artístico congoleño, con especial auge durante el período de prosperidad del gobierno de Mobutu Sese Seko (1965-1980). La música remite, dentro de este entramado artístico-cultural, a las relaciones humanas en su dialéctica de dominación-sumisión, en su lucha del día a día por la supervivencia, así como en sus momentos de penuria y en sus anhelos de tiempos mejores. Existen bailes de la realeza, folclóricos, sacerdotales y para ceremonias específicas como las de curación, de guerra, de enterramiento, etc.

Junto con la escultura, la pintura, el teatro y el lenguaje, la música pertenece a la misma categoría de los usos socio- religiosos que son caminos mundanos de felicidad y vehículos para la plenitud sobrenatural. La música congoleña ha sido pionera dentro y fuera del continente durante más de tres décadas después de la independiencia (1960), con músicos importantes como el viejo Wendo, Franco Lwambo Makyadi, Pépé Kallé, Tabu Ley, Tshala Mwana, Mbilia Bel, Abeti Masikini, Lutumba Simano, Papa Wemba, Kofi Olomidé, Bozi Boziana, Werrason Ngiama, Lokwa Kwanza, etc. Algunos fueron encarcelados por cantar contra la dictadura de Mobutu. El arte musical congoleño, en este sentido, ha servido como instrumento de rebelión contra sistemas sociales injustos.

Lo mismo ocurrió con la literatura, que ocasionó el exilio de muchos pensadores y escritores congoleños de renombre nacional e internacional. Muchos de los escritores que citaremos a continuación han vivido o siguen viviendo en el extranjero huyendo de las represalias dictatoriales del país. Hablamos de Valentin-Yves Mudimbe, Sony Labu Tansi, Pius Ngandu Kashama, Amba Bongo, Maguy Kabamba, Christine Kalonji, Dieudonné Mukala Kadima-Nzuji, Zamenga Batukezanga, Leonie Abo, Bwakasa Tulu Kya Mpanzu, Okolo Oronda, Patrice Nyembe, Antoine Roger Bolamba, Kabika Tshilolo, Lima-Baleka Bosekilolo, Kavidi-Wivine N’Landu, Paul Lomami Tshibanda, Clémentine Faïk- Nzuji y Pierre Mumbere Mujomba, entre otras personas.

Memoria y saqueo

Desde el siglo XV, el arte y la cultura han sufrido cambios brutales en Congo a causa del colonialismo, de la evangelización, de la lucha por la independencia, de la dictadura de Mobutu y, más recientemente, de la horrible guerra que inició Kabila padre para derrocar al decadente Mobutu.

Igual que muchos otros elementos del mundo congoleño [1], el arte también ha sido saqueado, llegando a sufrir lo que conocemos hoy como un auténtico memoricidio: una destrucción despiadada de los bienes culturales que sufren algunos países por causa de guerras o planificaciones ideológicas imperialistas.

En efecto, la realidad del arte congoleño ha navegado desde entonces siempre entre las mefíticas aguas de la colonización, de las guerras hegemónicas y del actual mecenazgo capitalista. El saqueo llegó de la mano de los colonos, que trabajaron codo a codo con los misioneros, primero para encasillar el arte tradicional congoleño en la categoría de fetichismo y luego para llevarse las piezas de interés arqueológico a los grandes museos de las metrópolis de Belgica, Francia, Portugal, Alemania, etc.

Todas las guerras del Congo han tenido también una consecuencia nefasta en el desarrollo artístico local. Las guerras llamadas tribales (de independencia, secesión de Katanga…) y las imperialistas disfrazadas de guerras de liberación (1997-2002) se han llevado a cabo siempre con el mismo afán, que yo llamo el de las tres “D”: dividir, destruir y dirigir. Y como ocurrió con los belgas en la destrucción de los llamados fetiches, Mobutu también destruyó cualquier indicio artístico que le recordase a los belgas tachándolo de elementos de alienación. Lo mismo hizo, después, Kabila (padre) destruyendo monumentos y otras referencias artísticas y culturales que le olían a la dictadura de Mobutu, una perfecta cadena de destrucciones siempre en detrimento del arte local.

El arte congoleño sigue padeciendo hoy un saqueo, con el llamado éxodo cultural, el sistemático expolio artístico por parte de pequeños e improvisados mecenas. Pero, a pesar de todas estas nefastas experiencias, los usos y costumbres artísticas del pueblo congoleño han logrado mantener siempre su identidad y funcionamiento interno, conservándose casi intactos entre los diferentes grupos étnicos. Congo cuenta actualmente con numerosos museos, los más importantes en las provincias de Kinshasa, Lubumbashi, Kisangani y Equateur. Las bibliotecas más destacadas se encuentran en las universidades de estas provincias y en organismos privados que generalmente pertenecen a las iglesias cristianas.

Nace ahora una nueva generación de artistas que lucha por dar un nuevo sello de identidad al arte y a la cultura congoleña a pesar de las dificultades políticas y económicas que atraviesa el país. Los representantes de este nuevo mundo artístico y cultural son, entre otros, los escultores Mê Liyolo y Nginamau; los pintores Chéri Samba y Ngandu Muela; los cineastas Ngangura Mweze y Jean-Michel Kibushi Wooto; y el artista de dibujos animados Barly Baruti. En definitiva, el arte y la cultura congoleña avanzan hoy de diversas maneras buscando escaparse, como siempre, de las garras del mundo capitalista empeñado en apoderarse de su identidad. Sigue luchando para evitar la desaparición de su sentido más profundo y para conservar para los habitantes del país la posibilidad de saber quiénes son y hacia dónde van.

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