ARAGÓN MUDÉJAR

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

Cuando el Islam llegó a la Península Ibérica, ya se había alimentado de tradiciones tan dispares como la grecolatina, la bizantina, la sasánida, la selyuquí o la bereber, y en nuestra tierra sumó a todo ese bagaje cultural nuestras ricas tradiciones (celta, ibera, romana, visigótica…), naciendo así una cultura de un valor universal.

La civilización musulmana fue eminentemente urbana y, por este motivo, se fundaron tras la conquista numerosas ciudades y se revitalizaron otras más antiguas, que tras la caída de la autoridad imperial de Roma, se habían ido despoblando en favor de pequeños núcleos rurales.

En estas ciudades se cultivaron las artes y las ciencias, fundándose centros de estudios, como el creado por el rey Hudí Al-Muqtadir en el palacio de la Aljafería de Zaragoza, del cual, diversos testimonios nos hablan de la belleza de sus fuentes, del aroma de sus árboles exóticos y de la esmerada decoración de sus salas, las cuales fueron lugar de encuentro de pensadores, poetas, astrónomos y médicos. También destacó la Escuela de Traductores de Tarazona (Zaragoza) que todavía pervive.

Tras la disolución del Califato de Córdoba y la formación de los Reinos de Taifas, comenzó a finales del siglo XI el proceso de reconquista de los territorios ocupados por los musulmanes por parte de los cristianos. Alfonso I «el Batallador» entraba en la ciudad de Zaragoza en 1118, iniciándose a partir de ahí otro proceso, el de repoblación de los terrenos recuperados, lo que hizo necesaria la permanencia de los habitantes musulmanes, ahora denominados «mudéjares». El término proviene del árabe «mudayyan» que significa: «aquel a quien se le permite quedarse».

CARACTERÍSTICAS DEL ARTE MUDÉJAR

El arte mudéjar engloba a todas aquellas manifestaciones artísticas que se desarrollaron en España desde finales del siglo XII hasta principios del siglo XVI, cuya principal característica es el empleo de formas y técnicas de origen árabe en la construcción de obras en territorio cristiano.

Este estilo se aplicó tanto en la arquitectura religiosa, en iglesias, mezquitas y sinagogas, como en la arquitectura civil, aunque fue en la primera en la que alcanzó mayor presencia.

En general, fue un arte que se guió por escasas normas, esencialmente decorativo y que supo adaptarse a los materiales que encontraba en las zonas en las que se difundió, los cuales eran baratos aunque relativamente frágiles: yeso, ladrillos, barro vidriado…

Las iglesias mudéjares presentan entre una y tres naves rematadas en ábsides semicirculares. Las cubiertas suelen ser planas o, más frecuentemente, a dos aguas realizadas con armaduras de madera. Otro elemento característico es la presencia de torres, que, por lo general, se elevan junto a la fachada o junto al ábside, y que muestran fantásticos conjuntos geométricos de yesos y cerámicas de distintos colores.

También hay que tener en cuenta su presencia en la cerámica, en especial en los alfares de Manises.

EL ARTE MUDÉJAR EN ARAGÓN

El mudéjar aragonés se circunscribe principalmente a la zona de los valles donde la escasez de la piedra sillar para el trabajo de cantería es total: el valle medio del Ebro, la cuenca del Jiloca y del Jalón. Estos eran territorios muy ricos, plagados de fértiles huertas, regadas con acequias de nueva construcción o remodeladas de la época romana, pero como hemos dicho, con suelos abundantes en yeso, de los que era imposible extraer piedras de calidad para las construcciones.

Ciudades como Zaragoza, Tarazona, Calatayud, Daroca o Teruel, atesoran ricos monumentos mudéjares, algunos de los cuales, aunque comenzados a construirse en piedra, fueron terminados con el ladrillo propio del estilo mudéjar, como podemos observar en los ábsides de la Seo zaragozana o en algunas iglesias de Daroca.

En Aragón predominaron las iglesias de una sola nave, cuyas torres conservaron la estructura de los alminares musulmanes. También son abundantes los claustros, muy sobrios de estructura y totalmente decorados.

EL MUDÉJAR EN LA ACTUALIDAD

El paso del tiempo, las guerras que tuvieron por escenario Aragón y el desinterés, fueron dejando su inexorable huella en estos monumentos, para cuya construcción, como se ha visto, se utilizaron materiales de relativa fragilidad, como el yeso o el ladrillo.

Pero desde finales del siglo XIX, numerosos arquitectos, escritores y estudiosos en general, retoman el interés por este estilo tan singular: se redactan monografías, libros, cuadernos de viajes, se realizan dibujos, fotografías…. e incluso los arquitectos proyectan sus obras con un estilo que recuerda al mudéjar en muchos aspectos, como la antigua Facultad de Medicina de Zaragoza, obra de Ricardo Magdalena, o el edificio de Correos de esta capital.

Pero no es hasta el año 1986 cuando el arte mudéjar sale de su anonimato, al ser declarada la arquitectura mudéjar de Teruel Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Fue el primer paso de una larga carrera para salvaguardar el arte mudéjar para las generaciones futuras, pues ya no se trata de un estilo artístico más en la Historia del Arte, sino de un símbolo de cómo distintas culturas pueden unirse y trabajar juntas cuando existe un elemento superior, como el Arte en este caso, que se coloque por encima de intereses materiales y temporales.

El 14 de diciembre de 2001, seis nuevos monumentos fueron declarados Patrimonio Mundial: el palacio de la Aljafería, la iglesia de San Pablo, la seo de San Salvador y su parroquieta de San Miguel en Zaragoza; la iglesia de Calatayud, la de Cervera de la Cañada y la de Tobed.

Además, las instituciones aragonesas están extendiendo la denominación de Bien de Interés Cultural a las construcciones mudéjares que salpican el territorio aragonés, recordándonos que ésta fue una tierra de convivencia entre distintas culturas.

En palabras del Director General de la UNESCO: «el reconocimiento del mudéjar ha sido costoso, pero al final, efectivo. Un duro trabajo que señala a este arte como universal porque responde a un hecho socio-cultural que plasma, de manera fiel, la convivencia entre las culturas musulmana y cristiana».

Ojalá sepamos conservar este legado artístico y su dimensión humana, que nos habla de fraternidad entre los pueblos, uno de los mayores retos a los que se enfrenta la Humanidad a comienzos del siglo XXI.

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