APRENDER A ESCUCHARSE

Es muy importante escucharse a sì mismo ,eso hace a no decir cualquier cosa o a corregirlas

La historia que vais a leer a continuación está basada en hechos reales. Trata de cómo, a veces, no nos escuchamos lo suficiente y, en nuestra coherencia interna, se encuentran todas las respuestas. Comienza así:

«Una mujer, excesivamente tímida e insegura, se encontró en ese fatídico momento de terminar los estudios universitarios y buscar trabajo. Su características personales se lo impedían. A menudo se quedaba en la puerta de los edificios y se daba media vuelta antes siquiera de cruzar el umbral. Estaba convencida de que ni siquiera pasaría la entrevista de trabajo que había concertado. Era trabajadora y responsable, pero en el trato con la gente se volvía tímida, insegura, con una sensación de incapacidad que lo colmaba todo hasta el punto de ni siquiera intentarlo. Así que, pasó una época terrible porque sabía que tenía que pasar por ese obstáculo si quería encontrar trabajo: «nadie te va a venir a buscar a casa»-decía delante del espejo.

Realmente, lo pasó mal, muy mal. En las pocas entrevistas de trabajo a las que fue, estaba tan sumamente nerviosa que contestaba tartamudeando o, simplemente, se quedaba en blanco sin saber qué decir, aunque la pregunta fuese tan simple como «¿cuántos años tienes?» Sobra decir que nunca la llamaron y que ella era consciente de todo esto, pero tampoco sabía cómo solucionarlo.

Entonces, un día, alguien confió en ella. Un desconocido. Es decir, un amigo de una amiga en común que supo que buscaba trabajo, la «enchufó» en la selección de personal de la fábrica en la que trabajaba. Y ella consiguió su primer trabajo. No necesitó entrevista personal ni nada parecido, simplemente la llamaron para decirle «tal día a tal hora». Se sentía tan en deuda que, al principio, estaba demasiado rígida porque sentía la responsabilidad de hacerlo bien por que le renovaran el contrato temporal, pero, por otra parte, por que no quería que los jefes se quejaran a aquel que la había recomendado. No lo conocía de nada, a lo mejor era un gilipollas, sin embargo, le había dado una oportunidad que difícilmente tendría yendo como iba por la vida.

Pasó el tiempo, le fueron renovando su contrato temporal, no había quejas por parte de los jefes (incluso, le decían al «recomendador» que estaban muy contentos con su trabajo), etc. Todo fue bien, muy bien.

Más tarde, se quedó embarazada y, con ello, tuvo que dejar el trabajo porque requería de un esfuerzo físico considerable y su nuevo estado no se lo permitía. También hubo una mudanza de casa y de ciudad. Todo cambió. Volvió a ser ama de casa y a cuidar de sus hijos. Cuando el segundo había cumplido su primer año, sintió la necesidad de trabajar otra vez, pero en el pueblo en el que vivían no tenía ni idea de por dónde empezar. Sin embargo, cosas de la vida, una vez más, una vecina muy mayor, a punto de jubilarse de su hostal, la recomendó para trabajos de limpieza. Nunca habían trabajado juntas, la jubilada sólo lo hizo porque esta mujer le caía bien. Se arriesgó en base a eso.

Jamás, nuestra protagonista se sintió tan agradecida. Y, en mitad de aquella locura, le surgió un trabajo y luego otro. Como pagaban por horas, bien le venía tener varios para sacar un sueldo decente a finales de mes. Incluso, una pareja vino a su casa a buscarla, pues se habían enterado de que trabajaba en limpieza y necesitaban a alguien. Al final, cosas de la vida, sí sucedió: la vinieron a buscar a casa. Esta mujer hizo lo imposible por cumplir con todos a los que había dicho que sí. De pronto, surgió el último de sus trabajos, pero éste ya con entrevista previa incluida. Y fue, decidida, resuelta, sabiendo qué preguntar y qué contestar, con una seguridad que siete años antes no habría tenido. Fue consciente de ello, tan consciente que agradeció al universo toda aquella casualidad (o causalidad, llamadle como queráis). La agradeció de tal manera que sintió la necesidad de devolver el favor, pero no sabía cómo.

Las cosas deben de estar escritas para que sucedan en su momento adecuado, eso está claro porque, unos años después, se quedó embarazada de su tercer hijo y ya no pudo atender a las familias para las que trabajaba. Al principio, muchas le preguntaron por una sustituta, pero otras preferían esperar a que terminase la parte más dura del embarazo y la cuarentena para que fuese ella la que siguiese limpiando la casa.

Sin embargo, esta mujer se encontró con una disyuntiva enorme. La persona que iba a recomendar, a la que conocía bien, tanto en carácter como en forma de trabajo, se había ido del pueblo. Supo de otras personas que también buscaban trabajo, pero no las conocía tan bien como para fiarse. Sintió el pánico de que lo hiciesen mal, de que estafasen a los que pronto serían sus ex-jefes y todo lo que repercutiría esa situación sobre sí misma. Su primer impulso fue llamar a los jefes y decirles que, sintiéndolo mucho, no había encontrado a nadie para una sustitución, pero algo la comía por dentro. Aquella emoción la identificaba con el egoísmo, el miedo y la incoherencia.

Todas las veces que la recomendaron, a ella tampoco la conocían. Las personas que lo hicieron se arriesgaron igual que ella se arriesgaría ahora… por una desconocida. No podía seguir diciendo que se sentía agradecida por aquel cúmulo de situaciones y, después, mirar para otro lado mientras le estaban pidiendo ayuda. Eso no era coherente. Tenía que escuchar lo que su propia voz le decía.

Era su momento de devolver el favor. Comprendió que, muchas veces, no se trata de hacerle bien a quien te ha ayudado, sino hacerle bien a otros que se encuentran en la misma situación en la que tú estuviste. No se trata de «devolver el favor» a una persona en concreto, sino al universo. Si todos formamos parte de una misma maquinaria, se trata de cuidar al resorte que tienes al lado, independientemente de quién sea, para que todo vaya bien, en un equilibrio constante: un día, un desconocido confió en ella respecto a algo que, para ella, era importante y necesario; hoy, una persona desconocida necesita que ella haga lo mismo.

Y así lo hizo. Al final, esa fue su respuesta.»

Una de las reflexiones de esta historia es que, en muchas ocasiones, nos sentimos tremendamente agradecidos hacia alguien por algo que ha hecho, pero no podemos devolverle el favor: o bien porque no lo necesita o bien porque se ha muerto… cuántas veces hemos llorado sobre una tumba pensando «cómo me gustaría haber tenido tiempo para pagar por aquello que hiciste por mí», por ejemplo. Quizás, esa persona se alegraría de verte haciendo lo mismo por otro. O, quizás, el propio universo (Dios, la vida, llamadle como queráis) ya nos pone en situación de dar y recibir; y, una vez más, no es cómo nosotros pensábamos ni cómo nosotros queríamos, pero la situación es la misma y nos toca responder para que esto siga rodando.

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