Aportes de la espiritualidad tradicional para nuestro tiempo

Los domingos solían ser días tranquilos y silenciosos en aquella Abadía, pero ese domingo era diferente: en el salón de conferencias, en la planta baja de la hospedería, un monje y varios huéspedes tenían una reunión. El tema era el evangelio de San Juan y el significado teológico y simbólico de sus situaciones y personajes…El sol entraba suavemente por las ventanas que daban al jardín del claustro, iluminando el salón mientras algunos concurrentes mateaban, tomando notas en sus cuadernos, y otros se sumían en una especie de ensoñación, un estado de atención flotante, donde las palabras del hermano Franco se fundían con el ambiente tibio y soleado, integrando un estado particular de quietud y paz cósmicos…

Y entonces, el hermano Franco habló del monasterio como centro de irradiación espiritual, preguntándose enseguida por el sentido de uno que no cumpliera con esa función…
El hermano Franco tenía razón: efectivamente, el mundo necesita de la espiritualidad que el monasterio – una institución tradicional perteneciente a una Forma Tradicional legítima, cuyas raíces se hunden en la Tradición Primordial – puede brindar.

La vida monástica – como toda forma de vida tradicional – tiene mucho para ofrecer a la sociedad, sin que eso signifique para los monjes perder su individualidad y su estado de retiro del ajetreo mundano (en la búsqueda de Dios para estar en Su presencia, todos los días de la vida) y sin que ello signifique, por cierto, que todas las personas deban transformarse, a su vez, en monjes…
Finalizando la reunión, varios huéspedes manifestaron, en diálogos mutuos, su necesidad de acompañamiento espiritual, comentando su dolor por ciertas pérdidas, sus duelos, sus esperanzas y deseos, etc.
Más allá de los detalles particulares de cada situación, en todos se manifestaba una profunda nostalgia por la paz existencial, un deseo y una necesidad imperiosa de estar en armonía consigo mismo y con el mundo, una sensación de que las cosas no funcionan como debieran o como podrían y que el mundo se ha vuelto un lugar agresivo y difícil para vivir…

Y surgió entonces – ¿porque no? – la idea de acercar la espiritualidad tradicional, en todos sus elementos, a la vida de las ciudades, donde hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, son tironeados por los vaivenes de su mundo interno, por sus “demonios” personales, sus angustias y temores; allí, en medio de un sistema de consumo y de supuesto confort, el ser humano sigue buscando, como antaño, las respuestas a las mismas preguntas existenciales de sus ancestros…

Y es que la tecnología y la industria, si bien aportan instrumentos útiles para la vida cotidiana (desde heladeras hasta incubadoras para bebés prematuros, por ejemplo), no han resuelto los grandes temas de la existencia humana: el paso del tiempo, la muerte, el dolor (físico, psicológico y espiritual), el amor y, la verdadera pregunta subyacente a todas las demás, el sentido…

Y es que la ciencia experimental y su aplicación práctica, la tecnología, no constituyen el instrumento idóneo para el trabajo emprendido: no se puede abordar el mundo interno, el mundo del espíritu, con elementos externos.

La existencia, por sí misma, no puede resolver las preguntas esenciales del hombre.

A decir verdad, el hombre de este tiempo sigue enfrentado a un vacío angustiante para el cual le faltan o no le alcanzan las respuestas; frente a esa falta de sentido se han intentado múltiples soluciones y vías de escape, pero sin embargo, las ciudades siguen abarrotadas de personas que se maltratan mutuamente y a sí mismas, llenas de mal humor y agresividad.
La vida cotidiana de nuestro mundo oscila entre la lucha desenfrenada por el éxito (entendido en términos de logros económicos y de estado social, el “status”, en pos de lo cual la gente se mata mutuamente, en forma manifiesta o sutil pero siempre efectiva) y las actividades escapistas (que funcionan como tímidas válvulas de escape para la presión social, siempre en aumento).

Como si esto fuera poco, la actividad humana, profundamente utilitaria e irrespetuosa del medio ambiente, ha generado cambios climáticos ya irreversibles, por más que digan que no es así aquellos que, en el corto plazo, se benefician de las actividades industriales nocivas y depredadoras que producen, específicamente, dichos cambios.
El calentamiento global, la manipulación genética, las mutaciones de virus y bacterias, el deterioro creciente de la capa de ozono, la contaminación del agua, la extinción de especies animales y la deforestación, no son situaciones tan alejadas como se cree (o se nos quiere hacer creer) de las angustias existenciales humanas de cada uno de nosotros; son en verdad, consecuencia de un modo de vivir, una manera de estar en el mundo, unos con – o contra – los otros, buscando paliar esa angustia primigenia, original, cuyas raíces se hunden profundamente en las sombras inconscientes de nuestro psiquismo…
El sometimiento, la agresión hacia el prójimo y el desdén por la vida del otro son, en definitiva, intentos ineficientes y mal canalizados de respuesta ante la angustia, la soledad y el dolor existenciales, donde se transforma al prójimo en un objeto para el uso personal, cosificando al hermano y despojándolo de su humanidad: así surgen la trata de personas, el abuso sexual, el maltrato infantil, la denigración de los ancianos y de aquellos que simplemente poseen algún tipo de discapacidad, el tráfico de órganos, el tráfico de drogas de todo tipo, la producción de guerras, la experimentación de fármacos (en animales y en humanos), la mutacion genética producida en laboratorios (con fines económicos y de sometimiento), crímenes en general que son el resultado inevitable de la dirección que la sociedad en su conjunto ha escogido como respuesta frente a la vida y el mundo.
Incluso los animales son abusado y torturados, maltratados en nombre de supuestos beneficios cuyo derecho el ser humano (que los somete) se arroga…

No obstante, ninguna de esas supuestas salidas aporta sentido a la vida del hombre: la gran pregunta sigue sin respuesta y surge entonces la necesidad imperiosa de acallar las voces y el ruido de nuestro propio mundo interno, se torna urgente conjurar los demonios que nos gritan desde nuestra propia mente y nos lanzan de un lado a otro, sin sentido.

Y, para adormecer ese tumulto, se nos ofrecen diversos elementos de distracción social, algunos más nocivos que otros, pero todos con un profundo anclaje en nuestra personalidad adictiva, consecuencia de nuestra necesidad de adormecer el dolor y sentirnos bien (o, al menos, sentirnos un poco menos mal)…

La sociedad de hoy en día se droga con químicos diversos pero también lo hace con la influencia hipnótica de la radio, el televisor, internet, los celulares, fiestas de todo tipo, la hipertrofiada industria del entretenimiento, etc.; de ese modo, se logra desconectar, transitoriamente, la conciencia y, por un rato, la persona se olvida del dolor, del mundo, de la vida en general y de sí mismo…
Pero, precisamente, porque el efecto es transitorio, la mente en algún momento despierta de ese ensueño y vuelve a la conciencia de su propia vida… El brutal contraste aumenta entonces la sensación dolorosa y las voces vuelven a gritar desde adentro, con mayor fuerza cuanto más se intenta acallarlas.

Adictos al éxito, al trabajo, a las drogas o a las actividades escapistas, lo cierto es que la sociedad de nuestra época es profundamente adictiva e intenta resolver las angustias sin resolver las preguntas; más bien, intenta eludirlas y disolverlas – si fuera posible – en un mar de actividades supletorias y sucedáneas de la única respuesta verdadera: la búsqueda de sentido para la vida de cada uno…

Hay, además, una consecuencia extra de este modo de vivir y es la creciente agresividad y violencia que se manifiesta en las relaciones humanas, a pequeña o a gran escala.

En definitiva, el ser humano de hoy es un ser profundamente enojado, temeroso, ansioso y angustiado que insiste en buscar la solución a través de la violencia.

Estas palabras nacen de la certeza de que las respuestas a las preguntas fundamentales del ser humano deben buscarse y pueden hallarse en el ámbito de la espiritualidad tradicional…

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