ANTROPOLOGÌA DEL DOLOR

En verdad, el dolor es íntimo, pero también está impregnado de materia social, cultural, relacional, y es fruto de una educación. No escapa al vínculo social.
En su libro Antropología del Dolor (editado en París en 1995, traducido y editado en castellano en 1999) David Le Breton aplica su mirada antropológica a este tema como lo había hecho antes con la corporeidad humana, en su sentido más amplio, considerándola como “fenómeno social y cultural, materia simbólica, objeto de representaciones e imaginarios”; un enfoque que desarrolla en Antropología del cuerpo y modernidad (1990) y puntualiza en Sociología del cuerpo (1992).
Con esa misma perspectiva se ha volcado al análisis de las emociones Las Pasiones Ordinarias (1998) y, más recientemente, de los sentidos El sabor del mundo (2006).
También puso su lupa antropológica sobre el tatuaje y el piercing en las culturas adolescentes y carcelarias Signos de Identidad (2002) La piel y el trazo (2003) y sobre el borramiento del cuerpo por efecto de la fascinación por las nuevas tecnologías Adiós al cuerpo (1999).
Y, así se nos fue convirtiendo en bibliografía obligatoria en diferentes seminarios, clases y grupos de estudio, donde sus jugosos libros han sido merecidamente exprimidos en sus contenidos teóricos. Y degustados en su estilo, ya que además están bien escritos y su lectura produce a la vez un placer intelectual y estético.
Es verdad que a veces le reclamamos una mirada hacia los márgenes, hacia los cuerpos explotados y excluídos tan distantes del “extremo contemporáneo” subyugado por la cibernética… Pues bien, ahora tendremos la oportunidad de consultárselo personalmente, y la vamos a aprovechar. Ya lo hemos comprometido para una entrevista exclusiva con Kiné durante su próxima visita.

Umbrales de sensibilidad
Le Breton subraya el hecho de que los seres humanos no reaccionan de la misma manera frente a la misma herida o enfermedad. Los umbrales de sensibilidad frente al dolor varían según la condición social o la historia personal. La anatomía y la fisiología no bastan para explicar estas variaciones sociales, culturales, personales e incluso contextuales. La relación íntima con el dolor depende del significado que éste revista en el momento en que afecta al individuo.
Históricamente las definiciones e interpretaciones del dolor han estado sujetas a grandes variaciones. Le Bretón señala que en la tradición de Aristóteles, durante mucho tiempo, el dolor se concibió como una forma particular de emoción (ética a Nicómaco, libro II), una dimensión del afectado en su intimidad. Más tarde, la filosofía mecanicista, en particular en la obra de Descartes, definió el dolor como una sensación producida por el mecanismo corporal. Se lo veía como un efecto mecánico de saturación. La biología fue la responsable de estudiar el “mecanismo” del influjo doloroso, describir con la objetividad requerida el origen, el recorrido y el punto de llegada de un estímulo. La psicología o la filosofía relataban la anécdota del dolor, es decir, la experiencia subjetiva del individuo. Esta teoría desembocaba en la idea de la especificidad de un sistema receptor cutáneo que transportaba directamente una excitación nerviosa, gracias a fibras propias, hasta un centro del dolor situado en el cerebro. Una mecánica neuronal y cerebral conducía el influjo doloroso y lo sustentaba.
“El hombre no era más que una hipótesis secundaria y hasta desdeñable, el fenómeno sólo concernía a la máquina del cuerpo. Sin embargo, para comprender las sensaciones en las cuales está en juego el cuerpo no hay que buscar en el cuerpo, sino en el individuo, con toda la complejidad de su historia personal. De lo contrario, numerosos hechos que la experiencia suministraba resultaban inexplicables”.
La publicación de los Estudios sobre la histeria de Freud y Breuer en 1895, al ilustrar la lógica del inconsciente en los sufrimientos, abría una primera brecha en este acercamiento estrictamente neurológico y recordaba a su manera que el hombre no es una mera serie de fibras nerviosas o el apéndice indiferente de una actividad biológica autónoma del cerebro.
En la actualidad ya no se cree que el dolor sea efecto específico de la exasperación de las sensaciones, la consecuencia de una sobrecarga que supera los límites ordinarios de funcionamiento de los órganos. El dolor no actúa como una sensación que da sentido e información útil para la conducta del individuo en relación con el mundo objetivo. No se trata de una cualidad inherente a los objetos exteriores, susceptible de ser aprehendida por un órgano específico. A veces le acompaña una impresión sensorial, como en el caso de un contacto cutáneo con un objeto cortante o ardiente, pero no es inherente a éstos. Ningún órgano sensorial está especializado en el registro del dolor.
La concepción del dolor como hecho puramente sensorial ha eliminado durante largo tiempo una dimensión afectiva que no podía explicar. Le Breton destaca que los estudios contemporáneos reconocen la complejidad del fenómeno doloroso. Y menciona, especialmente, la teoría de dos investigadores: Melzack y Wall, fruto de una provechosa colaboración entre medicina y ciencias humanas. Según esa teoría “de las puertas” (theorie des portillons), numerosas estaciones intermedias separan el centro de irradiación, del dolor que se siente. El camino del dolor atraviesa “puertas” que lo amortiguan, lo hacen más lento o aceleran su paso. Actúan como filtros que acentúan o disminuyen la intensidad. Otras percepciones sensoriales entran en resonancia con él y contribuyen a modelarlo (calor, frío, masaje, etc.). Ciertas condiciones lo inhiben (concentración, relajación, diversión, etc.). Otras lo aceleran e intensifican (miedo, fatiga, contracción, etc.). No hay dolor sin sufrimiento, es decir: sin significado afectivo que traduzca el desplazamiento de un fenómeno fisiológico al centro de la conciencia moral del individuo: todo dolor comporta un cuestionamiento de las relaciones entre el hombre y el mundo.
Dice Le Bretón: “El dolor que sentimos no es, entonces, un simple flujo sensorial, sino una percepción que en principio plantea la pregunta de la relación entre el mundo del individuo y la experiencia acumulada en relación con él. No escapa a la condición antropológica de las otras percepciones. Es simultáneamente sopesada y evaluada, integrada en términos de significación y de valor. Va más allá de lo puramente fisiológico: da cuenta de lo simbólico”. Y por eso señala la importancia de la lectura simbólica social, que convierte al cuerpo en un universo de significados y valores, demostrando que el enfoque antropológico ilumina la práctica de la medicina, haciendo surgir lo que suele despreciarse en el proceso terapéutico: la dimensión del sentido y de los valores que afectan a la relación del hombre con su cuerpo, o con su enfermedad. Aprehender la construcción social y cultural del dolor: “Sumergirnos en lo más íntimo del hombre que sufre para intentar comprender cómo éste se maneja con un hecho biológico para apropiárselo y cuál es el significado que le otorga”.
Y de eso trata el resto del libro, que recorre diversas experiencias y formas del dolor; su ambivalencia, el efecto placebo, el dolor y el mal (desde la Biblia hasta el Corán); el dolor merecido de las espiritualidades orientales; la ritualización del dolor. Los usos sociales del dolor, la ofrenda, el dolor educativo, el dolor consentido de la cultura deportiva, el dolor iniciático…
Como dijimos al comienzo: bibliografía obligatoria para los interesados en este tema.•

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