Año Nuevo: Transformando el corazón

HONGOS

“Necesitamos una ética sin fronteras que incluya también a los animales” Albert Schweitzer.

Lo conocías, pero recién ese día de verdad lo ves. La piel pegada a los huesos, buscando comida, ven perrito, cosita linda, toma esto, ven. Mientras empezás a imaginarlo merodeando tu habitación, te cruzarás con la perra blanca que te habían dicho, sí, ya lo sabías, a punto de parir, pero ahora verás su abandono y sus heridas, entre la basura, a punto de parir. Pensarás que tendrá que haber otros que se hagan cargo pero no podrás vivir un día idéntico a los demás, comprenderás que nadie acudirá a cuidarlos, recordarás su mirada, el vientre abultado, el miedo y la preocupación. El noticiero anunciará la protesta: En el centro de zoonosis de un municipio del sur, ciertos señores se han arrogado el derecho de matar a los perros pobres, a los de la calle, y antes de enrojecer de indignación escucharás a tu compañero de trabajo que quiere comprar un perro, el rojo ya no te alcanzará en el rostro y mostrarás un tono entre ahogado y púrpura para preguntarle por qué no adopta a un animal.

A la ciudad llegará pronto un circo que dicen comprará perros para alimentar a sus tristes tigres sometidos al látigo y a las cadenas, tres pesos la unidad. El látigo y el fuego, la jaula y la opresión, el espíritu quebrantado del animal en la jaula anudará tu garganta, y saldrás al aire libre simplemente para caminar en libertad.

La televisión mostrará un reportaje a la diseñadora fashion del momento, tranquilizando a sus potenciales clientes porque «ojo, ¿eh? Con la ecología todo bien, ¿viste? Son de criadero.» Dolor y muerte, pensarás, la ciudad es un cementerio de animales. Querrás evaporarte, aquietar el corazón, descansar, tal vez una excursión cortita. Buscarás una revista con información para transitar el fin de semana pero te alcanzará la sonrisa en la foto, la satisfacción, la pobreza de quien revela en su rostro la felicidad de haber matado al bellísimo ciervo que posa a su lado.

Entonces pensarás en un cine, pero allí estará esa película taurina disfrazada de liberación femenina, los activistas te dan volantes: «Mejor, hable con él». Y la mirada del toro, obligado a la tortura, a la pelea por su vida, al desgarrador final.

Preocupada y atenta escucharás a tu madre preguntándote si no querés milanesas de verdad en vez de insistir con esa nueva dieta que «podría traerte problemas». Pensarás: le falta información, no es que sea mala, no es que sea tonta, ni injusta, ni cruel.

Encerrada en tu cuarto leerás en otra revista que hay un movimiento social por los derechos de los animales, los más oprimidos, los más explotados, los sin voz, y en las páginas finales mirarás lo último que horadará tu corazón, la sombra más negra, el registro fotográfico de lo que sucede en un laboratorio, en nombre de la ciencia, de un tipo de ciencia claro, pero te dirán que está permitido, que sigue las normas, que es legal.

Te mirarás en el espejo en el que antes observabas el estado de tu rostro y ya no verás más que sus miradas, repetirás que no es cierto, que no es posible, estoy soñando te dirás, pero son sus ojos sí, fluyendo entre el susurro de una necesidad incontenible que comienza a perfilarte para empezar a vivir una vida sin crueldad.

Y luego sentirás que la ética personal no te basta, porque es mucho dolor, porque hay que hacer algo, porque sos mujer, porque sería lo mismo si no lo fueras, porque no es sólo la compasión, es la justicia. Y preguntarás como ser parte de la lucha por los derechos animales, cómo asociarte, cómo unir fuerzas, cómo ayudarlos. Cómo hacer algo también por vos, que ya casi no podés ni respirar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *