¿Angel o demonio?

El fenómeno Barreda es extraño. Cientos de mujeres lo ponen a la altura de un diablo y lo sacrificarían en una plaza pública. Pero por otro lado, cientos de hombres lo admiran: llegaron a escribir ‘Ricky ídolo’ en la vieja casona de La Plata”.

La historia es conocida. Los diarios, la radio, la televisión, las peluquerías, las salas de espera y todo espacio público contribuyeron a la difusión de sus pormenores. Sabemos que le decían “conchita”, que su esposa y sus hijas lo despreciaban, que las mató a escopetazos, que tiró la escopeta en un arroyo, que se fue a un albergue transitorio con su amante Hilda, que volvió a su casa y llamó a la policía para denunciar el crimen, que el subcomisario Petti lo hizo admitir el crimen con la más simple de las preguntas: “¿Dónde está la escopeta?”. Rodolfo Palacios retoma la historia, pero la cuenta de otro modo. Si vuelve a la noticia, es sólo para ponerle el marco histórico al presente de su relato, que no es otra cosa que una amistad, un seguimiento que le permite meterse de lleno en la cabeza del asesino.

Barreda lleva ahora una vida normal, hace las compras en un chino del barrio de Belgrano, saluda a los vecinos y los vecinos lo saludan a él. A veces alguien lo reconoce, entonces pueden pasar varias cosas: el insulto, ¡asesino hijo de puta!, la exclamación admirativa, o, incluso, el autógrafo para el fan –como si se hubiera cruzado con el santísimo León Gieco o el ubicuo Bono. “El señor Barreda se ha convertido en una celebridad”.

Lograr que hable

Como ya lo hizo en El ángel negro con Robledo Puch, Palacios desactiva los mecanismos de defensa con los que el asesino serial pretende ser otro del que fue. Así logra montar la escena de una amistad en la que el reo se larga a hablar de lo que nunca quiso hablar. No es fácil, a los criminales no les gustan los periodistas y no leen a Truman Capote. Tres años estuvo el cronista llamando por teléfono a Barreda. Tres años regateando el precio, hasta lograr la primera entrevista en julio de 2011, sin pagarle ni un centavo.

Los asesinos de mujeres no gozan del mayor respeto en las cárceles y a Barreda se lo hicieron saber desde los primeros días en el penal de Gorina de La Plata, pero supo defenderse y ganarse el aprecio y la protección de Jorge Alberto Pedraza, el de los Doce Apóstoles, uno de los que encabezaron el cruento motín de Sierra Chica.

Durante el juicio oral, Barreda hablaba con un tono más bien desafectado de esa mañana del 15 de noviembre de 1992 en su casa de La Plata. “Cuando pasó lo que pasó no era yo, era otro”, dijo. No parecía un hombre arrepentido de lo que había hecho. Es más, ni siquiera se puede decir que haya sido un caso de emoción violenta. Según cuenta el periodista, “Barreda no sabe en qué instante se le metió la idea de matar a su familia pero durante dos años mantuvo ese pensamiento en la cabeza”.

Estando todavía preso, Barreda conoció a Berta, su actual novia. Más bien, ella pidió conocerlo. Berta “quedó conmovida por ese hombre. Lo veía como un chico de la calle desamparado”. Acostumbrado a tener siempre alguna amante que lo cuidara y le diera el afecto que no obtenía de su familia, para Barreda fue una bendición, lo hacía sentirse otro.

De este modo, Rodolfo Palacios nos permite adentrarnos en los secretos de una mente criminal y, sobre todo, en lo que la noticia dura nunca cuenta: cómo es su vida cotidiana, qué desayunan, qué piensan del gobierno, en fin, cómo sobrellevan el encierro y la condena social.

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