ANCO MARCIO – CUARTO REY DE ROMA

Anco Marcio era nieto de Numa Pompilio por su hija Pompilia, y todos le querían a causa de su abuelo, que había hecho tanto bien a los romanos, y también porque, a ejemplo de Numa, prefería las artes de la paz a los desórdenes de la guerra.

Como era muy piadoso miró las desgracias del reinado anterior como efecto de la cólera de los dioses, cuyos templos habían estado casi abandonados. Más a pesar de su amor a la paz se vio muy en breve obligado él mismo a tomar las armas para defenderse contra los latinos, pueblo vecino que llamaban así porque habitaban el Lacio, y por miedo de verse sorprendido por sus enemigos los envío a declarar la guerra con ceremonias que voy a contaros, porque las observaron por muchísimo tiempo en semejantes circunstancias.

Los enviados del rey eran heraldos o reyes de armas, que también llamaban Feciales, los que usaban grandes túnicas y tenían en sus manos flechas o dardos como los que ya habréis visto alguna vez; pero la punta había sido quemada y mojada con sangre. Estos heraldos eran respetados de todos los pueblos, hasta de los enemigos, y estaba prohibido herirlos o matarlos porque nunca hacían daño a nadie; así llegaron hasta el país de los latinos y allí arrojaron sus dardos por el suelo, diciendo que los romanos declaraban la guerra a sus enemigos, y se retiraron después sin que nadie se atreviese a decirles nada.

Ya habéis visto que los romanos eran soldados fuertes y robustos, y que batían siempre a sus enemigos; voy a deciros ahora cómo estos soldados se hacían tan fuertes y valientes.

Había cerca de Roma una gran llanura que llamaban el Campo de Marte a donde los jóvenes iban a ejercitarse en toda especie de juegos de fuerza y de destreza; unas veces luchaban unos con otros para tirarse recíprocamente al suelo, otras jugaban al tejo con pedazos de plomo aplastados que eran muy pesados, y los lanzaban con destreza; llamaban discos a estos pedazos de plomo. Otras veces corrían casi enteramente desnudos o cargados con armas pesadas, como las usaban en aquel tiempo, apostando a quién llegaría el primero a un punto distante, y después se echaban al Tíber, de que ya os he hablado, y le atravesaban a nado.

Bien pensáis que adquirirían mucha fuerza con estos ejercicios, y así cuando iban a hacer la guerra a países lejanos, además de sus armas, que eran muy pesadas, llevaban que comer para algunos días, y una tienda de lienzo que levantaban en los campos cuando los permitían descansar; la reunión de todas estas tiendas era lo que llamaban un campo.

Por esto cuando el rey Anco Marcio hizo la guerra a los latinos, los derrotó o mató muy pronto. Quemó o destruyo sus ciudades y no los impuso más castigo que el de ir con sus mujeres e hijos a vivir a Roma, que era ya una ciudad grande y poderosa por su extensión y por las costumbres de sus habitantes, quienes sabían contentarse con un alimento frugal, y jamás se entregaban a la embriaguez, porque es un vicio muy vergonzoso.

Cuando Anco Marcio murió, dejó dos niños que había confiado a Lucio Tarquino, cuya historia voy a contaros para haceros ver cuan desgraciados son los hijos que no tienen padre.

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