AMAR DOS VECES

Al reflexionar con hondura sobre la naturaleza del trabajo. Más en concreto, al considerar con pausa y detenimiento —y advertir con la mayor claridad posible— que existe una estrechísima conexión entre amor y trabajo… para después procurar obrar en consecuencia. La relación entre trabajo y amor se esclarece al ahondar en la esencia más íntima de ambos.

1. Amar es querer el bien para otro.

2. Pero para que el amor sea pleno, ese querer ha de resultar eficaz: ha de otorgar efectivamente a la persona que se ama lo que constituye el bien para ella. No bastan las buenas intenciones, ni siquiera una más o menos determinada determinación de la voluntad… que no culmina en obras. ¡Hay que lograr ese bien! o, al menos, poner todos los medios a nuestro alcance para lograrlo.

3. Mas la gran mayoría de los bienes que podemos ofrecer a nuestros conciudadanos —bienes reales, objetivos y, a menudo, indispensables— se obtienen gracias al trabajo profesional, cuando estas dos palabras se entienden en su sentido más amplio. Por eso, como se nos sugería, de quien —pudiendo hacerlo— no trabaja, no cabe decir que de veras ame o, al menos, que su amor sea pleno, cabal… pues deja de otorgar a los otros unos bienes que podría y debería ofrendarles, contribuyendo de este modo a su mejora.
Y por eso, porque efectivamente conquista el bien para la persona querida, trabajar por amor es amar en plenitud, amar dos veces… y aumentar por todo ello la propia valía y la consiguiente felicidad. Quien puede trabajar y no lo hace, propiamente no ama. Y, al contrario, trabajar por amor es amar dos veces. Crecer como persona.
Queda bastante claro, entonces, que la elevación del trabajo a medio prioritario de perfeccionamiento humano y, en su caso, de santidad, no constituye una opción arbitraria o caprichosa. Es cierto que cualquiera de las actividades lícitas del hombre y de la mujer —desde las lúdicas hasta las meramente fisiológicas— pueden ser realizadas con y por amor. Pero constituye una verdad de mayor calibre y relevancia que el trabajo, por su propia naturaleza, se encuentra mucho más cercano al amor (y al bien que este persigue) que la mayoría de las restantes acciones: dormir, comer, pasear, hacer deporte o turismo… Aunque todo lo que hacemos podemos hacerlo por amor, el trabajo —en cuanto «elaboración de bienes»— se encuentra intrínsecamente ligado al amor… que busca y procura el bien para el ser amado. El amor se liga al trabajo con una conexión distinta y mucho más estrecha que con el resto de las actividades humanas.
También al trabajar buscamos el bien para los seres queridos… o perder una felicidad al alcance de nuestras manos. De ahí que, cuando se lo realiza con afán de servicio, compone una herramienta maravillosa del propio crecimiento y de la consiguiente dicha; mientras que si se hace por propio lucimiento, por afán de éxito o, en fin de cuentas, como medio exclusivo de afirmación del yo, produce efectos devastadores.
Aquí viene muy a pelo el adagio clásico que califica la corrupción de lo óptimo como pésima, y que suelo traducir de la siguiente forma: lo que no tiene categoría, lo que no pasa de mediocre, está inhabilitado tanto para el mal como para el bien de cierta envergadura. Por el contrario, quien es «grande» en el mal, por ignorancia o error o incluso por malicia, goza también de la posibilidad de sobresalir en el bien, como muestran, entre otros muchos, María Magdalena o Agustín de Hipona.
Aplicado a nuestro tema: justo porque el trabajo, realizado correctamente, engloba una enorme capacidad de adelantamiento, cuando se lo desvirtúa produce una fractura interior, un deterioro de la persona, que en muy otros pocos casos encontramos (…). Justo porque el trabajo, realizado correctamente, engloba una enorme capacidad de adelantamiento, cuando se lo desvirtúa produce una fractura interior de dimensiones insospechadas.

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