«Alquimia de los Aceites Esenciales»

Desde el Alambique de la Naturaleza, al Alambique del Ser Humano

La alquimia hoy todavía es un término confuso para muchos. ¿Será que la alquimia ha sido mal interpretada por los «no iniciados»?. No, la realidad es que ha sido mal explicada en forma totalmente intencional por los «iniciados». Por esto corresponde hacer algunas precisiones sobre este término, antes de entrar en tema.
En diversos libros se utiliza el término «Alquimia». Éste, nos evoca de inmediato a la más científica de las operaciones medievales: el proceso de convertir Plomo en Oro. La Alquimia era una ciencia. Un gran árbol del cual nació una rama que se transformó luego en la química actual. Muchas personas creen, equivocadamente, que de ese árbol de la ciencia alquímica quedó únicamente esta rama: la química. La verdad es que el árbol alquímico sigue en pie, y proyecta su hermoso follaje protector, junto a sus mejores frutos.
Esta ciencia alquímica fue desarrollada intensamente por los antiguos Alquimistas de la Edad Media. Ellos sabían que todos los metales poseían una estructura básica modificable, y que en consecuencia podían ser transformados unos en otros. Su obsesión en realidad era más amplia: buscaban transformar lo inferior en algo superior. Se dice que pretendían transmutar el Plomo en Oro, también se dice que buscaban encontrar el elixir de la larga vida y de la eterna juventud.
Es que en sus escritos aparecían repetidas referencias al «Oro Alquímico», el cual decían, era el resultado final de lentas operaciones efectuadas en el laboratorio alquímico. Explicaban que para realizar el proceso se necesitaba un Athanor, un Fuego especial y la Piedra filosofal. El resultado era la Transmutación del Plomo en Oro.
Muchas personas, se burlaban de sus esfuerzos, otras, en su avaricia, esperaban en vano ver materializarse el «Oro», que los sacaría de su pobreza para convertirlos en ricos.
Otros afirmaban que detrás de estas investigaciones se encontraba un proceso iniciático, en el cual la palabra «alquimia» hacía referencia a la Gran Obra Hermética. Que esa alquimia era la faz concreta, material; la aplicación de los grandes conocimientos herméticos. Se trataba en consecuencia de un «arte real».
Por esto la Alquimia, afirmaban, no era una de las armas del esoterismo, era su llave maestra o su Piedra Angular.
Pero detengamos un segundo nuestra lectura, y reconozcamos que es difícil creer que detrás de tantas palabras extrañas, sin sentido, pueda existir un profundo conocimiento. Son palabras que carecen de significado práctico para nosotros. Nos parece casi inútil seguir indagando.
Entonces podríamos, como otros muchos lo hicieron en la antigüedad, burlarnos de los alquímicos y de su obra.
La burla nos alejaría del estudio de la Alquimia. Eso era lo que buscaban estos grandes sabios: alejar al que no estaba listo para conocer.
Buscaban ocultar el conocimiento. Algo aparentemente contradictorio, pues sabemos que los sabios buscan divulgarlo, sabemos que es una tradición poner el nombre del descubridor al nuevo descubrimiento.
Pero en la Alquimia, nadie le daba la paternidad a los descubrimientos. No había nombres para identificar al nuevo conocimiento. La excepción era Hermes Trismegisto, del cual deriva la palabra hermético, utilizada como sinónimos de secreto. No había «descubrimientos» a divulgar a la sociedad, sino todo lo contrario se «cubría», se tapaba lo que se encontraba.
Los alquimistas nunca dijeron en forma directa qué buscaban, ni lo que encontraron.
Sabían que existía en el conocimiento Alquímico un gran poder, y como todo poder temían que si caía en manos de personas carentes de una integridad personal, podía dañar en vez de ayudar. Buscaban evitar el abuso de los impuros y proteger sus prácticas. Evitar en definitiva que llegara a las malas personas. Pero, no solo temían a éstas, entendían que también era necesario proteger los enseñamientos secretos de la compresión del vulgo, que también podían usarlos indebidamente.
Afirmaban: «Aurum nostrum nom est aurum vulgi» (Nuestro oro no es del vulgo).
Por esta razón las fórmulas originales fueron ocultadas en un lenguaje simbólico, críptico, a fin de protegerlas.
De este modo encriptado el conocimiento mediante ese lenguaje, lo dijeron, lo escribieron, lo comunicaron, lo transmitieron. Este era el lenguaje metafísico por excelencia, pues además tenía otra ventaja, permitía utilizar el pensamiento analógico. Sabían que los símbolos, dada su capacidad mediadora entre el mundo sensible y el intelectual, permitían comunicar un conocimiento a distintos niveles de comprensión al mismo tiempo.
El fin consta en cumplir la Gran Obra: transmutarnos. Cumplir el trabajo Alquímico, el trabajo de transformación interior, algo totalmente vivencial con un tremendo poder.
Pero, ¿por qué tanta insistencia en un «tremendo poder»?.
Es que sin él no podríamos concretar un objetivo a alcanzar tan inmenso, tan difícil.
No se trata ya de transformar lo externo, de transformar a los otros: a la familia, a los amigos, al mundo entero.
Se trata de que tú te transformes. Tú eres aquello que debe cambiar, para que el mundo cambie.
¿Cómo podrías encarar la Transmutación de lo más difícil, tú mismo, sin tener a tu disposición un poder tremendo?.
Algunos creyeron que ese poder tremendo se encontraba en el conocimiento teórico, en el SABER: buscaban la Piedra filosofal.
En la Gran Obra el conocimiento teórico es un elemento imprescindible de la Transmutación alquímica. ¿Cómo podríamos encarar la Gran Obra sin saber cuáles son las «reglas del arte»?. Pero no es un elemento suficiente. El conocimiento teórico es un requisito previo para entender la Gran Obra, y no el fin del camino.
Desde el siglo pasado, los nuevos enfoques de la psicología Jungiana, como así también de otros estudios volcados en infinidad de libros, hizo posible que a nivel teórico este conocimiento se divulgara masivamente, fragmentado, y muchas veces distorsionado. El conocimiento estaba limitado por el propio marco de referencia de cada autor, que buscaba hacer coincidir el conocimiento Alquímico con sus teorías. Construían de ese modo verdaderos lechos de Procustro, en los cuales si la persona que se acostaba era más larga que la cama, no se buscaba cambiar la cama, sino cortarle las extremidades a la persona. Así hicieron con el conocimiento Alquímico, le cortaron las partes que no coincidían con sus teorías, lo fragmentaron, lo dejaron reducido a una expresión sin vida.
Existen así, infinidad de personas en grado de recitar casi de memoria este conocimiento parcial. Lo tienen en la mente, en su memoria, pero nunca se han permitido llevarlo a la profundidad de su ser y de ese modo comenzar a vivir la Alquimia, sentir el inmenso poder. Algunos de ellos encontraron la Piedra filosofal, pero en vez de utilizarla para realizar la Gran Obra, se limitaron a adorarla como un nuevo Dios.
Otros creyeron, en su vanidad, que el tremendo Poder consistía en poseer el Oro, convertirse en «Oro». Algunos obtuvieron ese «Oro», pero careciendo de un «para qué» lo habían materializado, se limitaron a convertirse en Pavos Reales que mostraban sus hermosas plumas para su propio placer.
Otros consideraron que el Tremendo Poder residía en el Athanor, por esto enfocaron su trabajo principal en preparar del mejor modo posible el Athanor, o sea el horno alquímico, nuestro ser. Fracasaron también ellos. ¿Para qué sirve un Athanor sin Fuego que lo alimente?.
Finalmente unas palabras para aquellos que se dedicaron a adorar el Fuego interior. Creyeron, que éste era la clave. Desarrollaron infinidad de técnicas para incrementar ese Fuego. Pensaban que por sí sola esta llama iba a transformarlos, a purificarlos. Y así aplicaron el Fuego interior a un Athanor en mal estado de funcionamiento, sin darse cuenta que podía destruirlos. Por supuesto que se quemaron junto a su propia obra.
El Fuego interior es imprescindible, sin él no hay posibilidad de realizar la Gran Obra. Este Fuego deberá entonces encenderse y desarrollarse sin perder de vista en ningún momento los demás elementos básicos que la componen y lo convierten en un verdadero Sistema Transmutador.
Vemos que se trata de una obra inmensa la que debemos realizar en nosotros, y trabajando sobre todos los componentes a la vez. ¿Estaremos a la altura del desafío? . La respuesta es Sí.
Pero indudablemente, sería prudente, contar con toda la ayuda que podamos conseguir para iniciar el camino, y aquí es donde aparecen los Aceites Esenciales con todo su poder transformador.

Sabemos que uno de los modos de obtener un aceite esencial es el sistema de destilación. A tal fin se colocan plantas, o parte de ellas, en un aparato construido por el Ser humano, llamado Alambique o en términos alquímicos «Atanor», que nos permite obtener las preciosas gotas de aceite esencial. En este Atanor se realiza el «trabajo de Alquimia» sobre la naturaleza, similar al que se realiza sobre el ser humano. Veamos ambos:

Alquimia sobre la Naturaleza. A través del Atanor, hecho por el ser humano, podemos llegar a separar lo puro de lo impuro. Realizamos así un proceso de transmutación y llegamos a la esencia de la planta, a aquello que la hace única. Obtenemos así el Aceite Esencial: Este es el Oro en la Planta. La alquimia se ha concretado.

Alquimia sobre el humano. A través del Atanor que «es» el ser humano, podemos llegar a separar lo puro de lo impuro. Realizamos así un proceso de transmutación y llegamos a la esencia del humano, a aquello que lo hace único. Obtenemos así el Hombre Alquímico: Este es el Oro en el humano. La alquimia se ha concretado.

Hasta aquí podemos decir, siguiendo a Hermes Trismegisto «, como es arriba es abajo»: el proceso de transmutación en la planta es similar al proceso de transmutación en el humano, interesante concepto pero insuficiente.
Pero podemos decir más, y es que estos trabajos de alquimia además de ser similares, son complementarios: uno ayuda a otro. Esto sí es importante, pues esta ayuda es vital en una época donde los seres humanos hemos evolucionado mucho en algunos sentidos, e involucionado demasiado en otros.

Para superar esta involución y para complementar el trabajo alquímico de evolución en el Humano, los aceites esenciales, son una Vía Regia.
¿Por qué?, No me refiero a las propiedades terapéuticas de los aceites esenciales que se conocen desde la antigüedad y que en general están orientadas a mantener la armonía del cuerpo físico, o a recuperarla en su caso, me refiero, en cambio a que los aceites esenciales permiten:

1. Superar el filtro de la mente racional. Hemos desarrollado un gran poder mental, y luego de Descartes, todo comenzó a pasar por el gran «filtro» de la mente racional. Esa mente que puede ayudarnos a ver «claro y distinto», es también la que nos impide la transmutación alquímica. Todo cambio propuesto, es analizado, desmenuzado, despedazado, por nuestra mente, y «poco» lo que pasa a nuestro interior. Dicen que son necesarias más de treinta rosas para obtener una gota de «esencia de rosas». Lamentablemente nuestra mente pisotea treinta «rosas de sabiduría» y como no logra explicar de donde proviene la «gota de esencia», la pisotea también. Para superar este obstáculo los aceites esenciales son vitales. Creando un condicionamiento adecuado a través de un aceite esencial, podemos lograr que éste nos pongan en contacto directo con nuestro interior. Podremos así realizar el trabajo alquímico, evadiendo el control de nuestra mente racional.
2. Trabajar en forma directa sobre nuestro cuerpo energético. Nuestro cuerpo energético tiene una vibración específica que conocemos como salud, cuando la perdemos aparece la desarmonía y la enfermedad que es su efecto visible. Cada aceite esencial emite una vibración específica. Estas vibraciones son percibidas por nuestro cuerpo energético y si son armónicas con sus necesidades, el aceite esencial le facilita un patrón de referencia vibracional, que le permite al cuerpo energético recuperar su armonía en poco tiempo.
3. Sellar las fisuras. El cuerpo energético puede tener fisuras, que hagan bajar las defensas del organismo. Los aceites esenciales pueden colaborar en el trabajo de sellado energético de fisuras. A tal fin se colocan en el sector del cuerpo físico en forma de aceite, y en el campo energético utilizando un aspersor.
4. Abrir los centros de energía. Los aceites esenciales aplicados sobre los centros energéticos (Chakras) permiten su adecuada apertura. Durante el trabajo de transmutación alquímica, estos centros deben poder abrirse y armonizarse en segundos, Los aceites esenciales con su vibración, genera una «instrucción específica», para la apertura durante el trabajo alquímico. El masaje Akarezza para la transmutación alquímica en la mujer, utiliza los aceites esenciales con ese fin.
5. «Sellar» los centros. En los procesos alquímicos se trabaja con determinados «centros» cerrados, a tal fin se los «sella» herméticamente. Los aceites esenciales son indispensables a tal fin. Para aquellos que quieran ver una aplicación de este principio de «sellado» y el anterior de apertura, observen con detenimiento los pasos del «bautismo» de un bebé, según el ritual de la Iglesia Católica.
6. Ingresar a estados alterados de conciencia. En estos estados, podemos interactuar con la «partícula divina», o célula celestial, para que inicie o continúe el proceso de transmutación de nuestro ser, llevándonos hacia la luz. Con la ayuda de los aceites esenciales, ingresamos en pocos minutos al estado buscado.
7. Unificar las energías en un Ritual Alquímico. Cuando diversas personas interactúan en un ritual Alquímico, es vital que vibren en una similar frecuencia. El uso por todos los participantes, de un específico aceite esencial, en determinados centros, permitirá abrir los «portales astrales celestiales» con precisión.
8. Elevar las vibraciones. Cuando una persona está deprimida o simplemente con bajas energías, no puede realizar un trabajo alquímico. El uso de los aceites esenciales modifica en pocos minutos las vibraciones colaborando activamente en el proceso de recuperación energética.
9. Ayuda a la creación del «Elixir de vida». Un aceite esencial aplicado de un modo específico y en lapsos predeterminados facilita la creación de la sustancia interna denominada «Elixir de vida».

Hemos dicho que los aceites esenciales son la Vía Regia para la transmutación alquímica, pero evitemos confusiones. La vía, la senda, el camino, no es el caminante. No creas que «comprando» todos los aceites esenciales que existen en el planeta, aumentará en «una gota» tu «esencia» alquímica.
Los aceites esenciales son la Vía Regia, pero eres tú el que debe, si lo deseas, con esfuerzo y amor, recorrer ese camino Alquímico de transformación, junto a ellos.

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