Afganistán: camino del infierno Viajamos al país de los talibanes

Kabul tiene una amalgama de marrones que cubren la ciudad por completo. Una ciudad donde sus edificios, mejor que nadie, reflejan la devastación de las guerras pasadas y la preocupación por los años venideros. Donde los afganos deben convivir con la amenaza constante de los atentados suicidas y las tropas de la ocupación más preocupadas en restar que en sumar. El adobe y la arenisca de las casas de la capital se caen a pedazos como las lágrimas de sus habitantes; quienes han perdido todo atisbo de esperanza. Son conscientes, ahora más que nunca, de que nadie va a venir a ayudarles…
Asciende el polvo de las carreteras sin asfaltar hacia los dominios de Alá cubriendo una ciudad triste y gris. Es pleno invierno y el frío aprieta. Los arcenes –si se les puede llamar así– reflejan las nevadas de días anteriores mientras que la desigual calzada intenta asomar la cabeza para no morir ahogada en la inmensidad de los charcos. En ocho años de presencia norteamericana nadie se ha preocupado por mejorar el asfalto ni por dotar a las calles de luces con las que alumbrar la tenebrosa noche de Kabul. Sólo los titilantes faros de los coches, que circulan por las bacheadas calles, arrojan algo de luz a una estampa tan tétrica. Las arterias de la capital permanecerán a oscuras hasta que el sol, bendito sol, haga su aparición por el Este a las seis de la mañana. Esto es Kabul, el corazón de un país que comienza a dar síntomas de fatiga.

“Han tenido que venir los norteamericanos y los demás miembros de la OTAN para que nos hayamos dado cuenta de que con los rusos estábamos mucho mejor. Ellos invirtieron en infraestructuras y en dotar a la gente de mejores condiciones de vida”, afirma Salem periodista afgano que nos acompaña en un particular tour por esta ciudad sombría y a medio derruir.

Desde que en diciembre de 2001 diera comienzo la operación Libertad Duradera las promesas que vertió George W. Bush para ayudar a Afganistán se han quedado en simple papel mojado. En ocho años los aliados se han dedicado a invertir ingentes cantidades de dinero que han sido destinadas para la construcción de nuevas infraestructuras (casas, hospitales colegios…) pero la corrupción ha acabado dilapidando las esperanzas que tenían depositadas en el futuro la mayoría de los afganos. “Los contratistas compran materiales baratos para levantar casas y debido a su mala calidad los cimientos ceden a los pocos meses. Los miles de millones que los países están enviando a Afganistán están cayendo en manos codiciosas”, afirma un empleado gubernamental que no quiso revelar su nombre por temor a posibles represalias. Pero sus palabras van cargadas de razón. Una visita rápida por la ciudad es suficiente para comprobar cómo las cosas no se están haciendo del todo bien. Los edificios que están erigidos en el corazón financiero de Kabul son obra de los rusos. De hecho, casi todo es de los rusos.

El tráfico y los checkpoints.
La ciudad –que en otro tiempo dio cobijo a los grandes reyes afganos y que era envidiada en toda Asia Central por su esplendor– tiene como original banda sonora los cláxones de los miles de coches que colapsan las principales avenidas de una ciudad huérfana de alegría. “Caos” es la palabra que más utilizan los afganos para definir a su ciudad.
Los checkpoints asfixian a una ciudad que siente demasiado prieta la soga que rodea su cuello. Cada diez metros policías, miembros del ejército afgano o militares de ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, por sus siglas en español), fuertemente armados, detienen cualquier vehículo –aparentemente sospechoso– para realizar un registro intensivo en busca de posibles armas o artefactos explosivos. El problema es que en Kabul todos los vehículos son sospechosos…

Pero a pesar de las fuertes medidas de seguridad los talibanes (estudiantes, en pastún) siguen horadando la confianza que los afganos tienen depositadas en las fuerzas que deben velar por su seguridad. Los ataques se repiten contra los civiles y contra los extranjeros. Los zarpazos son demasiado habituales y la impunidad de la insurgencia siembra demasiadas dudas.

Caminando por el Kabul City Center, el centro comercial más grande de Afganistán con nueve plantas, los restos de la última acción terrorista son más que evidentes. “Se mueven por la ciudad con total impunidad. Tienen amigos entre la policía y el ejército afgano y si no les sobornan. Kabul no es una ciudad segura; porque los talibanes demuestran, una y otra vez, que pueden atentar donde quieran y cuando quieran”, comenta Sayid Khavarazm miembro del parlamento afgano. Se detiene en el lugar de la última acción talibán (el pasado 26 de febrero). Delante de él sólo queda un puñado de escombros y un enorme cráter en el suelo donde antiguamente se encontraba un hotel frecuentado por extranjeros. El atentado cercenó la vida de 17 personas (un diplomático italiano, un ciudadano francés, ocho médicos indios y siete afganos).

“Los talibanes han hecho una interpretación errónea del Islam. El Sagrado Corán advierte que quien mata a una persona inocente está matando a toda la humanidad. Los talibanes no respetan ni el Corán ni el Islam. Son asesinos que sólo quieren el poder y el dinero que otorga el opio. Están ensuciando el nombre del Islam”, afirma Khavarazm.

Todo el mundo tiene miedo al futuro. No saben qué ocurrirá cuando las tropas de la OTAN y de Estados Unidos abandonen el país en 2013, como anunció Barack Obama. “Los talibanes vendrán nuevamente a reclamar el gobierno y tendremos que coger las armas para defender nuestras vidas. Es lo mismo que ocurrió cuando se fueron los rusos en 1989… Si se van los americanos, Afganistán está abocada a una cruenta guerra civil donde repetiremos los mismos errores del pasado”, sentencia Khavarazm mientras se despide para regresar a su despacho en el ministerio de Asuntos Exteriores.

Vivir día a día
“La vida no es fácil para los afganos. No queremos pensar en el futuro porque posiblemente no tengamos futuro. Es mejor vivir día a día y disfrutar de momento. ¿El futuro?… Sólo Alá sabe lo que nos deparará”, narra Poia, un joven estudiante de filología hispánica de la universidad de Kabul que nos invita a su modesta tienda situada en la bulliciosa calle del pollo.

El olor del Nan-i-Afghani recién hecho transporta a los que recorren la calle a primera hora de la mañana a lugares insospechados. El pan y las deliciosas especias con las que sazonan los afganos sus platos se mezclan con el humo que desprenden los coches que circulan por la cercana calle de la Flor. En la popular calle del Pollo, uno de los pocos lugares de todo Kabul donde afganos y extranjeros pasean juntos, el intrépido turista se sumerge en busca de valiosos objetos que llevarse a su casa en Occidente; un pequeño recuerdo que le haga regresar –una y otra vez– a este país carcomido por una guerra que no da tregua.

En una esquina donde confluyen la calle del Pollo y la calle de la Flor existe un lugar que rezuma cultura y arte por los cuatro costados. Es un lugar mágico dentro de un bosque encantado. El visitante, al entrar, queda impregnado por el olor que desprenden las páginas de miles de libros que aguardan, expectantes, el momento en el que alguien decida leerlos con fervorosa pasión. La librería Behzad es un punto de encuentro de turistas y afganos que tienen en común su pasión por la lectura y el amor por los libros.

Asil Behzad regenta este peculiar establecimiento ayudado por su hijo menor. Asil, un amante de los libros y de todo lo que rezume a cultura, estuvo a punto de perder la vida por culpa de los talibán. “Vinieron a mi librería para advertirme de que no era un buen musulmán porque vendía fotografías, posters y libros ilustrados. A los pocos días de aquella advertencia se presentaron al menos ocho de ellos y me destrozaron mi librería quemando muchos libros. Tuvimos que huir a Pakistán para salvar la vida”, afirma. Ahora, este librero amante de Pablo Neruda y de sus 20 poemas de amor y una canción desesperada teme el regreso de los “fabricantes de sombras”, como él los llama.
La historia de Asil y Poia se escenifica en cualquier parte de Kabul. Son cientos de miles los que se vieron obligados a abandonar su país por temor a los talibán. Durante sus oscuros años de gobierno no tuvieron piedad con aquellos que pertenecían a etnias diferentes. Hazaras, tayikos, uzbekos y turcomanos… Y todos, sin excepción, fueron pasados a cuchillo por las hordas del mulá Omar. Su pecado: ser diferentes a ojos de la mayoría pastún.

Hoy, una década después de la caída del régimen talibán la situación sigue siendo grave; sobre todo para la mujer. Son ellas las que mejor escenifican la desigualdad y la sin razón. A pesar de la llegada de la democracia, las mujeres singuen siendo un cero a la izquierda en la sociedad afgana. Desigualdad, machismo, hipocresía… Deben enfrentarse con un mundo demasiado hostil para ellas. Un mundo en el que por dormir fuera de casa sin consentimiento de un familiar masculino son condenadas a penas de cárcel que pueden llegar hasta los cinco años… Diez años después del comienzo de esta guerra, el burka sigue siendo una cárcel para la inmensa mayoría de las mujeres afganas. Unas mujeres que no ven la salida a esta sinrazón. •

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