Adolescentes acompañados, adultos responsables y comprometidos

La adolescencia es una de las etapas más con­tradictorias de la vida. Por un lado nos lleva a vi­vir muchos desajustes, que se caracterizan por una infinidad de conflictos que surgen en la rela­ción padres-hijos. Pero por el otro, y quizás más importante, estamos en presencia de una de las etapas de gran florecimiento y crecimiento de nuestros hijos, en la que desarrollarán todas las habilidades que los preparará para la vida adul­ta. Es en este segundo aspecto en el que debemos concentrarnos, lo que nos ayudará a enfrentar esta etapa con una actitud más positiva y menos retadora. La adolescencia no sólo es difícil para los jóvenes, como usted nos confía en su carta, también los padres sufren, se angustian y les re­sulta complicado entender lo que sucede.

De manera repentina los padres no reconoce­mos a nuestros hijos, vemos en ellos a personas que cambian todos los días, que quieren indepen­­dizarse y que ya no quieren participar en la vida familiar como antes. Por duro que nos parezca este proceso tenemos que reconocerlo y acep­tarlo, tenemos que ser pacientes y acompañar a nuestros hijos en este complicado tránsito. Por su lado, nuestros jóvenes están llevando la peor parte, están tratando de construir su propia iden­tidad y personalidad, están ensayando formas de ser, algunas exitosas, otras no tanto.

Si quisiéramos caracterizar en pocas palabras el comportamiento adolescente, lo podríamos ha­cer en tres palabras: cambio, crisis y confusión. Los chicos tienen muchas tareas que resolver an­tes de volverse adultos, la primera de las cuales es aceptar y acostumbrarse a sus cuerpos cambian­tes que en muchas ocasiones no responden a lo que ellos habían imaginado. Su nivel de desarrollo cognoscitivo tiene que madurar y ser más abstrac­to. Tienen que forjarse una identidad propia que los defina y les diga quiénes son, que los ayude a entender sus sentimientos y emociones. Están en el camino de establecer relaciones íntimas y de ayuda mutua. Asimismo luchan por convertirse en ciudadanos responsables, con un alto desarro­llo moral. Deben aprender a tomar decisiones y solucionar sus problemas cotidianos. Finalmen­te, quizás la parte más difícil para todos, tienen que renegociar las relaciones con sus padres para lograr la autonomía y autodeterminación, tienen que buscar nuevas formas de reconectarse con la familia.

Como vemos la vida del adolescente es por de­más complicada. Sobre él existen tres fuerzas que lo jalan de un lugar a otro. Una de estas fuerzas son los padres, que están viviendo sus propios procesos de duelo al sentir que se están separando de sus hijos y presionan para que éstos se manten­gan bajo su control. La otra fuerza, que también es muy intensa, son los compañeros y amigos que sirven de espejo al joven e imponen sus propias demandas. La última fuerza que está en medio de las otras dos es el propio adolescente, luchando por constituir su propio yo.

Cuando observamos los difíciles procesos por los que pasan los jóvenes, no nos queda más que estar en desacuerdo con los adultos que ven esta etapa con una actitud negativa, pues consideran a los adolescentes rebeldes incorregibles, soberbios, irreverentes y sin futuro. Nada más equivocado; esto es sólo un estereotipo que en nada ayuda a comprender este problema. La adolescencia es un periodo de gran intensidad que nos muestra muchachos enérgicos, idealistas y con un gran sentido de la justicia, pero también vemos chicos tristes o iracundos sin razón, confundidos e inse­guros acerca del futuro. Es por esto que necesitan más que nunca de nuestra ayuda como padres. Tenemos que hacer un gran esfuerzo por luchar contra nuestros sentimientos de frustración, desesperación y dolor que la etapa adolescente nos ocasiona y tenemos que dirigir nuestros esfuerzos a ayudar a nuestros hijos a sobrellevar y superar las tareas que les impone su edad.

Mi querida amiga, por lo que nos comenta en su carta nos damos cuenta que está pasando por una situación de crisis generada por la preocupa­ción de ver que su hijo se está alejando de la fa­milia. Como padres tenemos que aceptar que no saldremos ilesos de esta etapa, como de ninguna otra. Es por esto que usted piensa que su hijo no la necesita, pero como bien señala, en realidad es este momento cuando tenemos que estar más cer­ca de nuestros chicos, aunque no de la manera en que estamos acostumbrados. Así como ellos están cambiando y luchando por un espacio propio, te­nemos que cambiar y aceptar que debemos hacer nuevos ajustes en nuestras relaciones familiares. A continuación me voy a permitir exponerle algu­nas recomendaciones que en las investigaciones e intervenciones con adolescentes por parte de los psicólogos, han resultado de utilidad para superar esta etapa.

1. Demostrar nuestro amor y no perder la co­nexión emocional con nuestros hijos. Usted está muy preocupada por hacerle ver a su hijo que cuenta con su familia y que siempre estará con él. Hacer esto no debe ser motivo de pre­ocupación, más bien debe convertirse en una práctica común para toda la familia. En la co­tidianidad familiar, los padres deben expresar sus sentimientos por el adolescente de manera genuina. Es importante que se hable de los bue­nos momentos y los logros alcanzados por el jo­ven, hacer énfasis en las cosas positivas. Ofrezca siempre su apoyo, aunque a veces su hijo sienta que no lo necesita. Es muy importante que el chico se sienta aceptado y reconocido.

2. Aprender a discutir y respetar. Lo más pro­bable es que existan discusiones y desacuerdos entre padres e hijos de esta edad, de hecho re­cibiremos muchas críticas y desaprobación. Sin embargo, es importante que permitamos que las opiniones se expresen con libertad y respe­to, propiciando un diálogo donde se expresen las ideas y se llegue a acuerdos.

3. Escuchar, más que hablar y dar órdenes. Esta parte es muy difícil para los padres, pues se des­esperan cuando los jóvenes están expresando ideas que no concuerdan con lo que esperaban de ellos. Desde luego que es más fácil ordenar y decirle a los hijos cómo deben hacer las co­sas. Pero si en lugar de hacer esto observamos y escuchamos con cuidado lo que nuestros hijos hacen y dicen, nos sorprenderemos de lo que aprenderemos de ellos. Permitirles que nos ex­ternen sus preocupaciones, intereses, ideas y perspectivas, nos acerca más a ellos y nos per­mite saber hacia dónde se encaminan. Se crean lazos de confianza que nos ayudan a mostrarle al adolescente que verdaderamente estamos para ayudarle y acompañarlo.

4. Pasar tiempo juntos. Si bien a veces los jóve­nes se resisten a pasar tiempo con sus padres, es importante aprovechar los momentos en que esto sea posible. Existen rutinas familia­res que deben ser mantenidas y cuidadas por todos los integrantes. Por ejemplo, hacer una de las comidas del día todos juntos, no faltar a ciertas celebraciones que son significativas, hacer actividades como jugar, preparar la co­mida, ir al cine, etc. Esto propicia la conexión, el acercamiento, el sentir que pertenecemos a un grupo que nos apoya y nos reconoce. Cuan­do jóvenes a veces sentimos que esto no tiene sentido, sin embargo cuando crecemos esto nos trae buenos recuerdos familiares.

5. Supervisar y observar. Por supuesto que esta actividad es sumamente difícil para los padres, resultando de gran frustración y enojo para los hijos. Pero es de suma importancia que, por su propia seguridad, sus padres estén al tanto de sus actividades diarias. Los padres tienen la obligación de conocer y supervisar lo que sus hijos hacen durante el día, de manera que con el paso del tiempo se pase a una menor super­visión directa y a una mayor comunicación y trabajo en conjunto. Una de las normas familia­res que no tiene que ver con la edad sino con la seguridad de los integrantes de la familia, es sa­ber dónde están y a qué hora regresarán a casa; particularmente los adolescentes deben tener una hora de llegada, tomada de común acuer­do con los padres. Los padres deben conocer el desempeño escolar de sus hijos y saber las acti­vidades extraescolares en que éstos se involu­cren, estar enterados de quiénes son los amigos y conocidos del adolescente. Indudablemente ésta es un área de conflicto, pero es indispen­sable para el buen desarrollo de nuestros hijos.

6. Guiar y limitar. Los adolescentes, como todos nuestros hijos independientemente de su edad, necesitan una serie de límites claros sobre las reglas y valores familiares que todos deben cumplir. Para algunos educadores la primera muestra de amor en la familia es el estableci­miento de normas de conducta que nos guían, autorregulan y estructuran. Nos ayudan a cami­nar en un ambiente de seguridad y regularidad, algo muy importante en la vida adolescente. Por supuesto existirán reglas que no son nego­ciables como cumplir con la escuela, con cier­tas tareas en el hogar, con el respeto que deben profesarse al interior de la familia. Sin embargo existirán otras que pueden negociarse y adap­tarse. También deben quedar claras las conse­cuencias por transgredir las reglas con formas que no provoquen daño físico ni emocional.

7. Educar con el ejemplo. Todo lo anterior no tie­ne sentido si como padres no nos sometemos a cumplir con los 6 puntos anteriores. Nosotros somos el ejemplo, la mayoría de las veces es más fácil aprender viendo cómo los otros hacen las cosas. No podemos exigir a los demás que se comprometan en acciones que nosotros somos incapaces de hacer.

8. Proveer las cosas que nuestros hijos nece­siten. De acuerdo a nuestras posibilidades,los adolescentes necesitan que los padres les aportemos no sólo una adecuada alimenta­ción, vestimenta, techo y cuidados de salud, sino también un ambiente familiar que brinde apoyo y una red de adultos que se preocupe por ellos.

Estimada lectora, usted empieza su carta con una pregunta: ¿Cómo puedo hacer que mi hijo adolescente se sienta feliz en familia? Si ha seguido con cuidado estas líneas, se dará cuenta que el camino es largo y requiere de paciencia, de con­trolar nuestros temores y angustias, de abando­nar las ideas de la clase de hijos que queremos y dejarlos que ellos busquen su camino, aceptán­dolos por lo que son. La felicidad no nos llega desde fuera, los demás no nos hacen felices o in­felices, nosotros trabajamos desde nuestro inte­rior para sentirnos felices y buscar las cosas que nos hacen sentir bien. Esta también es una tarea que su hijo tendrá que realizar para construir su propia felicidad. Lo único que usted puede hacer es cultivar los 8 puntos anteriores y acompañar a su hijo en el desarrollo de su adultez, su indepen­dencia y madurez.

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