ACUPUNTURA PARA CHAO-LIN

Esto sucedió en el Hospital Ernesto Cánepa de la Facultad de Ciencias Veterinarias de Buenos Aires.

Es una calurosa y gobiante mañana de Enero, colegas del área de «Infecciosas» me piden que les dé una mano pues hay una epidemia de Parvo (parvovirosis).
De los cuatro cachorros que ya fueron atendidos, dos comparten una camilla. Uno en cada extremo de ella, reciben suero endovenoso; son los más débiles y están muy deshidratados. Sus dueños, preocupados, cuidan que no se arranquen las guías de perfusión.
Abro la próxima clínica y leo Chu-an-day. Cuando lo llamo aparece por el pasillo un adolescente ¿coreano?, ¿chino?, no sé aún; sólo veo que trae un cachorro dálmata muy quietecito en sus brazos.
Invadimos el consultorio de al lado pues ya no alcanzan las mesas que usamos de camillas en esa área.
Se me ocurre pensar en las salas de pediatría de cualquier hospital y en los médicos luchando por recuperar los bebés por diarrea estival, y en las mamás…
Comienzo a revisar al perro (tendrá unos dos meses) y me veo con la dificultad de no hacerme entender por el dueño que me dice ser chino y saber sólo unas pocas palabras en español. Recurro, ante el divertimento de mis colegas, al idioma universal de los gestos.
Rápidamente, ante mis arcadas y ayes aprende las palabras «vómitos» y las repite muy claramente, asintiendo, pero ¿cómo le explico «diarrea»?.
Chao-Lin, el cachorro, acude en mi ayuda y al retirar el termómetro, éste va acompañados por una evacuación sanguinolenta. Otro parvo, sin duda, pero para ratificar el diagnóstico extraemos sangre para un hemograma.
El joven cuenta, mientras tanto, que compró al perro hace sólo cuatro días y me pide que le escriba de la raza. Me asombra la perfección con que repite «dal-ma-ta». Se lo ve encariñado con el nuevo amigo y triste por su enfermedad.
Mientras Chu-an-day (¿cuál será el nombre y cuál el apellido?) va a la farmacia en busca de suero y antibióticos, le coloco a mi paciente dos agujas de acupuntura, una en cada pata, debajo de la rodilla. Es el punto 36 E (estómago) o Tsu San Li, que ayudará a frenar los síntomas.
Cuando regresa el jovencito y ve el perro punzado, exclama algo alterado: «Acupuntura argentina ¡No!, Acupuntura «china». Le respondo que sí, que en parte lo aprendí con un médico chino. Ahora logro entenderle que su padre es médico y acupuntor y podrá seguir el tratamiento en casa.
Le muestro en «Mi» pierna de qué punto se trata y lo reconoce sin lugar a duda, pues, repite contento «¡Bien!», «¡Bueno!».
El sabe, como yo, que ese punto tiene acción antivomitiva, antidiarreica, calmante de espasmos y cólicos y tonificante general y que nos viene al dedillo para combatir los síntomas de esta severa gastroenteritis a virus.

Chu-an y yo sonreímos cómplices: ya hablábamos un mismo idioma. Su «acupuntura china» nos acercó de un modo muy especial, junto al mutuo interés de curar a Chao-Lin.
Este momento es para mí una vivencia de gran intimidad.
Escucho: suena muy dulce lo que le murmura en chino a su perro mientras vigila, atento, el gotear del suero.

Mas tarde y después de poner por escrito las indicaciones nos despedimos amistosamente hasta el día siguiente.
Regresa recién 48 horas después, con su cachorro que ahora camina a su lado, débil aún, pero vivaz. No vienen solos: los acompaña el papá-doctor-chino, tal como me lo presenta.

Este sonriente ser, me habla largo rato (en chino, por supuesto) y su hijo me traduce muy poco. Logro entender que colocó agujas de plata o platino en este «pocito» que «duele», varias veces en esos dos días, que le administró suero endovenoso y ¡oh! según su concepto de medicina holística, lo llevó a caminar esa mañana. Me muestra un papel donde escribió (o le escribieron): aerobismo.
¿Quién de nosotros hubiera indicado «caminatas» a ese cachorro, 48 horas antes? ¿O aún en otro momento?. Sin embargo, el cachorro se muestra vital, mueve la cola e intenta ladrar a un gran dogo que pasa por el pasillo.

Estoy muy satisfecha, pues esta enfermedad puede ser mortal y Chao-Ling parece haber escapado a ese fin.
Ajustamos tratamiento y alimentación a seguir y nos despedimos, yo con una emoción muy especial pues el «papá-doctor» retiene mi mano entre las suyas y sin duda lo que transmite en su monólogo chino es su agradecimiento y calidez.
Quedo con un nudo en la garganta, de esos que impiden hablar por un buen rato y hacen respirar hondo para recuperarse. Y es que recuerdo con profundo agradecimiento a mi maestro chino, el doctor Carlos Wang, que en mis comienzos con la acupuntura y siendo yo su paciente, se interesaba y me alentaba a seguir con mis enfermitos de cuatro patas.
Esta hermosa experiencia me coloca nuevamente ante esa maravilla taoísta, esa «Ley de alternancia», ese Yang-Inn, Inn-Yang que tanto me ha ayudado en momentos difíciles, cuando puedo pensar que todo lo negativo tiene incorporado una esencia positiva y que a todo problema le sigue una solución o una compensación, si sólo nos «permitimos» esperar que llegue.
Esto acudía a mí en ese momento, pues pocos días antes había sido criticada y desalentada por un colega cordobés al intentar presentar un trabajo sobre ese punto Tsu San Li y su utilización en parvovirosis en unas jornadas de Mi especialidad en la Clínica de Pequeños Animales.
Mi acuariana inclinación al conocimiento y universalidad se había visto afectada en esos momentos por ese prejuicio que yo consideraba reduccionista y limitante.
Y recordé también aquella frase que tengo escrita en la primera hoja de mi agenda: «No importa cuán alejado estés y cuán solitario te sientas, si realizas tu trabajo a conciencia y verdaderamente, amigos desconocidos te buscarán y llegarán a ti».
Indudablemente aquella frustración había sido muy maravillosamente gratificada.
Y ya no había calor, cansancio, desilusión. Me sentía agradecida, feliz y una vez más con un asombro infinito ante la Armonía del Universo (Tao).

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