A todo gas con hidrógeno

Se estudian procedimientos para almacenar en vehículos de pilas de combustible el gas hidrógeno necesario para cubrir largas distancias.

kenn brown

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En una tarde veraniega de 1783, Jacques Charles asombró a sus contemporáneos al despegar de París en un globo de sacos de seda engomada, inflado con un gas menos pesado que el aire, el hidrógeno. Subió hasta los mil metros de altura. El globo fue destruido, al aterrizar fuera de la ciudad, por aterrorizados campesinos que lo creyeron obra del diablo. Pero Charles había iniciado así la persecución de un deseo vigente aún, dos siglos más tarde: aprovechar para el transporte la energía del hidrógeno, el elemento más ligero del universo.
Por varias razones, el hidrógeno, sea mediante su combustión o en pilas, es una sugestiva opción para propulsar los futuros vehículos de automoción. Las industrias nacionales lo pueden obtener de toda una gama de piensos químicos y fuentes de energía (renovables, nucleares o fósiles). No es tóxico y aportaría energía apenas contaminante a máquinas de múltiples tipos. En su combustión no desprende dióxido de carbono, gas de invernadero. Una batería de pilas de combustible –artefacto semejante a la batería que genera electricidad a partir de hidrógeno y oxígeno– puede propulsar un vehículo eléctrico con agua y calor como únicos subproductos [véase «Automoción por pilas de combustible», Steven Ashley; Investigación y Ciencia, mayo de 2005]; su rendimiento podría doblar con creces el que hoy se alcanza. El hidrógeno ayudaría así a mitigar acuciantes problemas del ambiente y la sociedad: la contaminación atmosférica que amenaza la salud, el cambio climático global y la dependencia de las importaciones de crudo.

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