A los 88 años, la sobrina novia de Neruda rompe el silencio

La muerte de Pablo Neruda, cuarenta años después, todavía es un misterio. El 23 de este mes se cumplirán cuatro décadas exactas de su fallecimiento mientras que forenses trasandinos y estadounidenses estudian muestras de los restos exhumados del Premio Nobel para saber si lo mató el cáncer de próstata o lo ultimó el régimen de Pinochet. Sobre algunos detalles escabrosos se dio cuenta en estas páginas hace pocos meses. Pero también hay amor, guiños, giros e ironías del destino.

 

Un personaje en apariencia menor amenaza con llevarse los reflectores; al menos en un capítulo. Se trata de Alicia Urrutia, la sobrina de Matilde (histórica esposa del poeta), quien a sus 88 años rompió el silencio que se había prometido a pedido del juez Carroza, que instruye la causa. Hace algunos años, Inés María Cardone relató la historia de amor (y trampa) que cruzó al viejo y a la jovencísima Alicia, que a fines de los años 60 con su hija Rosario y sin esposo a la vista fue acogida por su tía y el marido famoso en la casa de Isla Negra. Según relata Cardone en Los amores de Neruda (título y espoiler si los hay),Matilde consideraba a Alicia como una empleada y, para peor, la maltrataba. Dicen que al viejo le dio primero por la compasión y después por el amor. Hasta que Matilde los encontró en su propia cama, Alicia voló y Neruda terminó pidiendo una embajada.

 

El biógrafo del poeta Hernán Loyola ya había contado la misma historia y aportado el dato de que la joven fue la musa del poeta a la hora de escribir «La espada encendida» (1970) y «La rosa separada» (1972). Pero Alicia, con códigos y un nuevo marido en su casa en Arica, nunca habló; hasta ahora. Primero tuvo el gusto ante la Policía de Investigaciones y poco después frente al honorable juez. Siempre acudió acompañada por su hija. Un perito de los que estaba presente contó que ni la policía se animó a preguntarle a la señora si ella y el poeta eran amantes. Se limitaron a pedirle: «Por favor, relate sus encuentros». Alicia no fue explícita pero tampoco se hizo la sonsa ni esquivó el bulto. «No recuerdo la fecha exacta, pero una vez que regresó a Chile, días después, me reuní con él en la ciudad de Valparaíso en el Hotel Miramar, en una oportunidad que asistió al hospital de dicha ciudad, donde le estaban efectuando un tratamiento para su enfermedad». La declaración oficializa la naturaleza de la relación entre el poeta y su sobrina política, salvo que se encontraran en un hotel a escondidas del mundo para hablar o jugar a los naipes. Manuel Araya, chofer personal del Nobel, cuyas sospechas germinaron esta investigación, quiso despegar a Alicia del centro de la escena, pero sin querer la devolvió al baile: «creo que debemos dejar tranquila a la señora Alicia para no ocasionarle problemas con su actual marido en Arica», dijo.

 

Más allá del chisme, creen los colegas que siguen la causa que el dato podría tener otro impacto, si se comprueba que la enfermedad del Nobel no estaba tan avanzada como para impedirle dar rienda suelta a sus «bajos instintos».

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