A la salud del pasado

– Venerable – preguntó un día el joven, a la salida del viejo poblado – ¿Quiénes yacen en esas antiguas tumbas, sobre las que te he visto derramar algunas lágrimas?…
– Allí yacen – respondió el anciano, con una media sonrisa y la mirada perdida en el horizonte – todos mis afectos, pasados, presentes y futuros, amigo mío…
– ¿Cómo?– pregunto el joven, muy sorprendido – ¿Es que ya no tienes afectos, venerable?…
– Tengo muchos – respondió el anciano – pero no permito que ellos decidan por mí…
El joven miro en silencio al anciano, cuyos ojos brillaban, perdidos sin duda en antiguos recuerdos, y preguntó intrigado – ¿Y nunca extrañas el pasado, venerable?…
– No – respondió el anciano, mirándolo muy seriamente – pero lo recuerdo con cariño y agradecimiento…
– Pero, venerable – insistió aun el joven – ¿no te sientes solo, a veces?…
– Ah, si… – respondió el anciano suspirando profundamente – A veces, en la noche frente al fuego, viene a visitarme el miedo a la soledad, de la mano de su hermana, la nostalgia, sugiriendo que sería hermoso regresar a los viejos tiempos; me sirven una copa de vino añejo y conversan conmigo un rato… Se acerca entonces la fantasía, excelente pintora de cuadros inexistentes, y se suma al grupo la angustia por el aparente sinsentido del presente, y la culpa, que me recuerda los errores cometidos a lo largo del camino… Y aparece finalmente la ansiedad por recuperar el tiempo perdido…
– ¿Y qué haces entonces, venerable? – pregunto el joven muy sorprendido
– Bebo – respondió el anciano, mirándolo risueñamente – a la salud del pasado, con su excelencia y su dolor, y despido con una amable sonrisa a mis molestos compañeros de viaje, hasta nuestro próximo encuentro… Y cuando ellos desaparecen, me permito derramar esas lágrimas que has visto…
– ¿Lloras por el dolor de lo perdido, venerable?…
– No todo llanto es por dolor o tristeza, amigo mío – dijo entonces el anciano, respirando profundamente – También se llora, a veces, por agradecimiento…
El anciano cerró los ojos por un instante y después de un silencio breve y profundo, abrió nuevamente los ojos y mirando con una sonrisa al joven, habló…
– No temas seguir el camino que debes seguir, amigo mío, sea cual fuere el precio que ello implique, ni hagas caso de los molestos compañeros del Camino: ellos viajan con cada uno de nosotros pero no deben decidir el rumbo de nuestros pasos…
– ¿Y qué debemos hacer con ellos, venerable? – pregunto con ojos atentos el joven
– Aceptarlos con amabilidad – respondió el anciano, afectuosamente – como parte de nosotros mismos, mientras seguimos nuestro camino en aparente soledad, rumbo al huidizo horizonte… Ven, caminemos, mi joven amigo, agradecidos del pasado y del presente, sin temor del futuro y sin prestar atención a los susurros distractores de las luces y las sombras…
Y con un profundo suspiro, agregó aun – Nunca olvides, mi buen amigo, que en verdad jamás estamos solos, pues en El, todos somos Uno: gotas en el Gran Mar…

Anónimo

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